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miércoles, 27 de noviembre de 2019

EL MIEDO Y SUS ETAPAS


“El miedo es un dragón que tiene en la espalda un escudo blindado impenetrable. Al miedo se le vence de frente” “El miedo es lo opuesto a la acción: cuando aparece no nos deja actuar, nos paraliza”
 Jorge Bucay.

Sin duda alguna, nuestras emociones han sido muy importantes para la sobrevivencia, pues nos llevan a reaccionar y a conectarnos con el mundo, lo que nos permite hacer frente a los retos y a las dificultades de la vida y una de ellas es el miedo.
Todo ser humano siente temor en situaciones de riesgo, ya que el temor se encarga de la supervivencia, así de sencillo y de complejo. Decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Ante un estímulo en forma automática se provoca la secreción de adrenalina y de otras hormonas que preparan al organismo para el combate o la huida, al mandar la sangre a los músculos grandes como las piernas. Esta sensación nos sucede ante un peligro real o imaginario. Todos lo experimentamos y si no lo sintiéramos no sobrevivíamos, aunque todos lo percibimos de manera tan diversa.
Se podría pensar que muchos hombres machistas niegan sentir miedo, sin embargo, suele haber mujeres que también lo hacen por las mismas razones que los primeros, el no querer parecer cobardes o sentirse avergonzados, incluso a veces se llegan a severas disputas donde pueden llegar a ser lastimados. El miedo es una reacción adaptativa que nos ayuda a enfrentar cualquier emergencia, pero si este proceso natural es frenado por “los verdaderos hombres que no le temen a nada”, puede suceder que  la persona tenga alguna reacción inadecuada, como por ejemplo;  algunos hombres expresan enojo cuando en realidad tienen miedo.
Para intentar superar nuestros miedos o no dejar que ellos controlen o condicionen nuestra vida, es importante conocer que le sucede a nuestro organismo cuando este se presenta. El primer impacto que sentimos es el susto, sobresalto o sorpresa. Estamos tranquilos y/o implicados en algo, y de repente se presenta  un estímulo inesperado. Como pudiese ser un ruido muy fuerte, nuestro cuerpo se pone en estado de alerta y se encarga de activar el sistema nervioso simpático, en caso de ser algo desagradable lo llamamos susto, en caso contrario lo conocemos como sorpresa.
En este momento, nuestro cerebro se encarga de activar las respuestas físicas de huida o bien para un enfrentamiento físico, pues nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra. Como hay un aumento de adrenalina posibilita que algunas personas actúen de manera más heroica, pero en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante algunos minutos, esta sensación  es debida a que el sistema se bloquea y respuesta psicológica impide que se gestione bien los efectos físicos del miedo. Algunos animales se quedan paralizados para parecer muertos y no ser parte de la cadena alimenticia.
Una vez que cesa el estímulo que nos provoca el miedo, nuestro cuerpo se encarga de activar el sistema nervioso parasimpático, que se encarga de devolver a su estado de reposo todo lo que se había activado anteriormente, es decir, relaja nuestros músculos, baja las pulsaciones, hace que el estómago vuelva a funcionar y calma la respiración.
Estamos pasando hacia el temor que es una preventiva para el organismo que nos alerta que algo malo puede pasar. Es cuando estamos frente a un precipicio que nos dice asómate con cuidado. Pero el miedo entra cuando la mente empieza a asociarlo con algún evento pasado, a suponer lo que puede pasar, a relucir nuestra ignorancia, lo que hemos oído o visto, en fin, a producir una sucesión encadenada de pensamientos negativos que pueden llegar a ser altamente dañinos, pues generalmente, tienden a ser expectativas exageradas, es decir, estamos creando en nuestra mente una situación peor de la que existe, nos adelantamos a los acontecimientos, para algunos esto les ayuda a tener una visión más amplia de posibilidades para poder enfrentarlas, pues esta emoción  cambia nuestra esfera cognitiva, percibimos el mundo de un modo distinto y experimentamos las sensaciones con mayor intensidad.
Muchas veces el miedo nos impide razonar o actuar, es decir, nos quedamos paralizados y el pensamiento se bloquea y esto nos hace sentir impotentes, sin saber cómo salir de esta emoción. A veces nuestro cuerpo reacciona con taparnos o cerrar los ojos, sabemos que es ridículo, pero es algo que es difícil evitar, pero en algunos casos, esta acción nos protege de ver eventos que se nos queden gravados en la memoria y después nos estén atormentando.
El miedo produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés,  ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente. En casos graves puede llegar a inducir una parálisis completa del cuerpo, sudoración fría o regresión a pensamientos de la infancia. Y en casos peores producirse incluso la muerte por paro cardiaco.
Este estado de alerta es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio, en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.
Cuando el miedo se vuelve una situación incontrolable, se convierte en ansiedad y podemos sufrir una pérdida de autoestima en tanto que nos sentimos incapaces de controlar la situación y, por lo consiguiente, nos sentimos vulnerables. Si vemos que la manera de responder ante un peligro no es eficaz, nos sentiremos mal, e incluso culpables, por no tener una conducta adecuada a la situación, es por eso que muchas personas, en especial, las mujeres que sufren de violencia, no les es fácil salir de su situación.
Además el miedo va aliado con otro de nuestros sentimientos, que es la vergüenza y lo vemos claramente cuando tenemos que hablar en público, donde se asume que se van a cometer errores y que se van a reír de uno. Estas dos emociones puede dan pie a  ser un  generador de excusas. Estas están en nuestra mente y solo nosotros mismos podremos superarlo, sin embargo, no es fácil, pues esto nos provoca una retroalimentación que evita que nos deshagamos de esta, fruto muchas veces de nuestras inseguridades.
Se han clasificado un sin número de miedos, como a la soledad, a la enfermedad, a la muerte, al envejecimiento, al fracaso, al sufrimiento, entre otros, muchas mujeres tienen miedo de rol de género, es decir, a dejar de servir como madres o como amas de casa. A considerarse inútiles, puesto que se les ha educado para vivir para los demás. En la actualidad, muchas madres que no pueden dejar a sus hijos ni por unos momentos solos por miedo, entre no poder ser una buena madre, que cuidan y protege tanto a sus hijos que cae en una sobreprotección que es una forma de violencia hacia ellos.
Debemos recordar que el miedo es un sentimiento totalmente natural, ya que hasta los animales lo sienten, y lógico en algunas circunstancias, sentirse culpable ante esta emoción es algo contraproducente e innecesario. En caso de querer mejorar nuestras estrategias de afrontamiento, podemos utilizar la relajación para manejar mejor las situaciones de miedo y ansiedad.
Al final no podemos permitir que los miedos condicionen nuestras vidas, debemos  superar algunos y entender que podemos aprender de ellos. No debemos convertir el miedo en nuestro enemigo, pues tan solo nos indica de la existencia de un problema y la posibilidad de resolverlo. Para tratar correctamente esta emoción, es importante prestar atención a nuestro cuerpo y manejar nuestros pensamientos, de este modo evitaremos que se nos desborden y terminen por aparecer efectos físicos y psicológicos incontrolables, como la ansiedad o las fobias.



viernes, 29 de junio de 2018

QUE SE LLEVE AL VIENTO, LAS PALABRAS


 Las palabras tienen la enorme función de comunicar, de transmitir ideas, amor, órdenes, etc., pero también tienen la facilidad de insultarnos o de menospreciarnos. Si bien, se dice que tenemos un lenguaje machista donde las palabras en masculino se destacan por cualidades positivas, mientras que sus homónimas en femenino pueden llegar a equivaler hasta 'prostituta'. Ejemplo de ello son las siguientes: un  hombre público es un personaje prominente, el perro puede ser el mejor amigo del hombre, un hombre de la vida puede ser un varón de gran experiencia, un hombrezuelo puede ser alguien insignificante, golfo puede ser una parte de mar extenso o un pillo, pero si estas palabras se usan para la mujer llevan una connotación insultante equivalente a prostituta. No es posible imaginar que una mujer pueda  gozar de su sexualidad porque inmediatamente se le juzga y se le condena.
Otras palabras tienden a descalificar o hacer valer menos a las mujeres como es el caso de la mujer soltera que se les considera una “quedada”, “que ya se le fue el tren”, “que es una amargada”; que si es feminista, es una lesbiana. Si es la suegra es una bruja metiche. Que si es una atrevida, es una mal educada o insolente, hasta si se piensa en heroína salta a la mente una droga.
Pero no solamente incluye a mujeres, también los hombres son avergonzados con palabras como: homosexual, puto, enfermo sexual, lujurioso, depravado, morboso, insensible, en fin palabras que lo descalifiquen como hombre. Pero no solamente pueden ser este tipo de palabras, a veces tiene que ver la entonación con que se dicen o con lo que se asocian. Una mujer me comento que odiaba que le dijeran “princesita” pues su exmarido la utilizaba para como insulto o bien después de nombrarla venían los golpes.
 También los apodos pueden ser utilizados para menospreciar a las personas, esto es muy común en las escuelas o centros de trabajo. Vamos etiquetando a las personas, como el “piojoso” “la morbosa”, etcetera,. Los esposos llegan a ponerles sobrenombres peyorativos como “la pelos” o “mipeoresnada”.
Indudablemente las palabras están enmarcadas por una entonación y tienen que ver con ganas de insultar, de ofender a alguien donde más le duele. Muchas veces las decimos cuando estamos enojados con alguien o incluso estas las van trasmitiendo de madres a hijas. Que al insultar a sus hijas que son unas “huevonas” unas “prostitutas”, “que no valen nada” “sucias”, “pecadoras” “pendejas” y esas palabras las repiten tanto que uno termina por creérselas.
En algunos casos son tácticas para tener poder o control sobre otra persona, pues al decirles que son unas feas, que quien se va a fijar en ellas, que no sirven ni para hacer el amor, o cuando son ellas las que  tienen alguna iniciativa sexual el primer insulto que se les ocurre es ¿quién te enseño? O si les dicen que están embarazadas, ¿quién es el padre? Haciendo tanto daño a la  estima y poco a poco abre los caminos que nos llevan a la depresión.
Habría  que comenzar a quitarle la importancia o la fuerza a esas  esas palabras que nos hacen daño. El sociólogo y antropólogo Pierre Boudrieu, en su libro la Dominación Masculina plantea como está construida la sociedad para que se reproduzca esta dominación a partir del mecanismo de violencia simbólica, menciona que las personas que la sufren coinciden ideológicamente con la persona que las está violentando, es decir, se creen merecedoras de esa violencia, en otras palabras, se la creen.


miércoles, 25 de octubre de 2017

CUANDO NO ME COMUNICO

Desde que nacemos hasta que morimos, siempre estamos comunicándonos, y para ello no necesitamos hablar, utilizamos un lenguaje gestual, nuestras emociones y hasta el silencio es una forma de participar, se dice que “el que calla, otorga”. Y es que todo el cuerpo habla la entonación, las emociones y el entorno.
Cuando hablamos creemos que la otra persona nos está escuchando y además pensamos que está interpretando tal y como nosotros suponemos, sin embargo, el interlocutor, algunas veces no nos está escuchando realmente, tal vez sus pensamientos están en otra situación, puede que esté viendo la tv. o escucho un ruido y se distrajo. Hay momentos en que no estamos poniendo atención y a veces solo escuchamos palabras sueltas y se da una idea totalmente falsa o parcial de lo que sucede, terminando en un “teléfono descompuesto”. Esto a veces nos sucede cuando escuchamos en la radio una parte de la noticia y armamos una historia totalmente distinta.
A veces en nuestro “narcisismo o egocentrismo” creemos que nuestra opinión es la verdad absoluta y no queremos escuchar  las opiniones de otros. ¿Te ha pasado que tus familiares esperan que les adivines lo que piensan? Que suponen que las cosas son tan obvias que deberías de haber pensado por sus necesidades y si no lo haces se enojan.  Y es que a veces damos por hecho las cosas. De este modo, algunas personas no quieren decir lo que les pasa con la idea de no querer molestar, sin embargo, ellos cuentan con una expectativa de querer escuchar algo y si no es lo que ellos esperan, se sienten molestos, lo cual genera un descontrol para quienes los rodean, por lo cual no se puede dar un buen nivel de comunicación.
Suele haber una mala comunicación cuando se dan instrucciones, donde para uno le es fácil pues conoce el lugar o como realizarlo, mientras que para el segundo si lo es y a veces no pregunta, para no parecer estúpido, por pena o simplemente, por temor a ser juzgado.
Algunas personas no aclaran las cosas para crear confusión y generar un beneficio para sí mismas.
¿Conoces a alguien que habla por los codos, pero no escucha a los demás y tampoco deja participar? Si es así, ya habrás comprobado que puede resultar bastante molesto y cansado, además de poco adaptativo. Y no tienen por qué ser malas personas, ni mucho menos, pero ciertamente no deseamos compartir tiempo con ellas. Quizás sean personas que tienen necesidad de ser escuchadas, para ello utilizar expresiones del tipo: “como te decía…”, “disculpa que te interrumpa, quiero comentarte…”, “volviendo al tema…”, “para concretar”. Este tipo de expresiones ayudarán a que tu interlocutor tome conciencia de lo que es para ti importante tratar.
A veces estamos tan predispuestos a querer hablar con alguien que ya imaginamos lo que nos va a decir incluso, al iniciar la conversación insultamos a la persona con la que queremos hablar o lo hacemos en un tono que es molesto, a veces de tipo autoritario. Así mismo, cuando una persona quiere que la escuchemos prejuzgamos a la otra, la criticamos 
Sin duda alguna, un adulto cuenta con más experiencia que un joven o un niño, quizás lo que desean las madres es que no tengan los mismos errores que ellas tuvieron, y por lo cual se quejan que ellos no las escuchan, la pregunta sería ¿quieren que las escuchen o que las obedezcan?, acaso los padres suponen que una de sus funciones principales es que siempre deberán de aconsejar a los hijos.
Nos olvidamos de preguntar ¿Cómo quieres que te escuche? ¿quieres que te de una opinión?  y entender que cuando se da un consejo, no necesariamente se va a seguir, sino que será para tenerlo en cuenta.
 Esto me recuerda lo que Jorge Bucay dice en un texto: “Quiero que me oigas, sin juzgarme. Quiero que opines, sin aconsejarme. Quiero que confíes en mí, sin exigirme. Quiero que me ayudes, sin intentar decidir por mí”.


martes, 29 de agosto de 2017

¿Nos mal interpretan? 0 ¿Falta de comunicación?

¿Te has visto envuelto en un malentendido? ¿Qué haces cuando una persona te malinterpreta?
Cuántas veces has dicho una frase sin pensar o que crees que te estás explicando claramente, y resulta que tus palabras fueron tomadas de una manera que nunca podrías haber imaginado. Peor aún, probablemente, no con la intención que pretendías o de forma negativa, y después quieres explicar y pareciera ser que se empeora la situación.
Los malentendidos son una de las primeras fuentes de tensión y conflicto en las relaciones humanas. Se producen cuando una de las partes involucradas se equivoca interpretando el comportamiento o las palabras de otra. A veces, sencillamente es que no conseguimos comunicar las ideas con la claridad y la precisión deseadas; y también existe la tendencia a malinterpretar ciertos gestos.
Esta mala interpretación tiene que ver con la percepción subjetiva de la otra persona, es decir, como todos tenemos una historia de vida, en la que  posiblemente nos han dañado con algún comentario. Pero, eso no es todo,  también contamos con conceptos que provienen de nuestras creencias, valores, recuerdos, educación, cultura, todo esto hace que, ante un mismo mensaje las personas podamos entender cosas diferentes. Y si eso no fuera poco, también, depende, y mucho, de nuestro estado físico y emocional. Así mismo, cada persona tiene una percepción propia y única, fruto de su fisiología, educación, valores y recuerdos, significa que es imposible saber cómo una persona va a descifrar el mensaje que estamos enviando. Es decir, somos dos personas con historias diferentes y cada una trae su información subjetiva. Somos dos realidades distintas y  para cada uno es verdad lo que vivimos. Ante lo cual, ambos podemos estar correctos, pero también equivocados, podemos estar viendo la misma película, y aun así,  podemos tener versiones distintas.
Después de todo esto, parece sorprendente  que, cuando hablamos, nos lleguemos a entender. Existe una frase que dice “Yo sólo soy responsable de lo que yo digo, no de lo que tú entiendas”. Así que, cuando el malentendido se produce, no puede trasladarse la responsabilidad total del mismo al emisor, por todo lo que hemos explicado.
Se puede estar de acuerdo con esta frase, aunque, sólo en parte, porque quedarse ahí significa que uno se convierte en víctima de los malos entendidos, pero cuando estamos con personas que son significativas en nuestra vida, lo que queremos es comunicarnos y hacernos entender lo mejor posible con ellas.
Efectivamente, cuando me comunico, yo no tengo la culpa que las otras personas tengan una cultura, unas creencias determinadas y que además,  esté en un estado emocional determinado. Sin embargo, hay algo que sí puedo hacer para conseguir hacerme entender. Humberto Maturana lo dice con las siguientes palabras: “Yo soy absolutamente responsable de lo que digo, pero irresponsable de lo que tú escuchas”. Sin embargo es mi responsabilidad cotejar constantemente lo que yo digo con lo que tú escuchas.
Efectivamente, si quiero que mi mensaje llegue a la otra persona, no puedo evitar que el otro individuo entienda una cosa diferente de la que yo haya dicho. Eso no está en mi círculo de responsabilidad o de influencia, pero si está en mi círculo de preocupación. Ahora bien, como es realmente importante para mí que el mensaje llegue a mi interlocutor, sí que está en mi ámbito de responsabilidad e influencia el preguntar por lo que el otro ha entendido.
Ahora bien, si ambos están dispuestos a arreglar ese mal entendido, quizás se tendrá que  mover de nuestra área de confort y ponernos en el lugar del otro, debemos de aprender a escucharlo, pues es importante que las personas se pongan humildemente a platicar y estén dispuestos a entender cómo se sintió la otra persona y como hizo sentirme. Nunca dar por hecho las cosas. Sin embargo, siempre habrá alguna persona con la que se ha tenido algún roce emocional y esta no querrá  escucharnos y sin duda alguna nos sentiremos frustrados por no haber podido aclarar la situación. Debemos entender que algunas veces estas fricciones pueden llegar a tener un arreglo, pero otras no.






jueves, 20 de julio de 2017

TODOS QUEREMOS SER ESCUCHADOS

En la antigüedad, cuando alguien repetía un nombre dos veces seguidas significaba “te quiero decir algo importante” ponme atención.
En la actualidad, muchas veces, sentimos que no se nos pone la atención debida, cuando estamos hablando con alguien y anda viendo o haciendo algo;  y es que la mayoría de las veces se requiere del lenguaje corporal del otro, como el buscar el contacto ojo a ojo, una palabra, asintiendo, sonriendo o con gestos similares, para tener la certeza que nos están escuchando. Si bien, escuchar es un acto libre, voluntario y consciente, que tiene como propósito comprender e implicarse con el otro y que  no es lo mismo que oír, porque este es un acto involuntario. Se refiere a percibir sonidos, los cuales durante todo el día los estamos oyendo, como las alarmas, el claxon, los ladridos, los motores, etcétera.
Cuando nos sentimos escuchados experimentamos bienestar, y es que es un gozo saberse escuchado con atención y respeto. Todos queremos ser escuchados, sin embargo, el frenético ritmo de vida que llevamos nos dificulta la práctica de la escucha, y no sólo por razones externas, sino también por razones internas. No es fácil escuchar, pues hacerlo conlleva todo un proceso. No basta con saber hablar, hay que también saber escuchar, porque escuchar es ser validados, es un acto de amor, por lo cual es importante aprender a escuchar lo que dice el otro.
Muchas veces cuando alguien nos habla, lo interrumpimos e inmediatamente comenzamos a suponer lo que va a exponer y no permitimos que termine de explicar lo que quiere decir. No hay dialogo cuando queremos que prevalezca nuestra posición frente a la del otro. Muchas veces, escuchamos cuando  estamos tan metidos en nuestro propio ruido interno, (en nuestros pensamientos) y eso evita ponernos en contacto con el otro. Tampoco escuchan cuando no están interesadas en esta interrelación personal, es decir, que  si en una relación no te importa cómo se siente la otra persona, pues no habrá comunicación. Muchas veces armamos una historia que eventualmente no tiene nada que ver con lo que en realidad sucedió.
Se suele decir que la gente, en especial los hijos “no escuchan”, cuando se les dice que hacer, pero aquí cabría la posibilidad de analizar si lo que queremos es que nos escuchen o que nos obedezcan.
Definitivamente después de escuchar, se puede dar una opinión con amabilidad, pero eso no implica necesariamente que se seguirá el consejo. También se puede dar un abrazo o alguna señal que retroalimente la comunicación. A veces el silencio permite reflexionar sobre lo que la otra persona ha dicho, aunque pueda parecer incómodo.
Pero hay veces que ni a nosotros mismos nos escuchamos, lo cual significa que estamos pensando en voz alta, esto nos ayuda a  reflexionar, y es que cuando hablamos con el otro nos reconocemos, nos auto explicarnos, y  al momento de hacerlo nosotros mismo estamos dando una solución.

Platicar, dialogar con otros nos ayuda a humanizar nuestras relaciones y de entender que puede haber diferencias las cuales son comunes y positivas para llegar a un acuerdo.