viernes, 3 de abril de 2020

CUIDADO CON EL TERROR Y CAMBIEMOS

  • El verdadero terror colectivo ocurrió en la Edad Media cuando se desató la trilogía mortal: peste, hambre y
    guerras.
    Durante cuatro siglos entre 1348-1720 las epidemias diezmaron Europa, tan solo en este periodo se calcula
    que murió la tercera parte de la población. El terror era tal en las calles y ciudades que estaban
    completamente vacías. Había una especie de sentimiento que advertía el fin del mundo, el arte comenzó a
    evocar lo macabro de la situación y se registraron cambios en el equilibrio emocional de Europa. Por lo
    anterior, las conductas sociales se modificaron, por ejemplo, con la peste la gente empezó a encerrarse en
    sus casas para evitar la proximidad y el contagio y se inventó el mostrador que pone distancia higiénica entre
    el vendedor y el cliente.
    Como la gente no sabía el origen de la peste, los viajeros, marginales, extranjeros o todos los que no
    “cumplían” en detalle con las creencias y costumbres de la mayoría, se volvieron blanco de persecución,
    ataque o muerte.
    No menor huella dejaron las hambrunas, debidas a que se generaron cambios climáticos y cosechas malas,
    que ocasionaron de inmediato asaltos en los caminos y las cóleras colectivas eran descargadas muchas
    veces con los molineros o comerciantes. Pero tal vez el terror más grande era al otro y el extraño, al ser
    considerado “agente de satán”, lo que desencadenó guerras y persecuciones por doquier, la discriminación e
    intolerancia creció. Los líderes políticos y religiosos estaban más imbuidos en proyectos de conquista
    territorial y expansión colonial que en atender al pueblo.
    Pero no han sido solo esas pandemias ancestrales las que han asolado, a la viruela, en épocas más
    recientes, se le sumó el VIH, el cólera, la gripe española, entre otras y el mundo ha tenido que evolucionar y
    reaccionar ante estos recordatorios de que no podemos sustraernos del poder de la naturaleza.
    Si bien en cierto que el miedo es un sentimiento que nos ayuda generar precauciones, este puede salirse de
    control y pasar a neurosis, pánico y terror, como sucedió en la Edad Media, ya que el miedo tiende a generar
    cada vez más pensamientos negativos y como se actúa tanto ante un peligro real como ante uno imaginario,
    entonces damos rienda suelta a nuestra imaginación e impulsos.
    El miedo puede convertirse en un estado constante, en una inquietud enfermiza casi permanente, en una
    angustia que te paraliza, como consecuencia aumentas tus niveles de ansiedad.
    La mayoría de nuestros miedos son infundados y están condicionados por nuestra cultura, y se transmiten
    principalmente por las personas que están a nuestro alrededor inmediato, pero también de manera masiva. El
    miedo a sufrir es en definitiva el mayor mecanismo de protección que se pone en marcha frente al miedo de
    morir. Una persona con miedo genera casi de forma espontánea excusas, resistencias, justificaciones y
    teorías infundadas, aun y cuando se le den explicaciones lógicas, porque el miedo tiende a producir por
    mismo aún más miedo e inseguridad. Es importante que la persona tenga un momento de introspección, de
    calma para que pueda empezar a analizar su situación, ya que estamos expuestos a recibir información que a
    veces es confiable, pero en su mayoría se trata de mensajes llenos de noticias falsas, verdades a medias,
    versiones incompletas, así como datos sesgados, desactualizados y puestos fuera de contexto.
    Se puede hacer el siguiente ejercicio. De detenernos a inspirar por la nariz mientras que la fuerza y la paz
    penetran lentamente llenando los pulmones de aire. En ese punto, se contiene la respiración unos instantes y
    después, se expira permitiendo que el cuerpo recupere la calma y serenidad interior.
    Así con la respiración se puede dar una pausa de unos 5 minutos de silencio, de escuchar los ruidos de
    nuestro alrededor e incorporarlos a nuestra respiración reduciéndolos a un ruido blanco o neutro. Cualquier
    persona puede influir sobre el estado de ansiedad que surge cuando se experimenta miedo, mediante la
  • respiración, porque cuando esta es lenta y profunda oxigena al cerebro, tranquiliza el corazón y actúa sobre el
    centro emocional.
    Toda vez que se recupera la capacidad de actuar, se puede pensar en la causa que ha originado ese estado
    de ansiedad, esa angustia, porque mantener un pensamiento de miedo puede engendrar una forma obsesiva
    de pensar.
    Ya con más calma y ecuanimidad es útil contrastar la información, confirmar fuentes y bloquear lo más
    inmediatamente posible a los canales y personas que propagan los mensajes de pánico, desacreditación y
    odio, la mayoría de las veces no vale la pena discutir porque se trata de personas con una estabilidad mental
    y emocional precaria, o bien sus intenciones son abiertamente nefastas y violentas, al final de cuentas es su
    pobre patrimonio intelectual y sentimental, aunque sea información basura y muestra de su inmensa
    ignorancia, irresponsabilidad y mala voluntad.
    A veces el uso de las palabras pueden ser generadoras de pensamientos positivos porque los signos
    lingüísticos son representaciones para articular nuestros propios relatos y narrativas. Se pueden cambiar las
    palabras miedo, terror, pánico por temor o precaución, estas últimas suavizan el efecto en nuestro
    pensamiento y visión del mundo.
    Hay que hacer una toma de conciencia. El miedo está ligado desde el sano escepticismo y la duda, hasta la
    incertidumbre y el sufrimiento. Conocer nuestros temores nos ayuda a observarlos desde un ángulo diferente
    a partir del cual podemos desarticularlos y arrebatarles el control. Una manera de saber a qué le tenemos
    miedo es escribir en una hoja en blanco todo lo que pase por nuestra cabeza y que comience con la frase “No
    quisiera”. De esta manera se acepta el miedo y se llega a entender que tenemos derecho a sentirlo. Al
    convivir con las verdades más duras de uno mismo, sentiremos ganas de llorar o enojarnos, y se vale hacerlo,
    pues solo así la estabilidad emocional comenzara a reanimarse, lo peor que puede pasar es darnos cuentas
    que fuimos engañados o nos engañamos nosotros solitos y que reaccionamos de forma desproporcionada.
    La aceptación nos permite comprender la razón de nuestra actitud y estar en condición de superarla. El
    simple hecho de tener que hablarlo ante un grupo de personas nos reconforta.
    No utilizar frases como “no hay que tener miedo”, “no es para tanto”, pues estas tienen el efecto contrario
    pues nos culpabilizan o ridiculizan. En realidad, hay que aceptarla con un “Sí tengo miedo” y preguntarse
    ¿Qué es lo peor que pude ocurrir en una situación como esta? No pasa nada. Habrá veces que no podamos
    superar todos los miedos. El aceptarlos y analizarlos y conocer sus causas, darnos cuenta que sus
    consecuencias no serían en realidad tan terribles o incluso darnos cuenta de que esos miedos no tienen
    sentido y conseguir que desaparezcan.
    Después de la toma de conciencia la acción. Como el miedo nos paraliza, el mejor antídoto para éste es la
    confianza y la fe y tratar de volver a la normalidad. En esta fase hay que aproximarse al objeto causante del
    miedo, poco a poco, hasta tener la confianza que no pasará nada. Otro es mentalizar la situación óptima o
    recrear situaciones pasadas con el fin de añadirles una solución deseada.
    Lo importante es que realicemos algo, alguna acción concreta debidamente alineada con atacar la causa del
    miedo, como en este caso del COVID-19 tomar las precauciones de lavar nuestras manos más seguido, de
    higienizar las superficies y respetar el confinamiento social, esa es una acción, y no permitamos a la
    incertidumbre entrar, recordemos que el miedo genera inseguridad y nos come la cabeza con especulaciones.
    A veces lo mejor es enfrentarnos a la situación tal como viene. La vida es un juego, a veces tenemos el
    resultado esperado y a veces no, pero el mundo actual dejó de ser un lugar seguro y predecible, hace mucho,
  • mucho tiempo, la única salida es adaptarnos, mejorar nuestra capacidad de respuesta, nuestras habilidades
    emocionales y cognitivas, se llama resiliencia.
    Otra técnica es la “Esquivar”, que consiste en motivar exposiciones opuestas. No es evadir, sino son una
    alternativa para aminorar el impacto o hacer un control de daños. Es decir, si me da miedo subirme en un
    avión, es no pensar en que me subo y recuerdo algo placentero. Podemos compartir ideas positivas, el miedo
    como emoción, no es buena ni mala, es un medio de sobrevivencia por lo cual reflexionemos sobre lo positivo
    de ella, en qué nos puede ayudar en nuestra vida, eso si, poner un término, no podemos vivir eternamente en
    tal estado.
    No te dejes atrapar por el miedo, siempre hay otra realidad más amorosa y pacífica, busca ese refugio
    amoroso dentro de ti y conéctate con tu yo interior o con tu ser superior y así podrás encontrar soluciones
    para tu día a día. En la actualidad contamos con mayor información y mejores niveles de organización que
    tiempos atrás, cuando azolaron otras pestes.
    Piensa en la frase, “esto también pasará”.

jueves, 19 de marzo de 2020

QUE SIENTO? TEMOR O MIEDO




No es posible imaginar un mundo sin miedo, pero si es posible imaginar un mundo sin ansiedad, y debemos imaginarlo. Agnes Heller, filosofa.

Nuestras respuestas emocionales son sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia y una de ellas es el temor.

Todos somos vulnerables al miedo, aunque no nos guste admitirlo. Porque socialmente no es bien visto demostrarlo, sin embargo, este es tan natural como la tristeza, la alegría, la ternura, la rabia o el desagrado.  Es un estado emocional donde el cerebro se activa y nos alerta para evitarnos la pena, el ridículo, el dolor o incluso de un peligro, pero como nos avergüenza decir que tenemos miedo, lo disfrazamos con frases como:  “estoy nervioso por que no encuentro trabajo”, “estoy estresada”, “que va ser de mis hijos”, “no se si las cosas vayan a salir como yo quiero”, “mi pareja no me comprende”, entre otras.

El miedo es una reacción adaptativa que nos prepara para actuar ante un posible peligro. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo reacciona produciendo una secuencia de efectos, tanto físicos como psicológicos. Algunos estudios afirman que el miedo es la emoción que más consecuencias produce en nuestro interior.
En primer lugar, algunas personas se quedan paralizadas y bloqueadas ante el miedo, experimentan sudoración, taquicardia. Nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra.
El sistema nervioso simpático prepara nuestro cuerpo para una huida o para un enfrentamiento físico, por tal motivo, hay personas que actúan de manera más heroica, y se debe al aumento de adrenalina en la sangre. Es cierto que, en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante unos instantes. Esta respuesta es debida a que el sistema se bloquea y la respuesta psicológica impide que se gestionen bien los efectos físicos del miedo.

Se encarga de la supervivencia, así de sencillo y así de complejo. Decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Sin embargo, se actúa tanto ante un peligro real como ante uno imaginario. Si no lo sintiéramos no sobreviviríamos.

Por otro lado, a nivel psicológico, el miedo también produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés, ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente.
Este estado de alerta es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio, en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.

El miedo puede convertirse en un estado constante, en una inquietud enfermiza casi permanente, en una angustia que te paraliza, como consecuencia aumentas tus niveles de ansiedad, de sudoración y experimentas taquicardia, disminuyes tu concentración y la memoria te traiciona. Pero debes de considerar que, si el peligro es real, entonces tu respuesta ha sido útil, dándote la opción de que huyas y te salves. Sin embargo, hay veces que el miedo es “irracional” se dice que son invenciones o creados por nuestra imaginación o ignorancia. A este respecto, Sigmund Freud señalo dos tipos de miedos, el real y el neurótico. El primero es cuando el peligro es “evidente”, cuando en la persona esta en riesgo su integridad. (un auto nos va a atropellar, nos resbalamos en un precipicio, alguien nos apunta con un arma). El otro es cuando no hay un peligro que pueda suponer una amenaza para la vida, pero que se siente ante algo que no existe, se dice que es un temor que nace de nuestra imaginación pero que siempre se traducen en sensaciones y sentimientos que llegan a paralizar o impiden tomar acciones concretas. La mayoría de nuestros miedos son infundados por nuestra cultura, tanto por las personas que están a nuestro alrededor inmediato, como la familia, como la sociedad en general.  La madre que tiene miedo a las arañas, aterroriza a sus hijos, porque en realidad nadie nace con miedo, ya que este se forma a raíz de la educación que vamos recibiendo.
Es un hecho que los padres no lo hacen con intención de infundir miedos o emociones negativas en sus hijos, pues no están plenamente conscientes del efecto. El problema surge cuando no se nos motiva para lo dejemos a un lado y nos sirva de limitante.

Y entre más ofuscadas estén nuestras relaciones sociales, nuestro ambiente viviendo en inseguridad y que el individuo se sienta amenazado por las fuerzas sociales que funcionan independientemente de su selección y decisión, más frecuente y general viene a ser la ansiedad, porque entonces mayor es el número de estímulos que pueden resultar peligrosos y pueden provocar en nosotros este sentimiento.
De esta forma la ansiedad es una variedad del miedo, aunque se dice que es un miedo sin objeto o a la nada, pero en realidad es un miedo a todo, y esto puede ser comprensible ya que todo el mundo se encuentra ansioso con un entorno completamente desconocido, porque no comprende, no sabe, qué es peligroso y qué no lo es.
De esta ansiedad se generan una gran variedad de miedos, como al fracaso; los celos; a uno mismo; a la soledad; hablar en público; a la obscuridad; al compromiso; a perder nuestro trabajo; a perder a nuestros seres queridos y a muchos más.
El miedo a sufrir es en definitiva el mayor mecanismo de protección que se pone en marcha frente al miedo a morir. Nos da miedo amar, porque se piensa que al hacerlo vamos a sufrir.

El miedo puede ser también una forma de control, pues lo disfrazamos como una excusa para proteger y cuidar, como al hijo para que no le suceda nada, para esto, se usan ideas repetidas como “ten cuidado”, “no hagas esto porque podría sucederte aquello”, aquí, más que proteger van creando sensaciones de inseguridad, que derivan luego en miedos irracionales.
También nuestra ignorancia hacia ciertos temas nos genera miedos, como no saber como cuidar una herida, estar aterrados ante nuestra muerte, que si nos van a comer los gusanos, que si nos entierran vivos, entre otras, y muchas veces tiene que ver con la escaza o excesiva información que se obtenga. Actualmente con el virus COVID-19 del cual hemos recibido tanta información entre verdadera y falsa que no sabemos bien a bien como actuar.
Asimismo, el miedo está vertido en todas las instituciones: Familia, Sistema Educativo, Estado y Religión, estas dos últimas funcionan y sobreviven gracias al temor que infunden. Se nos enseña a tener “respeto” a nuestros superiores, y éste es sólo otra manera de nombrar al miedo.
Todo miedo neurótico es como un fantasma que vive en la mente y es alimentado por los pensamientos, cuanto más se piensa más miedo se experimenta y al hacerlo quedamos plenamente desarmados, paralizados. Por lo cual, lo que se puede hacer cuando te sobreviene algún pensamiento negativo, piensa en las cosas positivas que están por venir o detén tu pensamiento y recurre a cosas agradables que has vivido.
Se podrá pensar que lo del COVID-19, es una mentira global y que detrás de ello existe una conspiración, por que al final supongo que existe o al menos tendrá sus repercusiones políticas, económicas y sociales. Y de esta forma, hemos sido bombardeados con tanta información que no sabemos discernir. Por lo cual debemos hacer una pequeña introspección apartarnos del ruido social por unos minutos, respirar profundamente por la nariz y sacar el aire lentamente por la boca, y empezar a escuchar, primero nuestra respiración, después nuestros latidos y por ultimo los sonidos del silencio, para encontrar un momento de tranquilidad y preguntarnos que debemos hacer.
Al final de cuentas, debemos considerar que el miedo no permite que amemos y que disfrutemos de la vida.

Si nuestro temor es a la muerte pensemos que ellas es una ilusión del ego individual. El universo del que yo formo parte es eterno e infinito. De una forma u otra, existiré siempre.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

EL MIEDO Y SUS ETAPAS


“El miedo es un dragón que tiene en la espalda un escudo blindado impenetrable. Al miedo se le vence de frente” “El miedo es lo opuesto a la acción: cuando aparece no nos deja actuar, nos paraliza”
 Jorge Bucay.

Sin duda alguna, nuestras emociones han sido muy importantes para la sobrevivencia, pues nos llevan a reaccionar y a conectarnos con el mundo, lo que nos permite hacer frente a los retos y a las dificultades de la vida y una de ellas es el miedo.
Todo ser humano siente temor en situaciones de riesgo, ya que el temor se encarga de la supervivencia, así de sencillo y de complejo. Decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Ante un estímulo en forma automática se provoca la secreción de adrenalina y de otras hormonas que preparan al organismo para el combate o la huida, al mandar la sangre a los músculos grandes como las piernas. Esta sensación nos sucede ante un peligro real o imaginario. Todos lo experimentamos y si no lo sintiéramos no sobrevivíamos, aunque todos lo percibimos de manera tan diversa.
Se podría pensar que muchos hombres machistas niegan sentir miedo, sin embargo, suele haber mujeres que también lo hacen por las mismas razones que los primeros, el no querer parecer cobardes o sentirse avergonzados, incluso a veces se llegan a severas disputas donde pueden llegar a ser lastimados. El miedo es una reacción adaptativa que nos ayuda a enfrentar cualquier emergencia, pero si este proceso natural es frenado por “los verdaderos hombres que no le temen a nada”, puede suceder que  la persona tenga alguna reacción inadecuada, como por ejemplo;  algunos hombres expresan enojo cuando en realidad tienen miedo.
Para intentar superar nuestros miedos o no dejar que ellos controlen o condicionen nuestra vida, es importante conocer que le sucede a nuestro organismo cuando este se presenta. El primer impacto que sentimos es el susto, sobresalto o sorpresa. Estamos tranquilos y/o implicados en algo, y de repente se presenta  un estímulo inesperado. Como pudiese ser un ruido muy fuerte, nuestro cuerpo se pone en estado de alerta y se encarga de activar el sistema nervioso simpático, en caso de ser algo desagradable lo llamamos susto, en caso contrario lo conocemos como sorpresa.
En este momento, nuestro cerebro se encarga de activar las respuestas físicas de huida o bien para un enfrentamiento físico, pues nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra. Como hay un aumento de adrenalina posibilita que algunas personas actúen de manera más heroica, pero en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante algunos minutos, esta sensación  es debida a que el sistema se bloquea y respuesta psicológica impide que se gestione bien los efectos físicos del miedo. Algunos animales se quedan paralizados para parecer muertos y no ser parte de la cadena alimenticia.
Una vez que cesa el estímulo que nos provoca el miedo, nuestro cuerpo se encarga de activar el sistema nervioso parasimpático, que se encarga de devolver a su estado de reposo todo lo que se había activado anteriormente, es decir, relaja nuestros músculos, baja las pulsaciones, hace que el estómago vuelva a funcionar y calma la respiración.
Estamos pasando hacia el temor que es una preventiva para el organismo que nos alerta que algo malo puede pasar. Es cuando estamos frente a un precipicio que nos dice asómate con cuidado. Pero el miedo entra cuando la mente empieza a asociarlo con algún evento pasado, a suponer lo que puede pasar, a relucir nuestra ignorancia, lo que hemos oído o visto, en fin, a producir una sucesión encadenada de pensamientos negativos que pueden llegar a ser altamente dañinos, pues generalmente, tienden a ser expectativas exageradas, es decir, estamos creando en nuestra mente una situación peor de la que existe, nos adelantamos a los acontecimientos, para algunos esto les ayuda a tener una visión más amplia de posibilidades para poder enfrentarlas, pues esta emoción  cambia nuestra esfera cognitiva, percibimos el mundo de un modo distinto y experimentamos las sensaciones con mayor intensidad.
Muchas veces el miedo nos impide razonar o actuar, es decir, nos quedamos paralizados y el pensamiento se bloquea y esto nos hace sentir impotentes, sin saber cómo salir de esta emoción. A veces nuestro cuerpo reacciona con taparnos o cerrar los ojos, sabemos que es ridículo, pero es algo que es difícil evitar, pero en algunos casos, esta acción nos protege de ver eventos que se nos queden gravados en la memoria y después nos estén atormentando.
El miedo produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés,  ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente. En casos graves puede llegar a inducir una parálisis completa del cuerpo, sudoración fría o regresión a pensamientos de la infancia. Y en casos peores producirse incluso la muerte por paro cardiaco.
Este estado de alerta es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio, en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.
Cuando el miedo se vuelve una situación incontrolable, se convierte en ansiedad y podemos sufrir una pérdida de autoestima en tanto que nos sentimos incapaces de controlar la situación y, por lo consiguiente, nos sentimos vulnerables. Si vemos que la manera de responder ante un peligro no es eficaz, nos sentiremos mal, e incluso culpables, por no tener una conducta adecuada a la situación, es por eso que muchas personas, en especial, las mujeres que sufren de violencia, no les es fácil salir de su situación.
Además el miedo va aliado con otro de nuestros sentimientos, que es la vergüenza y lo vemos claramente cuando tenemos que hablar en público, donde se asume que se van a cometer errores y que se van a reír de uno. Estas dos emociones puede dan pie a  ser un  generador de excusas. Estas están en nuestra mente y solo nosotros mismos podremos superarlo, sin embargo, no es fácil, pues esto nos provoca una retroalimentación que evita que nos deshagamos de esta, fruto muchas veces de nuestras inseguridades.
Se han clasificado un sin número de miedos, como a la soledad, a la enfermedad, a la muerte, al envejecimiento, al fracaso, al sufrimiento, entre otros, muchas mujeres tienen miedo de rol de género, es decir, a dejar de servir como madres o como amas de casa. A considerarse inútiles, puesto que se les ha educado para vivir para los demás. En la actualidad, muchas madres que no pueden dejar a sus hijos ni por unos momentos solos por miedo, entre no poder ser una buena madre, que cuidan y protege tanto a sus hijos que cae en una sobreprotección que es una forma de violencia hacia ellos.
Debemos recordar que el miedo es un sentimiento totalmente natural, ya que hasta los animales lo sienten, y lógico en algunas circunstancias, sentirse culpable ante esta emoción es algo contraproducente e innecesario. En caso de querer mejorar nuestras estrategias de afrontamiento, podemos utilizar la relajación para manejar mejor las situaciones de miedo y ansiedad.
Al final no podemos permitir que los miedos condicionen nuestras vidas, debemos  superar algunos y entender que podemos aprender de ellos. No debemos convertir el miedo en nuestro enemigo, pues tan solo nos indica de la existencia de un problema y la posibilidad de resolverlo. Para tratar correctamente esta emoción, es importante prestar atención a nuestro cuerpo y manejar nuestros pensamientos, de este modo evitaremos que se nos desborden y terminen por aparecer efectos físicos y psicológicos incontrolables, como la ansiedad o las fobias.