Contemplar y
estimular la fuerza que lleva a seguir luchando para lograr los objetivos
deseados y enfocarnos en ellos.
Es un sentimiento,
es una respuesta afectiva interna que se genera ante diversas circunstancias y
frente a las crudezas del destino. Esta puede ser entendida como un ánimo o una
actitud de espera positiva, puntual y confiados en que las cosas saldrán
favorablemente. Para Eduardo Calixto la esperanza es un proceso activo, ya que
el cerebro tiene una gran capacidad para reaprender, ajustar el rumbo, volver a
hacer el intento, lo que permite el desarrollo de la esperanza y la mejora
social.
Donde una
puerta se cierra, otra se abre.
El optimismo y
la esperanza nos infunden buen ánimo, nos permiten ganar aliento ante la
adversidad e imaginar mejores horizontes que los del momento difícil cuando
éste se nos presenta todo negativo, insuperable, insuficiente o doloroso.
Quizá esto nos
otorga el aliento justo para hacer un control de daños, buscar apoyos, o ya si
de plano queremos insistir en el plan pesimista, a veces pensar que podríamos
estar aún peor, es un incentivo a levantarse, recuperar nuestra capacidad de
acción y detener el colapso general.
Por eso mejor
pensemos que una mirada llena de optimismo y esperanza permite confiar en que
algo bueno sucederá, que las desgracias y los pesares pasarán. Se refleja en
dichos como “ya vendrán tiempos mejores”. Ojalá, denota vivo deseo de que
suceda algo, que tiene su origen en la expresión árabe “wa šá lláh”, que
significa “Dios quiera”. Es una apelación a la divinidad para que interviniera
en un futuro deseado.
Por el
optimismo resaltamos las cosas buenas que tenemos en la vida, ponderamos lo
positivo y tratamos de reaccionar ante las circunstancias que nos afectan con
dolor, aprieto o pesar.
La esperanza es
la actitud íntima de espera confiada, de expectativa favorable ante algo
venidero, y da pie a alinear los esfuerzos y la acción hacia ello.
“si supiera que
el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía plantaría un árbol”, (Martin Luther King).
Una vida sin
esperanza resquebraja su sentido, ya que esta tiene la función de motorizar la
alegría y atenúa los pesares y agobios. Ella y el optimismo permiten superar
los sucesos y acontecimientos negativos y seguir creciendo.
Permite aceptar
con mejor ánimo determinados sufrimientos si creemos que algo de dicha y
buenaventura sucederá pronto, resulta extrañamente reconfortante pensar que las
cosas están tan, pero tan mal, que la única opción es que empiecen a mejorar, y
de hecho lo harán si recobramos nuestra autodirección.
La esperanza se
vincula con el anhelo de ser correspondido, un deseo de que el otro también
sienta esa conexión y pueda ser parte de una relación futura, entonces se
convierte en una construcción social y no sólo se aloja en nuestra cabeza.
Se dice que se
no deben crear falsas esperanzas porque suponemos que son expectativas o
ilusiones irrealistas que carecen de fundamento en la realidad y que, en lugar
de motivar, suelen conducir al fracaso, a la decepción o a la falta de acción
ante una situación que requiere a una decisión adecuada y contundente, esto nos
puede conducir a la frustración. También se critica el “echaleganismo”, o no
reconocer condicionantes del sistema en el que estamos inmersos.
Esto se
desarrolla así porque se alimentan deseos optimistas, pero irreales, sin tener
en cuenta las dificultades o la verdadera posibilidad del éxito, ciertamente
también se hacen borrosas nuestras fortalezas y oportunidades reales, porque a
lo mejor no son las que más nos gustan o nos son atractivas, o porque a lo
mejor queremos quedar bien con alguien más que nos trata de influir.
Muchas veces la
esperanza se basa en no tener una comprensión clara de la situación e ignorar
una realidad para mantener una ilusión debidamente fundada.
En algunas relaciones
abusivas, los perpetradores a menudo crean falsas esperanzas par controlar a la
victima, ofreciendo atención positiva intermitente para mantenerlas
enganchadas.
En muchos casos
se genera una decepción al no cumplirse las expectativas.
A veces la
falsa esperanza genera una confianza excesiva que se desmorona al darse cuenta
que no se tiene el control deseado, cuando en realidad ese margen de error
deberíamos integrarlo en nuestros cálculos y gestionarlo con medidas concretas.
De manera muy elegante esto se llama planear y actuar estratégicamente, las
abuelitas dirían de manera mas entendible “al mal tiempo buena cara” o “ayúdate
que Dios te ayudará”.
Ahora, una
escena muy familiar:
En el servicio
médico de Urgencias: “Mi familiar esta en terapia intensiva y el pronostico no
es favorable y aun así deseamos que salga adelante”. Si eso sucede damos
gracias a Dios y a veces se nos olvida hasta el medico que lo atendió, es
decir, las condiciones objetivas que debieron ponerse en acción para lograr el
objetivo.
En otro
escenario menos afortunado, ¿Es correcto decirle a alguien que su sueño no prosperará?
O ¿Dejar que se desengañe por si mismo? En cualquier caso, nunca les digas “te
lo dije”, uno se llena de vergüenza. Lo que si es importante brindar con
nuestro cariño y acompañarlo en su momento de tristeza.
Un proverbio
afirma que lo ultimo que se pierde es la esperanza.
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