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sábado, 27 de enero de 2024

camaron que se duerme, no se lo lleva la corriente

Un tercio de nuestra vida aproximadamente, la pasamos durmiendo. Para el cerebro la actividad, el ejercicio, la alimentación, el estudio y el trabajo, son elementos indispensables, pero también lo es el dormir y el descansar.

El reposo es una función natural del cuerpo humano, el dormir es una parte integral de la vida cotidiana, una necesidad biológica cuya debida atención nos permite restablecer funciones físicas y psicológicas esenciales para una buena salud y un pleno rendimiento.

Dormir es tan importante que si pasamos una noche en vela, al día siguiente la pasamos mal, y esto lo han vivido l@s médicos y enfermer@s y me pregunto, ¿sigue siendo válido esas desveladas?. Gracias a los experimentos de privación de sueño, se ha comprendido que cuando se elimina “completamente” la posibilidad de dormir a una persona temporalmente o parcialmente, es decir, que no se le deja dormir por periodos prolongados puede causar un desequilibrio en el cerebro a niveles bioquímicos y varios días en vela pueden causar severos trastornos, algunos irreversibles o incluso la muerte. El organismo siempre tratará por todos los medios de conservar su equilibrio recuperando aquello de lo que se le ha privado. Cuando estamos enfermos, el cuerpo nos pide descanso, ya que esto es fundamental para mantener un sistema inmunológico saludable pues permite que aumenten los niveles del factor de transcripción NFKB, lo cual ayuda a combatir la infección. Un ejemplo de ello, es el resfriado que el cuerpo nos pide descanso.

Todo ello sin obstar que, aunque estamos durmiendo, nuestro cerebro permanece casi igual de activo que cuando se está despierto. En el caso de otras especies, se conoce que cuando duermen los delfines la mitad de su cerebro está funcionando y la otra en reposo.

Dormir es hallarse en el estado de reposo que consiste en la inacción o suspensión de los sentidos, y de todo movimiento voluntario, el cual técnicamente corresponde a un estado cognitivo vegetativo. Sin embargo, nuestra memoria ancestral nos condiciona a que veces lleguemos a estar en un estado de alerta, lo cual es una herencia de protección para no ser presa de algún depredador, por ejemplo. A veces estamos cuidando a alguien y nos quedamos dormidos, pero si se requiere una respuesta ante un peligro reaccionamos, salvo que estemos muy cansados, estamos sedados o bajo la influencia del consumo de alcohol u alguna otra sustancia.

La mayoría de los adultos necesitan al menos 7 horas de dormir cada noche.

Algunos aspectos que afectan en forma negativa el dormir, son la ansiedad, el estrés, la mala alimentación, algunos medicamentos, cambios de horario, problemas de pareja, laborales y familiares, el frio y el calor, sudoraciones nocturnas por varias causas. Estos factores cambian las sensaciones de cansancio y descanso.

El dormir nos ayuda a disminuir la ansiedad y mejorar nuestro estado de ánimo y entusiasmo, además que nos permite pensar con mayor claridad, tener adecuada concentración y desempeñarnos satisfactoriamente en nuestras actividades.

Es necesario para que el sistema inmunitario funcione, ya que es preciso dormir para que al cuerpo se revitalice, renueve y reponga, también, para que el proceso de envejecimiento se produzca de forma natural y evitar la presencia de factores que propicien deterioro prematuro y comorbilidades.

Asimismo, tiene un impacto significativo en la salud sexual. Las personas que duermen lo suficiente suelen tener un mayor interés y disposición para interactuar de forma erótico afectiva, pues ayuda a regular las hormonas, incluyendo las relacionadas con el deseo sexual, los sentimientos de amor, atracción y conexión. Una buena noche de descanso ayuda a que tengas más asertividad, energía y placer a la hora de tener este tipo de intimidad.

Se dice que hay gente que duerme, pero no descansa y es que no es solo la cantidad de horas que uno duerme, sino que la calidad del descanso es importante, pues hay personas para las cuales el llamado ciclo circadiano o biológico suele interrumpirse o acortarse y no pasar suficiente tiempo en sus diferentes etapas de sueño. Cada noche, mientras dormimos pasamos por diferentes fases o estadios de sueño que se suceden con un patrón secuencial, y es relevante cada fase, el conjunto de fases y que se cubra la secuencia. A veces pasa que podemos dormir muchas horas, pero despertamos con una somnolencia que dura todo el día, y es quizá porque la secuencia de etapas debía regular el descanso no se consumó, quizá porque sonó el despertador, nos tuvimos que levantar al baño, andaba un mosco en el cuarto, se activó la alarma sísmica, o qué sé yo,  a veces pasa que con menos tiempo descansamos más. Esta condición puede variar con cada persona, y a lo largo de la vida de cada quien, en general los bebés lloran cuando su cuerpo les pide dormir, para los niños más pequeños es un drama ser despertados para ir a la escuela, algunos adolescentes se tornan irascibles si su descanso se ve interrumpido durante la noche o madrugada; en cambio, en la edad madura la inercia para ir a dormir o seguir dormido parece moderarse, además de que una taza de café puede ayudar, al menos en algunos casos y hasta antes de llegar a ser adultos mayores.

El doctor Eduardo Calixto hace mención que durante la noche, cuando soñamos, en especial entre la una y las tres de la mañana, es cuando el cerebro cambia su metabolismo, en este momento se hace limpieza, se ordena y se formula un balance de lo necesario para que al día siguiente se realicen las actividades con eficiencia, entonces dormir mal o despertarse en ese horario de la madrugada disminuye la capacidad de memoria, aprendizaje y atención al día siguiente. En particular, esta limpieza elimina los recuerdos que no son necesarios o emocionalmente no importantes, para dejar espacio a nueva información o aprendizaje. Por ello, entre otras cosas, no es recomendable desvelarse estudiando.

Otro tipo muy diferente de procesos sucede cuando estamos despiertos, cuando somos conscientes de la realidad, toda vez que la corteza prefrontal nos obliga y permite estar atentos a las consecuencias de nuestras decisiones, a operar  los filtros sociales tales como la culpa y vergüenza, a estar alertas y a desarrollar las funciones cerebrales superiores como la reflexión, la lógica y el pensamiento matemático,

Algunos investigadores opinan que dormir contribuye a consolidar los recuerdos del día anterior, otros que restablecen los niveles de neurotransmisores. Otra teoría afirma que es el modo en que el cerebro, da sentido y orden a su propia actividad cuando está aislado del mundo y sin estar sujeto a la infinidad de estímulos externos. Dormir proporciona al cerebro la ocasión para terminar su trabajo administrativo, asentar y dimensionar los acontecimientos, reírse de los sucesos del día y disfrutar un poco de tiempo de calidad del “Yo”. En este contexto, dormir bien reorganiza gradualmente las conexiones neuronales.

Desmond Morris, autor de libros y estudios zoológicos indispensables como "El Mono Desnudo", resaltó la rotunda afirmación de que el niño debe dormir siempre cerca de su madre, y que eso es beneficioso para ambos. Dormir juntos es lo que la naturaleza ha programado para los humanos y es como se ha dormido en todas las culturas y pueblos desde los primeros tiempos en los que los seres humanos poblaron la Tierra.

Es más, el autor citado no tiene ningún reparo en afirmar que son brutales y terribles los métodos conductistas que recomiendan que se deje al bebé llorando en la cuna o que se le muestre frialdad cuando reclama compañía. Puesto que el pequeño, al escuchar los latidos del corazón, estos le proporcionan una gran tranquilidad; asimismo, recalca la importancia de darle amor sin medida y de no dejarle dormir solo, ni mucho menos que llore en la noche.

En el caso de los adultos mayores, llega un momento en que así como el hambre disminuye considerablemente, también tienden a dormir por más horas.

Muchas personas mayores de 65 años se quejan de problemas para conciliar el sueño por la noche y de despertares precoces que los hacen levantarse antes de lo deseado. De igual forma, refieren tener más sueño durante el día y, en general, sentir que su descanso ha perdido calidad respecto a épocas vitales anteriores. Pero, también hay ciertas condiciones que pueden impedir un descanso reparador, como la apnea y otros problemas respiratorios o el síndrome de piernas inquietas, frecuentes en estas edades.

Curiosamente, es posible que esta pérdida de sueño no sea tan perjudicial. Y es que se ha visto que, en comparación con los jóvenes, los adultos mayores muestran un mejor rendimiento cognitivo y menos somnolencia tras una noche de privación de sueño.

Los adultos mayores también suelen sufrir una mayor sensación de sueño durante el día y un menor nivel de alerta y actividad, lo cual les lleva a tomar siestas. Hay otras condiciones que contribuyen a esta mayor somnolencia diurna; por ejemplo, la presencia de enfermedades como la depresión y el consumo de fármacos. Ahora bien, estos efectos no necesariamente están relacionados con la edad, sino con ciertas condiciones comórbidas, en la tercera edad, las enfermedades físicas son más comunes y también algunos trastornos mentales.

Antes que recurrir en primera instancia a los somníferos para remediar el insomnio que puede tornarse crónico, se puede voltear a ver a la meditación, la cual tiene la capacidad de disminuir la actividad de áreas cerebrales relacionadas con las emociones, además favorece a tener un mejor control con la ira y en consecuencia promueve una mejor calidad del sueño. También puede usarse la relajación, escuchar música suave.

Es importante saber que entre más madura nuestro cerebro, la calidad del dormir, puede disminuir, por ello debemos realizar mejorías en la salud de nuestro descanso es determinante puesto que, muchas cosas ocurren cuando dormimos, para la producción de antioxidantes la reparación de tejidos para el sistema inmune para sistema gastrointestinal, para hacer una buena desintoxicación si hay un daño en el ADN este se pueda reparar de manera correcta y esas células no se vuelvan tumorales.

martes, 24 de septiembre de 2019

¿Es temor o miedo lo que siento?



No es posible imaginar un mundo sin miedo, pero si es posible imaginar un mundo sin ansiedad, y debemos imaginarlo. Agnes Heller, filosofa.

Nuestras respuestas emocionales son sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia y una de ellas es el temor.

Todos somos vulnerables al miedo, aunque no nos guste admitirlo. Porque socialmente no es bien visto demostrarlo, sin embargo, este es tan natural como la tristeza, la alegría, la ternura, la rabia o el desagrado.  Es un estado emocional donde el cerebro se activa y nos alerta para evitarnos la pena, el ridículo, el dolor o incluso de un peligro, pero como nos avergüenza decir que tenemos miedo, lo disfrazamos con frases como:  “estoy nervioso por que no encuentro trabajo”, “estoy estresada”, “qué va ser de mis hijos”, “no se si las cosas vayan a salir como yo quiero”, “mi pareja no me comprende”, entre otras.

El miedo es una reacción adaptativa que nos prepara para actuar ante un posible peligro. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo reacciona produciendo una secuencia de efectos, tanto físicos como psicológicos. Algunos estudios afirman que el miedo es la emoción que más consecuencias produce en nuestro interior.

Como acto reflejo inicial, algunas personas se quedan paralizadas ante el miedo, experimentan sudoración, taquicardia. Nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra.

De tal forma, el sistema nervioso simpático prepara nuestro cuerpo para una huida o para un enfrentamiento físico, por tal motivo, hay personas que actúan de manera más heroica, y se debe al aumento de adrenalina en la sangre. Es cierto que, en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante más tiempo. Esta respuesta es debida a que el sistema se bloquea y la respuesta psicológica impide que se gestionen bien los efectos físicos del miedo.

El miedo se encarga de la supervivencia, así de sencillo y así de complejo. Nos ayuda a decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Sin embargo, se actúa tanto ante un peligro real como ante uno imaginario. Si no lo sintiéramos esto no sobreviviríamos.

Por otro lado, a nivel psicológico, el miedo también produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés, ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente.

Este estado de alerta, de prolongarse, es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.

En el extremo, el miedo puede convertirse en un estado permanente, en una inquietud enfermiza duradera e intensa, en una angustia que te bloquea, como consecuencia, con cada episodio de crisis, aumentas aun más tus niveles de ansiedad, de sudoración y experimentas taquicardia, disminuyes tu concentración y la memoria te traiciona.

Por ello, es importante considerar que, si el peligro es real, entonces tu respuesta ha sido útil, dándote la opción de que huyas y te salves. Sin embargo, hay veces que el miedo se hace “irracional” porque genera invenciones o creaciones de nuestra imaginación o ignorancia.

A este respecto, Sigmund Freud señalo dos tipos de miedos, el real y el neurótico. El primero es cuando el peligro es “evidente”, cuando en la persona esta en riesgo su integridad. (un auto nos va a atropellar, nos resbalamos en un precipicio, alguien nos apunta con un arma). El otro es cuando no hay un peligro que pueda suponer una amenaza para la vida, pero que se siente ante algo que no existe. Se dice que es un temor que nace de nuestra imaginación pero que siempre se traduce en sensaciones y sentimientos que llegan impedir tomar acciones concretas y pensadas.

Una gran mayoría de nuestros miedos son infundados y están condicionados por nuestra cultura, tanto por las personas que están a nuestro alrededor inmediato, como la familia, como la sociedad en general.  La madre que tiene miedo a las arañas, aterroriza a sus hijos, porque en realidad nadie nace con miedo, ya que este se forma a raíz de la educación que vamos recibiendo.

Es un hecho que los padres no lo hacen con intención de infundir miedos, debilidad o emociones negativas en sus hijos, pues no están plenamente conscientes del efecto. El problema surge cuando no se nos motiva para que lo dejemos a un lado y ello nos impone una limitante.

Si son ofuscadas nuestras relaciones sociales, si nuestro ambiente está afectado por inseguridad y si el individuo se sienta amenazado por las fuerzas sociales que funcionan independientemente de su selección y decisión, más frecuente y generalizada se presenta la ansiedad, porque entonces mayor es el número de estímulos que pueden resultar peligrosos y pueden provocar en nosotros dicho sentimiento. Así pues, la ansiedad es una variedad del miedo.

Se dice que la ansiedad es un miedo a la nada, o sin objeto alguno, pero en realidad es un miedo a todo, y esto puede ser comprensible ya que todo el mundo se encuentra ansioso con un entorno completamente desconocido, porque no comprende, no sabe, qué es peligroso y qué no lo es.

De esta ansiedad se generan una gran variedad de miedos, como al fracaso; los celos; a uno mismo; a la soledad; hablar en público; a la obscuridad; al compromiso; a perder nuestro trabajo; a perder a nuestros seres queridos y a muchos más.

El miedo a sufrir es en definitiva el mayor mecanismo de protección que se pone en marcha frente al miedo a morir. Incluso nos da miedo amar, porque se piensa que al hacerlo vamos a sufrir.

El miedo puede ser también una forma de control, pues lo disfrazamos como una excusa para proteger y cuidar, como al hijo para que no le suceda nada, para esto, se usan ideas repetidas como “ten cuidado”, “no hagas esto porque podría sucederte aquello”, aquí, más que proteger de forma efectiva, se van creando sensaciones de inseguridad, que derivan luego en miedos irracionales y codependencias.

También, nuestra ignorancia hacia ciertos temas nos genera miedos, como no saber cómo cuidar una herida o enfermedad, y estar aterrados ante nuestra muerte, con pensamientos como que si nos van a comer los gusanos, que si nos entierran vivos, entre otras, y muchas veces tiene que ver con la escaza o excesiva información que se obtenga.

Asimismo, el miedo está vertido en todas las instituciones: Familia, Sistema Educativo, Estado y Religión, estas dos últimas funcionan y sobreviven gracias al temor que infunden. Se nos enseña a tener “respeto” a nuestros superiores, y éste es sólo otra manera de nombrar al miedo.

Todo miedo neurótico es como un fantasma que vive en la mente y es alimentado y crece con los pensamientos, cuanto mas se piensa mas miedo se experimenta y al hacerlo quedamos plenamente desarmados, inoperantes.

Al final de cuentas, debemos tener en mente que el miedo no permite que amemos y que disfrutemos de la vida, lo que se reduce a que no tememos tanto a la muerte como a la vida misma y los retos que nos presenta.


martes, 6 de agosto de 2019

¿llorar no remedia nada?

Llorar no remedia nada, demuestra tu educación riéndote con discreción, el que se enoja pierde, los hombres no lloran, las personas sensibles son débiles, debes de ser fuerte, ¿Por qué chillas?, son frases que seguramente las habrás escuchado en repetidas ocasiones, e incluso las hemos repetido. Muchas de las veces cuando alguien está triste, tratamos de orillarlo a sonreír, comentando, “no me gusta que estés triste “. Así mismo, en muchas ocasiones evitamos que la gente llore, que se enoje, se ponga triste, incluso, suele pasar que alguien está muy alegre se le cataloga como “locura”.
Vivimos en una sociedad que nos llenan de analgésicos mentales, es decir, en un mundo en el que siempre tenemos que estar contentos o felices, donde la alegría debe ser la emoción dominante, donde el sufrimiento, la tristeza, el dolor, son elementos mal vistos, sentimientos que no se deben permitir y por lo mismo, buscar el modo de salir rápido de esto, ya sea con calmantes, pastillas etc. A quien que está pasando por un duelo, le dan pastillas para que no lo sufra, cuando es necesario vivirlo intensamente. Para algunos les duele o les atormenta más el no poder vivir una vida perfecta.
Con el desarrollo de la sociedad y en especial a partir del desarrollo industrial, la humanidad y el individuo sufren cambios por todo el reacomodo de la nueva forma de producción. Y la propiedad privada no fue solo extendida a objetos exclusivamente, sino que se amplió a seres humanos. A este respecto, Heller señala que “el hombre privado une en sí mismo ambos mundos:< propietarios de bienes y personas y al mismo tiempo hombres con hombres, burgués y hombre>, esa doble estructura del dominio privado es la que reproduce una y otra vez la relación del burgués con dos aproximaciones contradictorias a los sentimientos. La primera es la producción de la llamada <interioridad>, el cultivo del mundo de los sentimientos: la otra es el rechazo de la emocionalidad como algo manido e irracional, en nombre de la mente concretamente dada abstrae de la emocionalidad y la sentencia”.
De esta forma, la familia se convirtió en un núcleo cerrado para los sentimientos, esto es, lo que sucedía en la familia no debía de salir de ella, pero a la vez se tenía que mostrar ante la sociedad que en ella todo estaba en orden y reinaba la felicidad. Heller menciona que la vida conflictiva se niega y se considera negativa. “el mundo burgués de los sentimientos está en marcha, se descubre a sí mismo y descubre su tarea –bien a nivel mundial, o en el modelar una vida cotidiana agradable-. Es por eso por lo que en ese estadio los conceptos emocionales están tan desprovistos de problemas y son tan numerosos”.
La visión judío-cristiana que reprime las emociones nos ha dado la clasificación de que estas son buenas o malas, de reprimir los sentimientos pues estos tienen que ver con el erotismo donde nos tenemos que sentir intensamente a nosotros mismos. En realidad, estas no pueden ser clasificadas en buenas o malas, ya que no se pueden juzgar en términos morales, lo que sí se puede calificar de moral o inmoral es lo que hacemos con lo que sentimos, la responsabilidad está en lo que hacemos, no en lo que sentimos.
Una de las funciones más importantes es que fluyen en la percepción de nuestro ambiente. La realidad se construye a partir de quien las evalúa; cada individuo percibe el medio en función de sus propios intereses, conocimientos y experiencias.
Las emociones influyen en la personalidad de cada persona porque estamos sumergidos en un estado emocional durante todo el día, es por eso que las emociones condicionan nuestra conducta y una alteración de éstas, facilita la aparición de problemas. Nuestras emociones son responsabilidad de cada uno de nosotros, pero es muy común que depositemos la culpa en el otro de lo que sentimos, ya que pensamos que son los demás los que deben proporcionarnos no sólo bienestar y satisfacción sino también los culpables de nuestros estados de ánimo.
Por ejemplo, Ira o rabia: encargada de defender nuestra propiedad y a nuestros seres queridos. La ira entra en escena cuando vulneran nuestros límites, cuando “nos sacan de nuestras casillas”. También es la responsable de actuar cuando algo es injusto. En definitiva, es el defensor de la integridad y la coherencia.
La definición de emoción es de energía en movimiento, por lo cual es muy importante dejar que fluya, permitiendo, llorar, reír, enojarnos, porque esto permitirá al cuerpo regresar al equilibrio. Por desgracia, desde tempranas edades aprendemos a
· Bloquear la emoción.
· Desconectarnos de las sensaciones corporales.
· Negar los sentimientos.
· Reprimir la acción o expresión de estos, para ser amados o aceptados.
¿Pero porque nos piden que no lloremos? Tal vez porque la emociones son contagiosas, porque si vemos a alguien riendo nos dan ganas de hacer lo mismo. Al igual con el llanto, al ver las lágrimas de otros nos conmueve, nos asusta y a veces no sabemos qué hacer. Cuando alguien dice: no vale llorar por eso, cualquiera pensaría ¡cómo puedes sentir mi dolor! Lo que a ti te duele no necesariamente le puede doler a otros, pero lo que si se está haciendo es devaluar los sentimientos de otros y lo menos que necesita otra persona que se siente triste o con miedo, es sentirse devaluada.
“Llorar no va a solucionar nada”. Sí, tal vez llorar no me regrese aquello perdido, tampoco va a hacer que resuelva los problemas económicos (o cualquier otro que me esté angustiando, doliendo o preocupando); sin embargo, no llorar tampoco soluciona nada. Y si bien, derramar las lágrimas no soluciona el problema per se, sí tiene la función de descargar la tensión emocional. Recordemos que somos como una olla exprés: si mantenemos por mucho tiempo la carga emocional, habrá algún momento en que “explotemos” y nuestro cuerpo, nuestras relaciones o nuestra mente saldrán dañados; sin embargo, si tenemos una válvula de escape como sería llorar, podremos manejar de mejor forma dicha tensión emocional.
“Los hombres no lloran”. Probablemente la peor de todas las frases mencionadas por varias razones: promueve la desigualdad entre géneros; ensalza estereotipos que no son ciertos; la intención con la que se utiliza esta frase es decir que los hombres no deben ser débiles, por lo que se utiliza la palabra “llanto” como sinónimo de debilidad, incapacidad y feminidad (todo con connotación negativa).
Las frases anteriores no son más que una forma de tratar acallar la expresión del sentimiento que tenemos (llámese tristeza, enojo, miedo, alegría, etc. porque efectivamente, no sólo se llora de tristeza) y casi siempre son utilizadas por personas a las que se les dificulta lidiar con las propias emociones.
Llorar no es malo, todo lo contrario. Si no lloras cuando lo sientes, enfermas. Cierto, llorar no te va a devolver al ser amado, pero te va a ayudar a sentir y elaborar esa pérdida, y a estar sano física y mentalmente. Pero ten en consideración que llorar o estar muy triste no es sinónimo de depresión.

La ira, la furia, la colera, la rabia, el enojo y el enfado.


"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo". Aristóteles
El entrenador de un equipo de deportes fue despedido por su agresividad. Un niño hace la rabieta del siglo y consigue lo que quería. Una madre discute a gritos con su hijo de 25 años por el desorden que tiene en su habitación.
Seguramente sabes muy bien cómo se siente estar realmente enojado por algo. Pero, ¿Qué haces cuando estás enojado?, ¿Gritas o golpeas al que tienes más cerca?, ¿Los que te rodean sufren a causa tus enojos?, ¿Te han dicho que ya no hagas corajes?, O, ¿Que no hagas enojar a alguien?
En la actualidad, nos hemos preocupado por el colesterol, la obesidad, la estética, pero no sobre nuestras emociones, cuando hablamos del enojo o ira, escuchamos solo ideas como: “el que se enoja, pierde”, “controla tu ira”, El enojo es una emoción que todos experimentamos en muchos momentos, ya sea por asuntos menores, como encontrarse en un atasco de tránsito, o en asuntos relevantes, como ser despedido del trabajo. El que el enojo se vuelva destructivo, es decir, que haya un exceso de energía que lejos de solucionar las cosas, las empeore, depende de nuestras creencias y valores, y de cómo lo interpretemos. Detrás de todo enojo hay algún grado de frustración, nos irritamos porque nos sentimos incapaces de controlar alguna situación o a alguna persona, en realidad no nos podemos controlar a nosotros mismos.
Sin embargo, la frustración puede crecer hasta alcanzar dimensiones delirantes en la sociedad, da la impresión de ser una reacción cada vez más habitual ante la más mínima contrariedad, la hemos incorporado y hasta nos parece algo “común”, pero, ¿Qué pasa cuando los enfados no cesan, cuando permanecemos casi todo el tiempo con el ceño fruncido, los ojos entreabiertos y a la caza de alguna pelea? Se dice que esta tiene efectos definitivos sobre la salud pues está asociada a padecer enfermedades cardiacas, gastrointestinales y otras.
Cuando nos enojamos, la presión arterial aumenta, los músculos se tensan, lo que nos permite agudizar los sentidos y se tiene la energía suficiente para actuar rápidamente. La red de terminales nerviosas ubicadas en el cerebro se activa logrando que nos sintamos amenazados, con lo cual en la sangre aumentan las plaquetas para no sentir dolor en nuestro cuerpo en caso de peligro. Al aumentar la presión arterial hay un desequilibrio y se altera la actividad cerebral que equivale a que se pierda el control de los impulsos y baje la racionalidad, ese estado hace que cometamos actos que no haríamos en “normalmente”. Nuestro cuerpo libera colesterol y sustancias catecolaminas que son las que permiten que los depósitos de grasa del corazón y las arterias se aceleren, lo cual ocasiona una descarga de adrenalina extrema afectando seriamente la buena salud del corazón y se dejan de irrigar la sangre a otros órganos importantes del cuerpo, además de que la bilis se derrama.
Imagínate estos efectos te sucedan tres, cuatro, cinco o más veces al día. ¿Cómo podría sentirse el cuerpo después de estar sufriendo este desgaste interior severo en varios años? Pues es que el sistema inmunológico se deteriora y puede ser uno presa fácil de enfermedades, como gastritis, dermatitis, colitis o síntomas desagradables como dolor de cabeza. A nivel conductual, el enojado llega a la agresión física, psicológica y verbal; daño a propiedades; tiene dificultades para relacionarse con otras personas y falta de auto control. Esto puede producir violencia familiar, problemas en el trabajo incluso abuso de alcohol y otras adicciones y conductas compulsivas, a veces decimos que hay gente que vive enojada, hasta con la vida misma.

El enojo no sólo sirve para hacernos sentir mal, protagonizar peleas innecesarias, decir cosas de las que después nos arrepentimos y no medir las consecuencias de nuestros actos, también nos puede beneficiar si lo sabemos usar a nuestro favor. Sin embargo, esta emoción ha sido condenada desde hace años, como algo malo, destructivo, que es necesario reprimir, desviar u ocultar. Aún hoy seguimos manteniendo esa idea y tratamos por todos los medios de no demostrar cuando estamos enojados. Creemos que el enojo es algo irrazonable, innombrable y que no debemos mostrar, incluso se nos juzga si “por nuestra culpa, hacemos enojar a otras personas”.

Sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia son nuestras respuestas emocionales, como la ira, las emociones son la energía que motivan las acciones e imprimen vigor fáctico de la vida.

El enojo entra en escena si se vulneran nuestros límites y lo que es valioso para nosotros, ya que esta emoción está ligada al sentimiento de justicia, está encargada de defender nuestra propiedad, a nuestros seres queridos y a nuestra identidad. Como cuando somos atacados, lastimados física o emocionalmente, como cuando somos ignorados, rechazados, excluidos, engañados, acusados arbitrariamente o avergonzados. A veces también cuando estamos frustrados ante una pérdida o ante la imposibilidad de lograr lo que deseamos y realizar nuestras expectativas o hacerlo a costa de algo que no queremos sacrificar.

Pero la rabia aumenta o se prolonga cuando pensamos que algo es injusto, como cuando alguna persona se siente superior a los demás, cuando alguien se quiere aprovechar, cuando vemos que sucede algo que no es correcto o está lastimando a alguien, También cuando escuchamos las noticias de cosas que suceden a las mujeres o niñas y a los más débiles en el mundo o en nuestro país. Cuando suponemos que las cosas y las personas deberían ser diferentes. Y esto hace que a algunos los lleve a hacer algo por la situación presente, como protestar o tomar acciones para cambiar esa realidad adversa.
El enojo puede ser un impulso para conseguir lo que queremos y tratar de resolver nuestro conflicto interno, aún y cuando sobrepasemos los derechos de otras personas. Incluso cuando conjeturamos que las personas tienen que actuar como nosotros queremos de forma voluntariosa, o pensamos que eso es lo correcto, es decir, cuando somos intolerantes, desesperados o tenemos sentimientos de violencia o de venganza y resentimiento.
Narciso Irala, misionero jesuita en China, menciona que la ira se desata cuando acuden a la mente ciertos pensamientos y plantea cuatro orígenes de la misma:

·         Raíz en la soberbia, cuando uno piensa que “yo tengo la razón, lo que digo es la verdad y se tiene que hacer”.
·         Raíz en la amargura, “todo el mundo está en mi contra”.
·         Raíz en el dolor, cuando hay personas que se sienten importantes haciéndose pasar por víctimas o inventan que son víctimas de los demás, “este dolor es insoportable”.

·         Raíz en la intolerancia, según la cual la persona intolerante manifiesta su falta de respeto hacia las opiniones, formas de pensar, actuar e incluso ante las características físicas de otros.

Por otro lado, no podemos negar que el enfado junto con la tristeza son las emociones más usadas para manipular a los que nos rodean, ejemplos sobran, como cuando me enojo con alguien por no acompañarme, para que mis padres me compren lo que les pedí, me enojo para que mis hijos me obedezcan y hagan lo que yo quiero.

Según un artículo de la Asociación Americana de Psicología, se ha demostrado que dar rienda suelta a la ira y la agresión no ayuda a resolver la situación, al contrario, la agrava o la estanca. Muchas veces al querer negar lo que sentimos, y no gestionarlo o conciliarlo, no decimos nada, pero estamos hirviendo por dentro, o bien respondemos de manera irónica o con el sarcasmo, queremos lucir poderosos, pero en realidad actuamos así por una gran incapacidad.

Generalmente las palabras ira, cólera, enfado, rabia, enojo o furia, suelen ser sinónimos, sin embargo, es importante entender que hay “niveles de furia” y no son lo mismo. El enfado lo sentimos como cuando queremos irnos a dormir por estar agotados, o cuando la ropa nos incomoda, pero ello no afecta a otros. El enojo viene cuando le damos toda una significación, que sentimos que se burlan de nosotros, que se aprovechan, que no se tiene alguna consideración, etcétera. La furia se acrecienta cuando ya algo nos ha molestado por un periodo considerable, cuando uno ha sentido que han abusado. Empezando con las verbalizaciones, la idea de expulsar la energía acumulada, siguen los gritos o querer golpear.

El gritar o golpear es una manera de liberar la energía acumulada por nuestro enojo, pero cuando la persona da salida a su rabia sin pensar en las consecuencias, provoca violencia a su alrededor, el inconveniente es que si esta se reprime se puede tornar en una agresión interna y externa constante.

La ira como toda emoción es de corta duración, así que lo recomendable es dejar que esta fluya y regrese el cuerpo a su equilibrio, por lo cual debemos de alguna manera exteriorizar el sentimiento, pedir a las personas que están alrededor unos minutos para calmarme y recuperar la armonía. Así las personas no se sorprenderán si manifestamos un arranque súbito y totalmente irracional. Es mejor decir “vengo enojado, por favor denme unos minutos para relajarme”, asimismo nos puede ayudar una respiración profunda acompañada de la pregunta ¿Para qué me sirve la rabia en estos momentos?

Sentir ira, decirle a alguien que uno la siente y hablar de este sentimiento es saludable y necesario en la medida que se reconozca que parte de uno mismo y se evite devolver con la misma moneda al objeto que produjo esa ira como una forma de venganza o bien encerrarla en el interior, ya que tarde o temprano ésta saldrá, tal vez de forma más violenta y en una escalada sin fin. Lo importante es canalizar esta energía que lleva consigo el enojo a través de formas más saludables, tener templanza.
Analiza que es lo que te hace enojar, ¿La situación?, ¿La persona?, ¿El que la cosas no salieron como tu querías? Después de hacer este ejercicio regresa con la persona quien te hizo enojar y si es buen momento y está calmada, formula un mensaje claro al expresar la incomodidad generada por su conducta, para hacerle saber cómo te sientes, por ejemplo, evita decir: “!!! Nunca me haces caso¡¡¡, ¡Siempre debo gritarte para que recojas tus juguetes ¡”. En cambio, un mensaje claro es: “Temo caerme cuando dejas tus juguetes en la escalera y no me gustaría ir al hospital si me lastimo”. Como se puede ver, se trata de concientizar sobre las consecuencias y la responsabilidad. No es lo mismo expresar tu enfado gritando y amenazando que expresarlo, hablando de un modo algo severo sí, pero con mesura y una intensidad y sentido apropiados.
También es bueno preguntarse ¿De quién es realmente la responsabilidad?, ¿No seré yo el problema?, ¿Son razones válidas?, ¿El enojo es desproporcionado?, ¿De verdad es para mejorar tu entorno o la vida de quienes te rodean?, ¿Cuál es la mejor menara de llegar a un acuerdo? Ese tipo de preguntas ayudan a tranquilizarse y a controlar las emociones, también es cuestión de tiempo y de dialogar con uno mismo antes que seguir albergando rencor, y como toda crisis, debe tener un inicio, un fin, una solución y un aprendizaje, no permitas que el sol se ponga y que siga tu enojo, si al final del día aún continúas enojado, ¿Cómo podrás dormir?, no vale la pena.


jueves, 16 de marzo de 2017

Amarse así mismo


Existen personas más sensibles a los dictados sociales o de la moda que se dejan impresionar por ellos. De este modo suponen que si no tienen algún artículo de lujo, ell@s no valen. Incluso, tienden a regalar objetos “lujosos” porque la otra persona se “lo merece” o lo “vale” o los exigen pues es una manera de saber que son importantes para los otr@s. Algunas de estas personas han asimilado que primero se debe pensar en los demás y luego en ell@s, pues la sociedad nos dicta que no debemos ser egoístas y por lo cual  debemos pensar primero en los demás. Generalmente cuando algún familiar se enferma inmediatamente nos preocupamos por él y buscamos todos los remedios posibles, pero cuando uno mismo se enferma dejamos para después la cura, pensamos que al rato va a pasar el malestar o que no es necesario acudir al médico.
Desde niños nos  enseñan a no ser egoístas y darles a otros nuestros objetos, (dulces, ropa, aparatos electrónicos, juguetes, etc.) , pero el compartir no es el problema sino más bien el hecho de dar todo a los otros hasta el punto de anular a la propia persona. Es cuando algún amante dice dar todo por la persona amada y se queja de no recibir nada a cambio.
La religión nos dice ama a tu prójimo como a ti mismo, pero, ¿cómo amar al otro si se hemos aprendido a derogarnos? ¿Cómo amar al otro si no nos amamos a nosotros mismos? .La sociedad nos dice que la “buena educación” es no pensar en uno mismo.
La sociedad, sobre todo los medios de comunicación, a cada instante nos recuerdan que no amemos a nuestro cuerpo. Cuántas veces hemos pensado o dicho que no nos agrada alguna parte de nuestro cuerpo, cómo es: el tipo de nuestro cabello, que si es rizado se desea lacio, que si tenemos demasiado largas o cortas las piernas, que el tipo de ojos, el color de la piel, etc.  No es fácil ponernos a pensar que parte es la que nos gusta de nuestro cuerpo, ya que la televisión  nos bombardea con  anuncios de lo imperfecto que es nuestro cuerpo, ya sea un abdomen abultado, no poseer una dentadura perfecta, y así podemos encontrar miles de ejemplos donde los comerciales nos exigen un cuerpo perfecto que no existe. La industria y la sociedad nos envían constantemente mensajes para avergonzarnos de nuestro cuerpo y tenerlo que disfrazar con algún producto.
Y no es que tengas un excelente cuerpo, tu eres tu cuerpo y el que no te guste alguna parte no significa que no te aceptes a ti mismo como ser humano, puede que ese fragmento de tu cuerpo sea fácil de modificar como el abdomen con dieta y ejercicio, pero aquellas otras que desapruebas y que no pueden ser modificadas, como el color de la piel, pueden ser vistos bajo una óptica diferente. Se puede descubrir las ventajas de nuestro cuerpo, por ejemplo, que beneficios tiene ser alto, ser bajo, ser delgado, tener las manos largas o cortas, podemos encontrar un sinfín de utilidades que tiene nuestro cuerpo.
El amarse implica el amar el propio cuerpo y la posibilidad de disfrutar del mismo. Gozar de ser uno mismo. Si algunas vez has odiado tu cuerpo o has actuado de una forma que no te ha gustado, no lo veas así, piensa que eso te inmoviliza y te perjudica, aprovecha que eso te sirvió de aprendizaje y no los asocies con tu autoestima. ¿Cómo puedes dar amor si no te amas a ti mismo?.