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miércoles, 28 de abril de 2021

Arcaica sexualidad de dominación.

 Existen un conjunto de creencias transmitidas por los padres, las familias, las mujeres y los medios de comunicación, en las que se condiciona a los varones a comportarse de cierta manera, acorde al ideal  social que se tiene en torno de “ser hombre”, como es valerse por sí mismos, cumplir con las 3 “f” (feo, fuerte y formal), que sea él quien toma las decisiones, que mantenga siempre una imagen de dureza y fuerza, en fin, que adopte un rol masculino rígido, heteronormado, homofóbico, hipersexuado, agresivo y controlador.  

Esta construcción de la masculinidad hegemónica está directamente relacionada con la adopción de algunas prácticas arriesgadas y abusivas, como en el caso de la actividad sexual, que en condiciones no consensuadas tienden a rechazar el uso del condón y otros medios de salud reproductiva, porque  “no se siente igual” o es “cosa de mujeres”, pero también el exhibicionismo y petulancia, la falta de respeto a la intimidad, la promiscuidad, y engaños que parecen generar adrenalina.

Dentro de este imaginario social figura el hombre que siempre está presto a la actividad sexual, que debe ser como un “tigre” para las relaciones sexo genitales, debe cumplir con cuanta mujer se le cruce en el camino le guste o no. (“A quién le dan pan que llore?”, reza el dicho). Muchos de ellos piensan que su hombría debe estar gobernada por un frecuente deseo sexual, como si se tratasen de unas máquinas sexuales insaciables, han creído que a eso legítimamente los predestina estar siempre fisiológicamente aptos, ya que, en caso de rechazar la oferta, podría ser señalado como homosexuales o pusilánimes. También incluye esa ansiedad de lograr una mayor cantidad de “conquistas sexuales”, “acostones” o como se le conozca anecdóticamente.

Apenas en el siglo pasado, el conocimiento sobre lo sexual, tanto en lo referente a lo masculino, y en especial sobre el funcionamiento de la genitalidad femenina estaba bajo el control del macho, aunque en realidad no tuviera los suficientes conocimientos, pero se daba por hecho que los tenía. Cuando surgió la píldora anticonceptiva, era él y no ella quien debería saber cómo administrarla. Claro que esto tenía que ver con un control sobre ellas, pues son ellos los históricamente encargados de iniciar sexualmente a la mujer y de alguna manera, hacerle sentir que el placer de ella depende de lo que él sabe, por lo cual no es fácil tolerar a una mujer con cierta experiencia sexual, puesto que al final la terminan cuestionando, sobre ¿Con quién lo aprendió? Así como también ser el responsable del orgasmo de ella, él es quien se lo proporciona. Cabe cuestionarse entonces, si no sería mejor que la pareja pudiese aprender bajo una actitud de respeto y de enseñanza mutua. Hoy en día muchas mujeres son más libres con su cuerpo y sexualidad, cuentan con experiencia y capacidad para identificar lo que les resulta placentero, aun así ello genera mucho miedo, porque se cree que las faculta para humillar al varón llamándole “inexperto” o “poco hombre”, como con justa razón podría suceder, con hombres que por egoísmo o falta de sensibilización llegan a ser realmente torpes en la interacción sexual.

Por otro lado,  los hombres se han encargado de evaluar minuciosamente con otros congéneres los cuerpos femeninos, valorarlos o devaluarlos, como en los concursos de belleza o bien con la mirada cómplice  y acosadora entre ellos al ver pasar por la acera a una hermosa chica, calificar sus atributos físicos, la magnitud de los senos, en fin, les genera un abyecto y pírrico poder decidir quién tiene buen cuerpo, como si pudieran disponer de este a voluntad.

Por otro lado, tenemos a la rudeza como signo inequívoco de masculinidad, por lo cual muchos hombres llegan a ser toscos en las relaciones sexuales, lastimándolas. A todas luces, no es concebible que la tosquedad sea una característica innata de la personalidad, sin embargo, llega a ser entendida, en incluso demanda por muchos hombres y mujeres al expresar “Abrázame fuerte, como hombre”.

Muchos hombres suponen que existen mujeres que están para acostarse con ellas y luego poder exhibirlas como trofeo de caza con los amigos, en algunos casos el triunfo es mayor si estas son vírgenes, (actualmente este valor de la virginidad ha ido careciendo de importancia, sobre todo en grandes ciudades y en generaciones más recientes), sin embargo sigue siendo preocupante el índice de menores de edad obligadas a casarse, embarazos adolescentes, o los delitos de trata de personas, explotación sexual, pornografía y violaciones, que afecta a niñas y mujeres muy jóvenes.

Se da por hecho que los sentimientos no entran en este terreno, pues lo importante es el éxito y la supremacía, y por lo tanto también en esta lógica resulta totalmente justificable distinguir  a esas otras mujeres que, sí serían para casarse, para formar una familia “bien”, pues corresponden a una categoría de mujer que no ha cedido fácilmente al sexo, a la cual se le pueda confiar la procreación, crianza y educación de los hijos, sobre todo cuando la decencia es un valor imperativo.

Hace no mucho, de forma expresa se enunciaba que el matrimonio es para la reproducción de la especie, y por lo tanto, la falta de fertilidad  era uno de los motivos por los cuales podría proceder  la disolución del vínculo matrimonial. Bajo estos infortunados supuestos, la esposa tenía que cumplir con sus obligaciones maritales, accediendo toda vez que el esposo lo exigiera, y no había opción a poner su protección y su sexo en manos de él, era incluso motivo de divorcio si no accedía, pues ella debía ser pasiva en lo que atañe a la genitalidad, esto es, no tener deseos propios, ya que, como ya se dijo, los varones son los que deben iniciar y hacerse responsables del placer de la compañera. Indudablemente esto genera incomprensión, que ellas vayan perdiendo el interés hacia lo sexual, falta de realización y de identificación mutua en la pareja.

Seguramente seguirán existiendo hombres, aquí y en otras partes del mundo que se aferren en continuar con el antiguo modelo de aquella arcaica sexualidad de dominación, pero cada vez serán menos, porque ya no son creíbles, muchas mujeres abiertamente dicen que “prefiero estar sola que mal acompañada” y la verdad echan en muy poca falta la interacción sexual con sus parejas, porque se dan cuenta que eso es solo una faceta de su ser, no las define, a la par cada vez más hay hombres que ven desmoronarse su anterior dominación, y aumentan aquellos que buscan grupos de hombres para debatir los antiguos modelos y proponer nuevos conceptos en la búsqueda de un crecimiento compartido.

martes, 2 de junio de 2020

No lo arregles si no está roto.


Muchas madres (solteras o casadas), que tuvieron que trabajar, decidieron encomendarles a sus hijos que participaran en las labores domésticas. Generalmente, entre todos, ya sea hijas o hijos, tenían que aprender las diversas tareas de limpieza que demanda una casa, las cuales eran repartidas indistintamente, ó aún mejor, de forma consensuada. Bajo el principio de forjar hijos independientes y responsables, éstos aprendieron a lavar, planchar, limpiar, cocinar, en fin, lo necesario para tener una existencia sana y un casa limpia y ordenada. Como resultado, aunque no se hiciera de forma expresa, esto propició la valoración del trabajo de las amas de casa, regularmente invisibilizado y otorgarle un lugar más digno. A los que nos tocó una educación así, ahora nos parece algo mucho más positivo que, lo que quizá un niño pudiera discernir sin tener dicho encauzamiento, ya que sin duda optaría por dedicarse solamente a sus juegos y distracciones.

Alguna de estas madres vivieron bajo una familia tradicional, es decir, machista, donde fueron educadas para servirle al hermano, tenerle miedo más que respeto a los hombres. No obstante, siguiendo muchas veces el razonamiento intuitivo y sentido de justicia de que hombres y mujeres son iguales, alentaron a sus hijas a estudiar, para que no tuvieran que depender de un hombre que las llegase a maltratar, ya sea física o psicológicamente. Hasta hace relativamente poco tiempo el feminismo pasaba inadvertido, si bien se le sigue denostando con expresiones peyorativas como la de “feminazis”, antes era considerado mucho menos que una doctrina exótica, propia de una élite ilustrada, ajena a la realidad cotidiana de la mayoría de las mujeres. Inevitablemente, la realidad social y las ideas han evolucionado a favor del adelanto de las mujeres.

Por lo mismo, es muy importante reconocer que en aquellos años, en esas situaciones primigenias, las mujeres llegaran a ponerse de acuerdo con sus esposos sobre el cambio de patrones de crianza de sus hijos, en cuanto a las labores de casa, incluso eran apoyadas por ellos de forma espontánea. Sin embargo, la presión familiar machista ha sido pertinaz, estas experiencias eran criticadas por ambas familias, y en algunos casos por este motivo hubo una regresión a los antiguos patrones del patriarcado.

Aún así, otras familias lograron continuar con su cambio, motivadas por buscar el amor entre sus miembros, ya que ello es indispensable para ser felices, y porque bajo el amor, florece el respeto, la lealtad, la honestidad y un bienestar común. La lección de vida va más allá al modo de “Enséñale a tu hijo independencias domesticas para que no sea un inútil, sea independiente y que busque una esposa y no una sirvienta”.

Hace años,  las feministas  han puesto los ojos en los estudios de género, para plantear nuevas formas de crear un mundo más corresponsable y empático. Es muy comprensiblemente han sido ellas, las mujeres, quienes más han impulsado el debate de género, ya que al fin y al cabo ellas han sido mas oprimidas por sus restricciones que los varones que gozan de privilegios. En contraste, desde la mirada del privilegio, se da por sentado que cualquier hombre por el simple hecho de serlo, ha recibido una educación en la cual tiene más ventajas que una mujer, no importa si este es homosexual, transgénero, indígena, simplemente por ser varón, aunque éste también sufra de una discriminación ante otros hombres.

Por lo anterior, este contexto en el que muchas injusticias se han visibilizado y otras abatido, hace más evidente que si bien las mujeres han tenido un proceso de autoconocimiento y empoderamiento, en cambio, la figura masculina no ha tenido muchos avances, sigue arrastrando tremendos lastres.

Tal vez Grayson Perry tenga razón al mencionar que el pensamiento de la mayoría de los hombres es “no lo arregles si no está roto”, no hagas nada si no hay problema. Pues visto desde la mirada de un privilegio, no consideran que deba haber cambios, y si bien como dice Perry, “el hombre ha gobernado gran parte de nuestro mundo por mucho tiempo y ha hechos muchas cosas bien, sin embargo, ya es tiempo que renuncie a su hegemonía”.
¿Cuántas veces has querido llegar a un acuerdo con un hombre y este se enoja, te grita o te evade? Y es que los hombres machistas no toleran ser contrariados, y en muchas ocasiones se niegan a escuchar opiniones distintas. Esto suele manifestarse como necedad, "no me importa lo que piense la gente", hastío, "ya sé lo que vas a decir", o bajo la forma de un autoritarismo simple, "yo soy el que manda aquí". Se pierde mucho tiempo en decir no, antes que explorar cómo sí. Esta incapacidad de asimilar, o de imaginar siquiera, otros puntos de vista tienen consecuencias personales y sociales inmensas.

En primer lugar, cancela toda posibilidad de negociación, si la opinión ajena es irrelevante, entonces el único propósito de todo diálogo es convencer al otro de la opinión propia. Por ello es inútil discutir con una persona machista, sus razonamientos "lógicos" se reducen a una mera reiteración de su punto de vista inicial. En este sentido, la falta de empatía impide la resolución de los conflictos interpersonales. Asimismo, genera malentendidos continuos, la persona que no escucha interpreta equivocadamente a los demás con enorme frecuencia, lo más irónico es que los machistas acaban por no escucharse a sí mismos y a seguir solo sus arrebatos.

Además, los machistas tienden a considerar el desacuerdo como una ofensa, en una formulación clásica, "si no estás conmigo es que estás en mi contra". Por todo ello, el machismo contribuye a una agresividad generalizada e innecesaria, al convertir sistemáticamente las diferencias en conflictos.

En segundo lugar, esta dificultad para ponerse en el lugar de los demás inhibe la cooperación. Si uno considera, o espera, tener siempre la razón, el trabajo en equipo se vuelve prácticamente imposible. Si el punto de vista de los demás es irrelevante, entonces lo único que queda es imponerse a ellos. Y si todos, o varios, integrantes de un grupo de trabajo o de estudio están acostumbrados a pensar así, entonces pasarán sus reuniones disputándose el liderazgo en lugar de dedicarse a la tarea común. Podemos observar estas dinámicas muy a menudo en nuestra sociedad, cuando varias personas intentan integrar un equipo o llevar a cabo un proyecto compartido. Esto conduce a la pérdida de oportunidades, ya que a los hombres se les inculca a “jugarse el todo por el todo”, o bien a manejarse con el “si no ha de ser de mí que no sea de nadie”, cuando en realidad la vida ofrece muchas posibilidades para que todos y cada uno mejoremos sin que ello implique aminorar el bienestar de los demás.

En tercer lugar, considerar que los deseos, las necesidades, los sentimientos y pensamientos propios son los únicos importantes, prácticamente excluye la posibilidad de subordinarse al bien común. Si lo único que cuenta es la comodidad personal, entonces no hay ninguna razón para no estacionarse en doble fila, tirar basura en los lugares públicos o prender el estéreo a todo volumen a las tres de la mañana. La imposición de los intereses propios sobre los de los demás es un corolario de la incapacidad para postergar la gratificación, controlar los impulsos y tomar en cuenta la situación de los demás. El machismo promueve toda esta constelación de conductas y actitudes, y constituye por lo tanto un serio obstáculo al desarrollo de la conciencia cívica en nuestra sociedad y al reconocimiento de los otros, de la otredad.

Retomando a Grayson, la masculinidad podría ser una camisa de fuerza que está impidiendo a los varones a ser ellos mismos, a plenitud, y en su afán de dominio se están descuidando aspectos esenciales de su propia humanidad. En esa lucha por querer ser masculinos, podrían estar impidiendo que su Yo sea más feliz. Sin embargo, cada hombre tiene la capacidad de decidir si está de acuerdo con los patrones de conducta impuestos, o bien, prefiere vivir su masculinidad de manera diferente, de tal manera que no exista una, sino muchas masculinidades.

Los varones tienen que vencer muchos de sus propios monstruos y tomar conciencia de que antes de temer de otros, debe temer de sí mismos.

Creo que la diversidad en el poder puede mejorar la sociedad, equilibrar las cosas y oxigenar las reglas del juego. La presencia de mujeres y las minorías logran que en las decisiones sociales pesen experiencias vitales muy distintas.

jueves, 23 de abril de 2020

¿El machismo ha desaparecido en nuestra sociedad?.


A veces se piensa que el machismo ha desaparecido en México, gracias a los enormes cambios económicos y socioculturales de las últimas décadas. Es inevitable ignorar la manera en como la incursión masiva de las mujeres en el mercado laboral y del consumo ha erosionado o puesto en tela de juicio los valores del machismo tradicional.

Asimismo, un número creciente de mexicanos considera que las mujeres deben estudiar y trabajar; ya no se le deposita tanta importancia a la virginidad premarital; algunas brechas entre niñas y niños y mujeres y hombres se han reducido, como en el acceso a la educación, salud o vivienda, aún cuando siguen siendo considerables e inaceptables; hay mayor convencimiento de que los hombres deben participar en las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, por mencionar algunos aspectos que marcan una diferencia sustantiva.

La Ley y la sanidad pública reconocen que la planificación familiar compete a la mujer y no es una decisión del marido, y mucho menos un asunto en el que las iglesias deban tener injerencia. También, vemos que en algunos sectores sociales el paradigma masculino ha dejado de ser tan autoritario y más comunicativo e involucrado con la familia, como en épocas cuando el patriarcado no era hegemónico.

Sin embargo, tanto en las ciudades y, sobre todo, en los lugares más remotos de nuestra republica todavía se sigue perpetrando el machismo, y frecuentemente para ello no obsta el estatus social, ya que, las expresiones más viles, como el feminicidio y la violencia intrafamiliar, afectan sin distingo a las mujeres de cualquier posición socioeconómica. No es que antes las cosas fueran mejor, sino que había un silencio e invisibilidad propicios para dejar impunes a los agresores y a revictimizar a las agredidas.

Todavía podemos observar a nivel nacional e internacional, cada vez que un político habla, llega a mostrar en sus discursos discriminación y machismo en todos los niveles, asimismo, la clase política y cúpulas empresariales soslayan la presencia de las mujeres en los puestos de dirección, se les niega el derecho a su desarrollo político y a ejercer su liderazgo y capacidad gerencial, se les condiciona y escatima el acceso a posiciones de mayor responsabilidad aunque tengan más mérito que los hombres, se les exige más y con ello se les impone “techos de cristal”, se les descalifica por embarazarse, decidir por la maternidad y por ser “hormonales”, las burbujas de poder y las élites son dominadas por varones y prevalece el compadrazgo y la arbitrariedad en el reparto de componendas.

En muchos ámbitos las mujeres son, en esencia, “objetos estéticamente agradables", se llega a decir que “si una mujer quiere ser periodista, debe ser sensual”, "Las noticias malas sobre ti no importan mientras tengas una novia sexy”, dijo Donald Trump. El expresidente del Consejo General de la Ciudadanía en el Exterior, Castelao Bragaño, llevaba dos días en su cargo en octubre de 2012 cuando al reclamar el acta de una reunión, al ver que faltaba un voto para formalizar un documento, dijo: “No pasa nada. ¿Hay nueve votos? Poned diez… Las leyes son como las mujeres, están para violarlas”. 

Los políticos mexicanos y líderes de otros sectores y comunidades del país también han sido pródigos en difundir estereotipos y proferir violencia verbal y de todo tipo, pero también en ser omisos o minimizar la gravedad de la situación que padecen las mujeres, de igual forma, la discriminación y exclusión se han vuelto más sutiles, pero para nada desaparecen.

Apenas en marzo pasado, tras una ola de feminicidios, el Gobierno Federal irritó a los colectivos de mujeres por no dar centralidad a este cáncer y seguir con sus prioridades hasta ese momento, como la rifa del avión presidencial.

Si bien la violencia contra las mujeres tiene décadas de estar enquistada y es resultado del modelo neoliberal que aliena el valor de la vida y dignidad humana y descompone el tejido social, en los últimos años se ha agravado porque no ha habido persecución del delito, protección de víctimas, ni impartición de justicia suficientes, ello no está adecuadamente atendido tanto en su causa raíz como en sus efectos funestos, que es la muerte y daño irreversible tanto físico, como moral y sicológico de miles de mujeres.

Hoy día, la pandemia del COVID-19 quitó los reflectores de ese tema, pero muchísimas mujeres están confinadas con sus agresores, las siguen matando y violentando, incluso sigue habiendo desapariciones y las mujeres no están seguras en las calles pero tampoco en sus casas.

Con el llamado “home office”, o tele trabajo, a muchas mujeres se les triplicó la carga de trabajo y responsabilidad, y no hablemos del personal de limpieza, predominantemente femenino que sigue yendo a trabajar a las casas de los privilegiados, aparecen furtivamente y en segundo plano en los “tik toks”, transmisiones en vivo, video conferencias y demás maravillas de la tecnología, con escobas, cubetas, lavando los trastes, cocinando ricas viandas, y obvio, tienen que seguir saliendo a la calle por necesidad poniéndose en riesgo a ellas y a sus familias.

Todo esto parece estar ausente de las leyes, de los programas de gobierno y de la agenda de los políticos de todos los partidos y tendencias, también de los grupos intelectuales y “críticos” del gobierno, aún más, de la de algunos grupos de feministas que salieron a marchar el 8 de marzo y que hicieron paro el día siguiente, las que pudieron, claro está.

A esto último, la Maestra Evangelina García Prince le llamó interseccionalidad e intersectorialidad, señalando que no basta que haya igualdad entre mujeres y hombres, sino que para ello se necesita considerar también las diferencias y desigualdades socio económicas entre cada sector y grupo de personas los que pertenecen.

El machismo, además de estar sustentado en prejuicios e ignorancia, tiene muchas desventajas tanto para hombres como para mujeres, desde la violencia, soledad, desequilibrio mental y emocional, exponerse a situaciones de riesgo individual y colectivo, e incluso la muerte.

Con el machismo perdemos todos.

En este epidemia tampoco ha faltado el privilegiado que, sin respetar el derecho humano a la decisión informada, y que con masculinidad violenta asevera que el virus no existe, que tampoco debería haber vacunas para ninguna enfermedad, que llama a no hacer caso de las autoridades de salud y que se regodea por denostar el uso de cubrebocas y otras medidas de política pública de contención del contagio, se envalentona pues. En el otro extremo están quienes subrayan que las mandatarias de Alemania, Nueva Zelanda, Taiwan y otros países están manejando mejor la crisis sanitaria, como tratando de encajar la imagen de las mujeres líderes en el estereotipo de madre protectora, que custodia las funciones de reproducción social.

Sin duda, falta mucho por hacer, por darle la vuelta a las desiguales relaciones entre mujeres y hombres, este cambio inevitablemente es social y político, una de las condiciones es que mucho más mujeres lleguen a las posiciones de toma de decisiones para que impulsen los cambios en las leyes, programas, prácticas y acciones públicas y privadas para que, con una visión del mundo que compagine la perspectiva de ambos sexos, sus necesidades y expectativas, haya un reparto paritario y consensuado de responsabilidades, esfuerzos y beneficios.