jueves, 19 de marzo de 2020

QUE SIENTO? TEMOR O MIEDO




No es posible imaginar un mundo sin miedo, pero si es posible imaginar un mundo sin ansiedad, y debemos imaginarlo. Agnes Heller, filosofa.

Nuestras respuestas emocionales son sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia y una de ellas es el temor.

Todos somos vulnerables al miedo, aunque no nos guste admitirlo. Porque socialmente no es bien visto demostrarlo, sin embargo, este es tan natural como la tristeza, la alegría, la ternura, la rabia o el desagrado.  Es un estado emocional donde el cerebro se activa y nos alerta para evitarnos la pena, el ridículo, el dolor o incluso de un peligro, pero como nos avergüenza decir que tenemos miedo, lo disfrazamos con frases como:  “estoy nervioso por que no encuentro trabajo”, “estoy estresada”, “que va ser de mis hijos”, “no se si las cosas vayan a salir como yo quiero”, “mi pareja no me comprende”, entre otras.

El miedo es una reacción adaptativa que nos prepara para actuar ante un posible peligro. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo reacciona produciendo una secuencia de efectos, tanto físicos como psicológicos. Algunos estudios afirman que el miedo es la emoción que más consecuencias produce en nuestro interior.
En primer lugar, algunas personas se quedan paralizadas y bloqueadas ante el miedo, experimentan sudoración, taquicardia. Nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra.
El sistema nervioso simpático prepara nuestro cuerpo para una huida o para un enfrentamiento físico, por tal motivo, hay personas que actúan de manera más heroica, y se debe al aumento de adrenalina en la sangre. Es cierto que, en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante unos instantes. Esta respuesta es debida a que el sistema se bloquea y la respuesta psicológica impide que se gestionen bien los efectos físicos del miedo.

Se encarga de la supervivencia, así de sencillo y así de complejo. Decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Sin embargo, se actúa tanto ante un peligro real como ante uno imaginario. Si no lo sintiéramos no sobreviviríamos.

Por otro lado, a nivel psicológico, el miedo también produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés, ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente.
Este estado de alerta es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio, en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.

El miedo puede convertirse en un estado constante, en una inquietud enfermiza casi permanente, en una angustia que te paraliza, como consecuencia aumentas tus niveles de ansiedad, de sudoración y experimentas taquicardia, disminuyes tu concentración y la memoria te traiciona. Pero debes de considerar que, si el peligro es real, entonces tu respuesta ha sido útil, dándote la opción de que huyas y te salves. Sin embargo, hay veces que el miedo es “irracional” se dice que son invenciones o creados por nuestra imaginación o ignorancia. A este respecto, Sigmund Freud señalo dos tipos de miedos, el real y el neurótico. El primero es cuando el peligro es “evidente”, cuando en la persona esta en riesgo su integridad. (un auto nos va a atropellar, nos resbalamos en un precipicio, alguien nos apunta con un arma). El otro es cuando no hay un peligro que pueda suponer una amenaza para la vida, pero que se siente ante algo que no existe, se dice que es un temor que nace de nuestra imaginación pero que siempre se traducen en sensaciones y sentimientos que llegan a paralizar o impiden tomar acciones concretas. La mayoría de nuestros miedos son infundados por nuestra cultura, tanto por las personas que están a nuestro alrededor inmediato, como la familia, como la sociedad en general.  La madre que tiene miedo a las arañas, aterroriza a sus hijos, porque en realidad nadie nace con miedo, ya que este se forma a raíz de la educación que vamos recibiendo.
Es un hecho que los padres no lo hacen con intención de infundir miedos o emociones negativas en sus hijos, pues no están plenamente conscientes del efecto. El problema surge cuando no se nos motiva para lo dejemos a un lado y nos sirva de limitante.

Y entre más ofuscadas estén nuestras relaciones sociales, nuestro ambiente viviendo en inseguridad y que el individuo se sienta amenazado por las fuerzas sociales que funcionan independientemente de su selección y decisión, más frecuente y general viene a ser la ansiedad, porque entonces mayor es el número de estímulos que pueden resultar peligrosos y pueden provocar en nosotros este sentimiento.
De esta forma la ansiedad es una variedad del miedo, aunque se dice que es un miedo sin objeto o a la nada, pero en realidad es un miedo a todo, y esto puede ser comprensible ya que todo el mundo se encuentra ansioso con un entorno completamente desconocido, porque no comprende, no sabe, qué es peligroso y qué no lo es.
De esta ansiedad se generan una gran variedad de miedos, como al fracaso; los celos; a uno mismo; a la soledad; hablar en público; a la obscuridad; al compromiso; a perder nuestro trabajo; a perder a nuestros seres queridos y a muchos más.
El miedo a sufrir es en definitiva el mayor mecanismo de protección que se pone en marcha frente al miedo a morir. Nos da miedo amar, porque se piensa que al hacerlo vamos a sufrir.

El miedo puede ser también una forma de control, pues lo disfrazamos como una excusa para proteger y cuidar, como al hijo para que no le suceda nada, para esto, se usan ideas repetidas como “ten cuidado”, “no hagas esto porque podría sucederte aquello”, aquí, más que proteger van creando sensaciones de inseguridad, que derivan luego en miedos irracionales.
También nuestra ignorancia hacia ciertos temas nos genera miedos, como no saber como cuidar una herida, estar aterrados ante nuestra muerte, que si nos van a comer los gusanos, que si nos entierran vivos, entre otras, y muchas veces tiene que ver con la escaza o excesiva información que se obtenga. Actualmente con el virus COVID-19 del cual hemos recibido tanta información entre verdadera y falsa que no sabemos bien a bien como actuar.
Asimismo, el miedo está vertido en todas las instituciones: Familia, Sistema Educativo, Estado y Religión, estas dos últimas funcionan y sobreviven gracias al temor que infunden. Se nos enseña a tener “respeto” a nuestros superiores, y éste es sólo otra manera de nombrar al miedo.
Todo miedo neurótico es como un fantasma que vive en la mente y es alimentado por los pensamientos, cuanto más se piensa más miedo se experimenta y al hacerlo quedamos plenamente desarmados, paralizados. Por lo cual, lo que se puede hacer cuando te sobreviene algún pensamiento negativo, piensa en las cosas positivas que están por venir o detén tu pensamiento y recurre a cosas agradables que has vivido.
Se podrá pensar que lo del COVID-19, es una mentira global y que detrás de ello existe una conspiración, por que al final supongo que existe o al menos tendrá sus repercusiones políticas, económicas y sociales. Y de esta forma, hemos sido bombardeados con tanta información que no sabemos discernir. Por lo cual debemos hacer una pequeña introspección apartarnos del ruido social por unos minutos, respirar profundamente por la nariz y sacar el aire lentamente por la boca, y empezar a escuchar, primero nuestra respiración, después nuestros latidos y por ultimo los sonidos del silencio, para encontrar un momento de tranquilidad y preguntarnos que debemos hacer.
Al final de cuentas, debemos considerar que el miedo no permite que amemos y que disfrutemos de la vida.

Si nuestro temor es a la muerte pensemos que ellas es una ilusión del ego individual. El universo del que yo formo parte es eterno e infinito. De una forma u otra, existiré siempre.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

EL MIEDO Y SUS ETAPAS


“El miedo es un dragón que tiene en la espalda un escudo blindado impenetrable. Al miedo se le vence de frente” “El miedo es lo opuesto a la acción: cuando aparece no nos deja actuar, nos paraliza”
 Jorge Bucay.

Sin duda alguna, nuestras emociones han sido muy importantes para la sobrevivencia, pues nos llevan a reaccionar y a conectarnos con el mundo, lo que nos permite hacer frente a los retos y a las dificultades de la vida y una de ellas es el miedo.
Todo ser humano siente temor en situaciones de riesgo, ya que el temor se encarga de la supervivencia, así de sencillo y de complejo. Decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Ante un estímulo en forma automática se provoca la secreción de adrenalina y de otras hormonas que preparan al organismo para el combate o la huida, al mandar la sangre a los músculos grandes como las piernas. Esta sensación nos sucede ante un peligro real o imaginario. Todos lo experimentamos y si no lo sintiéramos no sobrevivíamos, aunque todos lo percibimos de manera tan diversa.
Se podría pensar que muchos hombres machistas niegan sentir miedo, sin embargo, suele haber mujeres que también lo hacen por las mismas razones que los primeros, el no querer parecer cobardes o sentirse avergonzados, incluso a veces se llegan a severas disputas donde pueden llegar a ser lastimados. El miedo es una reacción adaptativa que nos ayuda a enfrentar cualquier emergencia, pero si este proceso natural es frenado por “los verdaderos hombres que no le temen a nada”, puede suceder que  la persona tenga alguna reacción inadecuada, como por ejemplo;  algunos hombres expresan enojo cuando en realidad tienen miedo.
Para intentar superar nuestros miedos o no dejar que ellos controlen o condicionen nuestra vida, es importante conocer que le sucede a nuestro organismo cuando este se presenta. El primer impacto que sentimos es el susto, sobresalto o sorpresa. Estamos tranquilos y/o implicados en algo, y de repente se presenta  un estímulo inesperado. Como pudiese ser un ruido muy fuerte, nuestro cuerpo se pone en estado de alerta y se encarga de activar el sistema nervioso simpático, en caso de ser algo desagradable lo llamamos susto, en caso contrario lo conocemos como sorpresa.
En este momento, nuestro cerebro se encarga de activar las respuestas físicas de huida o bien para un enfrentamiento físico, pues nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra. Como hay un aumento de adrenalina posibilita que algunas personas actúen de manera más heroica, pero en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante algunos minutos, esta sensación  es debida a que el sistema se bloquea y respuesta psicológica impide que se gestione bien los efectos físicos del miedo. Algunos animales se quedan paralizados para parecer muertos y no ser parte de la cadena alimenticia.
Una vez que cesa el estímulo que nos provoca el miedo, nuestro cuerpo se encarga de activar el sistema nervioso parasimpático, que se encarga de devolver a su estado de reposo todo lo que se había activado anteriormente, es decir, relaja nuestros músculos, baja las pulsaciones, hace que el estómago vuelva a funcionar y calma la respiración.
Estamos pasando hacia el temor que es una preventiva para el organismo que nos alerta que algo malo puede pasar. Es cuando estamos frente a un precipicio que nos dice asómate con cuidado. Pero el miedo entra cuando la mente empieza a asociarlo con algún evento pasado, a suponer lo que puede pasar, a relucir nuestra ignorancia, lo que hemos oído o visto, en fin, a producir una sucesión encadenada de pensamientos negativos que pueden llegar a ser altamente dañinos, pues generalmente, tienden a ser expectativas exageradas, es decir, estamos creando en nuestra mente una situación peor de la que existe, nos adelantamos a los acontecimientos, para algunos esto les ayuda a tener una visión más amplia de posibilidades para poder enfrentarlas, pues esta emoción  cambia nuestra esfera cognitiva, percibimos el mundo de un modo distinto y experimentamos las sensaciones con mayor intensidad.
Muchas veces el miedo nos impide razonar o actuar, es decir, nos quedamos paralizados y el pensamiento se bloquea y esto nos hace sentir impotentes, sin saber cómo salir de esta emoción. A veces nuestro cuerpo reacciona con taparnos o cerrar los ojos, sabemos que es ridículo, pero es algo que es difícil evitar, pero en algunos casos, esta acción nos protege de ver eventos que se nos queden gravados en la memoria y después nos estén atormentando.
El miedo produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés,  ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente. En casos graves puede llegar a inducir una parálisis completa del cuerpo, sudoración fría o regresión a pensamientos de la infancia. Y en casos peores producirse incluso la muerte por paro cardiaco.
Este estado de alerta es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio, en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.
Cuando el miedo se vuelve una situación incontrolable, se convierte en ansiedad y podemos sufrir una pérdida de autoestima en tanto que nos sentimos incapaces de controlar la situación y, por lo consiguiente, nos sentimos vulnerables. Si vemos que la manera de responder ante un peligro no es eficaz, nos sentiremos mal, e incluso culpables, por no tener una conducta adecuada a la situación, es por eso que muchas personas, en especial, las mujeres que sufren de violencia, no les es fácil salir de su situación.
Además el miedo va aliado con otro de nuestros sentimientos, que es la vergüenza y lo vemos claramente cuando tenemos que hablar en público, donde se asume que se van a cometer errores y que se van a reír de uno. Estas dos emociones puede dan pie a  ser un  generador de excusas. Estas están en nuestra mente y solo nosotros mismos podremos superarlo, sin embargo, no es fácil, pues esto nos provoca una retroalimentación que evita que nos deshagamos de esta, fruto muchas veces de nuestras inseguridades.
Se han clasificado un sin número de miedos, como a la soledad, a la enfermedad, a la muerte, al envejecimiento, al fracaso, al sufrimiento, entre otros, muchas mujeres tienen miedo de rol de género, es decir, a dejar de servir como madres o como amas de casa. A considerarse inútiles, puesto que se les ha educado para vivir para los demás. En la actualidad, muchas madres que no pueden dejar a sus hijos ni por unos momentos solos por miedo, entre no poder ser una buena madre, que cuidan y protege tanto a sus hijos que cae en una sobreprotección que es una forma de violencia hacia ellos.
Debemos recordar que el miedo es un sentimiento totalmente natural, ya que hasta los animales lo sienten, y lógico en algunas circunstancias, sentirse culpable ante esta emoción es algo contraproducente e innecesario. En caso de querer mejorar nuestras estrategias de afrontamiento, podemos utilizar la relajación para manejar mejor las situaciones de miedo y ansiedad.
Al final no podemos permitir que los miedos condicionen nuestras vidas, debemos  superar algunos y entender que podemos aprender de ellos. No debemos convertir el miedo en nuestro enemigo, pues tan solo nos indica de la existencia de un problema y la posibilidad de resolverlo. Para tratar correctamente esta emoción, es importante prestar atención a nuestro cuerpo y manejar nuestros pensamientos, de este modo evitaremos que se nos desborden y terminen por aparecer efectos físicos y psicológicos incontrolables, como la ansiedad o las fobias.



martes, 24 de septiembre de 2019

¿Es temor o miedo lo que siento?



No es posible imaginar un mundo sin miedo, pero si es posible imaginar un mundo sin ansiedad, y debemos imaginarlo. Agnes Heller, filosofa.

Nuestras respuestas emocionales son sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia y una de ellas es el temor.

Todos somos vulnerables al miedo, aunque no nos guste admitirlo. Porque socialmente no es bien visto demostrarlo, sin embargo, este es tan natural como la tristeza, la alegría, la ternura, la rabia o el desagrado.  Es un estado emocional donde el cerebro se activa y nos alerta para evitarnos la pena, el ridículo, el dolor o incluso de un peligro, pero como nos avergüenza decir que tenemos miedo, lo disfrazamos con frases como:  “estoy nervioso por que no encuentro trabajo”, “estoy estresada”, “qué va ser de mis hijos”, “no se si las cosas vayan a salir como yo quiero”, “mi pareja no me comprende”, entre otras.

El miedo es una reacción adaptativa que nos prepara para actuar ante un posible peligro. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo reacciona produciendo una secuencia de efectos, tanto físicos como psicológicos. Algunos estudios afirman que el miedo es la emoción que más consecuencias produce en nuestro interior.

Como acto reflejo inicial, algunas personas se quedan paralizadas ante el miedo, experimentan sudoración, taquicardia. Nuestro corazón bombea más sangre, los músculos se tensan, los pulmones se encargan de dar más oxígeno al cuerpo y el estómago se cierra.

De tal forma, el sistema nervioso simpático prepara nuestro cuerpo para una huida o para un enfrentamiento físico, por tal motivo, hay personas que actúan de manera más heroica, y se debe al aumento de adrenalina en la sangre. Es cierto que, en algunos casos, el miedo nos paraliza y somos incapaces de actuar durante más tiempo. Esta respuesta es debida a que el sistema se bloquea y la respuesta psicológica impide que se gestionen bien los efectos físicos del miedo.

El miedo se encarga de la supervivencia, así de sencillo y así de complejo. Nos ayuda a decidir cuál es el límite entre lo seguro y el peligro. Sin embargo, se actúa tanto ante un peligro real como ante uno imaginario. Si no lo sintiéramos esto no sobreviviríamos.

Por otro lado, a nivel psicológico, el miedo también produce una serie de consecuencias. El proceso mental se inicia sintiendo agobio y malestar, eso nos indica que algo no va bien. Posteriormente, como nuestro cuerpo ha activado partes del cerebro implicadas en este proceso, nos ponemos en estado de alerta y, en algunos casos, actuamos rápido y con una supuesta valentía. Esta reacción es similar al estrés, ya que enfoca nuestra atención a unos pocos estímulos y pone en funcionamiento máximo a nuestra mente.

Este estado de alerta, de prolongarse, es el causante de los trastornos del sueño, como el insomnio en las personas con fobias o ansiedad generalizada. Cuando los procesos mentales dejan de ser adaptativos, es el momento de actuar y de iniciar una terapia psicológica que tenga por objetivo relajar nuestros miedos y calmar la mente.

En el extremo, el miedo puede convertirse en un estado permanente, en una inquietud enfermiza duradera e intensa, en una angustia que te bloquea, como consecuencia, con cada episodio de crisis, aumentas aun más tus niveles de ansiedad, de sudoración y experimentas taquicardia, disminuyes tu concentración y la memoria te traiciona.

Por ello, es importante considerar que, si el peligro es real, entonces tu respuesta ha sido útil, dándote la opción de que huyas y te salves. Sin embargo, hay veces que el miedo se hace “irracional” porque genera invenciones o creaciones de nuestra imaginación o ignorancia.

A este respecto, Sigmund Freud señalo dos tipos de miedos, el real y el neurótico. El primero es cuando el peligro es “evidente”, cuando en la persona esta en riesgo su integridad. (un auto nos va a atropellar, nos resbalamos en un precipicio, alguien nos apunta con un arma). El otro es cuando no hay un peligro que pueda suponer una amenaza para la vida, pero que se siente ante algo que no existe. Se dice que es un temor que nace de nuestra imaginación pero que siempre se traduce en sensaciones y sentimientos que llegan impedir tomar acciones concretas y pensadas.

Una gran mayoría de nuestros miedos son infundados y están condicionados por nuestra cultura, tanto por las personas que están a nuestro alrededor inmediato, como la familia, como la sociedad en general.  La madre que tiene miedo a las arañas, aterroriza a sus hijos, porque en realidad nadie nace con miedo, ya que este se forma a raíz de la educación que vamos recibiendo.

Es un hecho que los padres no lo hacen con intención de infundir miedos, debilidad o emociones negativas en sus hijos, pues no están plenamente conscientes del efecto. El problema surge cuando no se nos motiva para que lo dejemos a un lado y ello nos impone una limitante.

Si son ofuscadas nuestras relaciones sociales, si nuestro ambiente está afectado por inseguridad y si el individuo se sienta amenazado por las fuerzas sociales que funcionan independientemente de su selección y decisión, más frecuente y generalizada se presenta la ansiedad, porque entonces mayor es el número de estímulos que pueden resultar peligrosos y pueden provocar en nosotros dicho sentimiento. Así pues, la ansiedad es una variedad del miedo.

Se dice que la ansiedad es un miedo a la nada, o sin objeto alguno, pero en realidad es un miedo a todo, y esto puede ser comprensible ya que todo el mundo se encuentra ansioso con un entorno completamente desconocido, porque no comprende, no sabe, qué es peligroso y qué no lo es.

De esta ansiedad se generan una gran variedad de miedos, como al fracaso; los celos; a uno mismo; a la soledad; hablar en público; a la obscuridad; al compromiso; a perder nuestro trabajo; a perder a nuestros seres queridos y a muchos más.

El miedo a sufrir es en definitiva el mayor mecanismo de protección que se pone en marcha frente al miedo a morir. Incluso nos da miedo amar, porque se piensa que al hacerlo vamos a sufrir.

El miedo puede ser también una forma de control, pues lo disfrazamos como una excusa para proteger y cuidar, como al hijo para que no le suceda nada, para esto, se usan ideas repetidas como “ten cuidado”, “no hagas esto porque podría sucederte aquello”, aquí, más que proteger de forma efectiva, se van creando sensaciones de inseguridad, que derivan luego en miedos irracionales y codependencias.

También, nuestra ignorancia hacia ciertos temas nos genera miedos, como no saber cómo cuidar una herida o enfermedad, y estar aterrados ante nuestra muerte, con pensamientos como que si nos van a comer los gusanos, que si nos entierran vivos, entre otras, y muchas veces tiene que ver con la escaza o excesiva información que se obtenga.

Asimismo, el miedo está vertido en todas las instituciones: Familia, Sistema Educativo, Estado y Religión, estas dos últimas funcionan y sobreviven gracias al temor que infunden. Se nos enseña a tener “respeto” a nuestros superiores, y éste es sólo otra manera de nombrar al miedo.

Todo miedo neurótico es como un fantasma que vive en la mente y es alimentado y crece con los pensamientos, cuanto mas se piensa mas miedo se experimenta y al hacerlo quedamos plenamente desarmados, inoperantes.

Al final de cuentas, debemos tener en mente que el miedo no permite que amemos y que disfrutemos de la vida, lo que se reduce a que no tememos tanto a la muerte como a la vida misma y los retos que nos presenta.


jueves, 29 de agosto de 2019

GUIA PARA HOMBRES VALIENTES


No son los que pelean con leones o los que levantan troncos pesados. Tampoco son los que tienen muchas parejas o que los presumen de su dinero o sus logros. Su valor no implica tener siempre el control, tomar mucha cerveza o lucir invulnerables.
Un hombre valiente es aquel que no se define a partir de esos mandatos sociales, sino que se construye de sus propias decisiones, las cuales defiende con respeto, a pesar de que otros hombres no las entiendan o lo juzguen por eso.
Es ese que reconoce sus privilegios otorgados por la sociedad e históricamente por el machismo, y que decide abandonar esas prácticas, y ser empático y respetuoso con las mujeres, en procura de una verdadera igualdad.
Esta Guía para Hombres Valientes presenta consejos y pasos a seguir para crecer y dejar atrás ideas y acciones machistas que han limitado tanto a mujeres como a hombres en su desarrollo personal, en pareja, laboral y social.

A CONTINUACIÓN TE CONTAMOS, ALGUNAS CARACTERÍSTICAS QUE TIENEN LOS VERDADEROS HOMBRES VALIENTES:

  1. Expresa sus sentimientos y los demuestra con actos, gestos, atención y cuidados; a pesar que en ocasiones pueda sentir temor a represalias o burlas por parte de sus amigos o compañeros de trabajo.  
  2. Respeta a las mujeres y no las humilla ni violenta, física, sexual o emocionalmente.  
  3. Entiende que hay muchas formas de “ser hombre” y las respeta.
  4. Reconoce lo dañina que es la socialización patriarcal de los hombres, por lo que diariamente procura NO hacer un ejercicio machista de su masculinidad.
  5. No se cree más que nadie, por lo que respeta a todas las personas.
  6. Sabe cuál es el resultado de lo que le dijeron de niño sobre “qué significa ser hombre”, por lo que decide renunciar a los privilegios machistas y roles tradicionales, y construirse a sí mismo de una manera amorosa, buscando la igualdad, y dejando de lado la violencia.
  7. Sabe que cada una de sus amigas, compañeras de trabajo, mujeres que forman parte de su familia merece respeto hacia su cuerpo y pensamiento, de manera que respeta los límites que cada una de ella solicite para sí misma.
  8. Disfruta de las actividades que le gustan, sin importar que sean calificadas como “masculinas” o no.
  9. Expresa, respetuosamente, a otros hombres si están siendo violentos y desaprueba su conducta.
  10. Rompe con el papel de ser “la cabeza de la casa”, y deja de verse a sí mismo como únicamente un proveedor económico.
  11. Sabe que lo femenino, la niñez, la vejez y la homosexualidad son características completamente dignas por lo que no las asocia con algo negativo o humillante.
  12. Calla y escucha con respeto las experiencias de violencia que han vivido las mujeres a su alrededor para aprender a dignificar realmente sus luchas de género y ser empático con ellas.
  13. Busca consejos de las personas que lo rodean y escucha con atención, pues entiende que no necesita estar todo el tiempo a la defensiva, saberlo todo y tener la razón. Sabe que también por momentos puede ser vulnerable y no teme acudir a buscar ayuda profesional.
  14. Tiene una vida sexual sana, basada en el autocuidado y en el consentimiento de las personas con las que la comparte.
  15. Sabe que la lucha contra la violencia hacia las mujeres es de toda la sociedad y que él puede contribuir con su apoyo y reconocimiento.

martes, 27 de agosto de 2019

Porque bastante ha costado la emancipación del género para que la arruinen con pocas palabras.


Es un hecho que el machismo no es exclusivo de los hombres. En las sociedades latinoamericanas, la cultura del macho ha sido casi institucionalizada por las madres, y aunque las estructuras han cambiado en pro de derribar convencionalismos que amenazan la igualdad de género, es sorprenderte cómo en la sociedad moderna muchas mujeres siguen conservando actitudes machistas sin escatimar la gravedad de sus manifestaciones, la cantidad de años que retroceden en una frase y lo mal representado que dejan al género femenino. A continuación alguna de esas expresiones para ejemplificar:
1. "No puedo vivir sin él"
Se entiende que a veces nos enamoremos a tal grado que sintamos morir tras una decepción, y en ese momento el romanticismo se exalta a lo más. Pero de ahí a que llevemos al plano literal el que no se pueda vivir o que no seas capaz de sostenerte emocionalmente por ti misma, estás dando cabida al machismo, pues la vida de ninguna mujer debe depender de un hombre.
2. "¿Cómo esperar que la respeten vistiendo así?"
Juzgar a las demás por su forma de vestir hasta el punto de denigrar con calificativos como “zorra”, “perra”, “puta” se ha convertido en una clásica actitud machista de las mujeres, así como justificar el acoso callejero o las violaciones porque ella se lo buscó con minifaldas o escotes pronunciados. Estas actitudes penosas significan un retraso en la lucha por conquistar la libertad de vestirse y elegir mostrar nuestro cuerpo como mejor nos plazca, sin ser sinónimo de ofrecer servicios sexuales o despertar bajos instintos.
3. La maternidad, crucial en la realización de una mujer
Antes era regla, ya no; aunque unas a otras se presionen en que la maternidad es una asignatura obligada en las mujeres. Se debe respetar la decisión de tener o no hijos y dejar de ver a quien no ha sido madre como una mujer "incompleta".
4. "Hay que darse a desear"
Las mismas que ven mal tener sexo en la primera cita, tener iniciativa en una relación, ser accesible con los hombres, como en pagar cada quien su consumo o mostrarse transparente con ellos.
5. "Para su ascenso, seguro se acostó con el jefe"
Si una mujer se ha superado, seguro intervino un favor sexual ¡Por favor!6. "Si viste masculina, es lesbiana"
La apariencia no define una orientación sexual. Ellas también secundan la idea de los machistas, de que si una mujer se aleja de su concepto de guapa y femenina, seguro no le gustan los hombres vaya, es “machorra”
7. Puta por vivir libremente su sexualidad
En el siglo XXI y mujeres juzgadas por el mismo género por vivir el sexo con libertad y plenitud. Ser simpatizante del sexo casual sigue siendo blanco para comentarios denigrantes. Algo anda muy mal en aquellas que se toman el derecho de faltar al respeto a las mujeres libres.
8. "Las mujeres no dicen malas palabras"
No solo ellos quieren a  la "princesita" de cuya boca salen flores, algunas también creen que decir una que otra palabrota está mal visto y por ello poseen un nutrido repertorio de eufemismos. Creo que dependiendo la situación, un “vete a la …” no tiene un equivalente con la misma fuerza expresiva.
9. "Le hace falta un hombre"
Cada quien es responsable de arreglar su vida, de tener satisfacciones propias, de su madurez y de su felicidad. Una mujer no necesita a un hombre para completar su vida, si acaso para compartirla.
10. "A los hombres hay que saber atenderles"
Lo he escuchado de las casadas y entiendo que por amor se esté al pendiente de las necesidades del otro y de su salud. Pero de ahí a solapar la idea de que la mujer está a su servicio y placer, solo porque a ellos se les quita lo hombres si levantan los platos sucios o lavan su ropa, hay gran diferencia.
11. "Va a casarse y no sabe ni cocinar un huevo"
Si bien en lo práctico es necesario que al menos una sepa procurarse la comida, ser ama de casa no es el único rol en un matrimonio y calificar a una buena esposa por sus cualidades domésticas ya quedó muy atrás.
12. Subestimar el éxito de otra mujer
Cuando una mujer conquista sus metas, debemos sentirnos felices, inspiradas, son logros en cierta medida compartidos. Nada más lamentable que las mismas mujeres hagan menos el éxito de una congénere, o que por envidia la hagan tropezar ¡Mejor impulsémonos unas a otras!
13. "Una mujer sin depilar o sin maquillar es fea"
¿Qué es bonito? La belleza es relativa, lo entendemos. Sin embargo limitar el concepto a una imagen que no es la natural, creo que tampoco es muy bueno.
14. "Es una roba-novios"
Nadie es propiedad de nadie y el amor es muy caprichoso. Aunque mantengamos cierta ética con los novios de nuestras conocidas, todo acto es decisión de cada quien y conlleva la responsabilidad de afrontar las consecuencias. Pero de ahí a que una mujer robe hombres, pues no, ellos no son objetos. ellos también contribuyen en la relación.
15. "Si quieres hacer de todo, no te quejes si batallas"
¿Por qué cuando ven a una mujer luchar contra obstáculos machistas para salir adelante con los roles que se ha propuesto, en vez brindar apoyo se prefiere criticar, burlar y concluir que se lo merece por querer ser profesionista, madre, esposa o lo que fuera?
Y bien, aunque hay más, tomemos estas expresiones como un ejemplo de lo que no deberíamos decir. Apoyémonos entre todas y todos, muchas mujeres y hombres casi han dado su vida por el respeto a los derechos femeninos y para que el papel de la mujer sea dignificado. No caigamos en estas actitudes y tratemos de concientizar a quienes se expresan así para que no sean piedra de tropiezo para el género.
Autor.Mireya Ruiz Villanueva

martes, 6 de agosto de 2019

¿llorar no remedia nada?

Llorar no remedia nada, demuestra tu educación riéndote con discreción, el que se enoja pierde, los hombres no lloran, las personas sensibles son débiles, debes de ser fuerte, ¿Por qué chillas?, son frases que seguramente las habrás escuchado en repetidas ocasiones, e incluso las hemos repetido. Muchas de las veces cuando alguien está triste, tratamos de orillarlo a sonreír, comentando, “no me gusta que estés triste “. Así mismo, en muchas ocasiones evitamos que la gente llore, que se enoje, se ponga triste, incluso, suele pasar que alguien está muy alegre se le cataloga como “locura”.
Vivimos en una sociedad que nos llenan de analgésicos mentales, es decir, en un mundo en el que siempre tenemos que estar contentos o felices, donde la alegría debe ser la emoción dominante, donde el sufrimiento, la tristeza, el dolor, son elementos mal vistos, sentimientos que no se deben permitir y por lo mismo, buscar el modo de salir rápido de esto, ya sea con calmantes, pastillas etc. A quien que está pasando por un duelo, le dan pastillas para que no lo sufra, cuando es necesario vivirlo intensamente. Para algunos les duele o les atormenta más el no poder vivir una vida perfecta.
Con el desarrollo de la sociedad y en especial a partir del desarrollo industrial, la humanidad y el individuo sufren cambios por todo el reacomodo de la nueva forma de producción. Y la propiedad privada no fue solo extendida a objetos exclusivamente, sino que se amplió a seres humanos. A este respecto, Heller señala que “el hombre privado une en sí mismo ambos mundos:< propietarios de bienes y personas y al mismo tiempo hombres con hombres, burgués y hombre>, esa doble estructura del dominio privado es la que reproduce una y otra vez la relación del burgués con dos aproximaciones contradictorias a los sentimientos. La primera es la producción de la llamada <interioridad>, el cultivo del mundo de los sentimientos: la otra es el rechazo de la emocionalidad como algo manido e irracional, en nombre de la mente concretamente dada abstrae de la emocionalidad y la sentencia”.
De esta forma, la familia se convirtió en un núcleo cerrado para los sentimientos, esto es, lo que sucedía en la familia no debía de salir de ella, pero a la vez se tenía que mostrar ante la sociedad que en ella todo estaba en orden y reinaba la felicidad. Heller menciona que la vida conflictiva se niega y se considera negativa. “el mundo burgués de los sentimientos está en marcha, se descubre a sí mismo y descubre su tarea –bien a nivel mundial, o en el modelar una vida cotidiana agradable-. Es por eso por lo que en ese estadio los conceptos emocionales están tan desprovistos de problemas y son tan numerosos”.
La visión judío-cristiana que reprime las emociones nos ha dado la clasificación de que estas son buenas o malas, de reprimir los sentimientos pues estos tienen que ver con el erotismo donde nos tenemos que sentir intensamente a nosotros mismos. En realidad, estas no pueden ser clasificadas en buenas o malas, ya que no se pueden juzgar en términos morales, lo que sí se puede calificar de moral o inmoral es lo que hacemos con lo que sentimos, la responsabilidad está en lo que hacemos, no en lo que sentimos.
Una de las funciones más importantes es que fluyen en la percepción de nuestro ambiente. La realidad se construye a partir de quien las evalúa; cada individuo percibe el medio en función de sus propios intereses, conocimientos y experiencias.
Las emociones influyen en la personalidad de cada persona porque estamos sumergidos en un estado emocional durante todo el día, es por eso que las emociones condicionan nuestra conducta y una alteración de éstas, facilita la aparición de problemas. Nuestras emociones son responsabilidad de cada uno de nosotros, pero es muy común que depositemos la culpa en el otro de lo que sentimos, ya que pensamos que son los demás los que deben proporcionarnos no sólo bienestar y satisfacción sino también los culpables de nuestros estados de ánimo.
Por ejemplo, Ira o rabia: encargada de defender nuestra propiedad y a nuestros seres queridos. La ira entra en escena cuando vulneran nuestros límites, cuando “nos sacan de nuestras casillas”. También es la responsable de actuar cuando algo es injusto. En definitiva, es el defensor de la integridad y la coherencia.
La definición de emoción es de energía en movimiento, por lo cual es muy importante dejar que fluya, permitiendo, llorar, reír, enojarnos, porque esto permitirá al cuerpo regresar al equilibrio. Por desgracia, desde tempranas edades aprendemos a
· Bloquear la emoción.
· Desconectarnos de las sensaciones corporales.
· Negar los sentimientos.
· Reprimir la acción o expresión de estos, para ser amados o aceptados.
¿Pero porque nos piden que no lloremos? Tal vez porque la emociones son contagiosas, porque si vemos a alguien riendo nos dan ganas de hacer lo mismo. Al igual con el llanto, al ver las lágrimas de otros nos conmueve, nos asusta y a veces no sabemos qué hacer. Cuando alguien dice: no vale llorar por eso, cualquiera pensaría ¡cómo puedes sentir mi dolor! Lo que a ti te duele no necesariamente le puede doler a otros, pero lo que si se está haciendo es devaluar los sentimientos de otros y lo menos que necesita otra persona que se siente triste o con miedo, es sentirse devaluada.
“Llorar no va a solucionar nada”. Sí, tal vez llorar no me regrese aquello perdido, tampoco va a hacer que resuelva los problemas económicos (o cualquier otro que me esté angustiando, doliendo o preocupando); sin embargo, no llorar tampoco soluciona nada. Y si bien, derramar las lágrimas no soluciona el problema per se, sí tiene la función de descargar la tensión emocional. Recordemos que somos como una olla exprés: si mantenemos por mucho tiempo la carga emocional, habrá algún momento en que “explotemos” y nuestro cuerpo, nuestras relaciones o nuestra mente saldrán dañados; sin embargo, si tenemos una válvula de escape como sería llorar, podremos manejar de mejor forma dicha tensión emocional.
“Los hombres no lloran”. Probablemente la peor de todas las frases mencionadas por varias razones: promueve la desigualdad entre géneros; ensalza estereotipos que no son ciertos; la intención con la que se utiliza esta frase es decir que los hombres no deben ser débiles, por lo que se utiliza la palabra “llanto” como sinónimo de debilidad, incapacidad y feminidad (todo con connotación negativa).
Las frases anteriores no son más que una forma de tratar acallar la expresión del sentimiento que tenemos (llámese tristeza, enojo, miedo, alegría, etc. porque efectivamente, no sólo se llora de tristeza) y casi siempre son utilizadas por personas a las que se les dificulta lidiar con las propias emociones.
Llorar no es malo, todo lo contrario. Si no lloras cuando lo sientes, enfermas. Cierto, llorar no te va a devolver al ser amado, pero te va a ayudar a sentir y elaborar esa pérdida, y a estar sano física y mentalmente. Pero ten en consideración que llorar o estar muy triste no es sinónimo de depresión.

La ira, la furia, la colera, la rabia, el enojo y el enfado.


"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo". Aristóteles
El entrenador de un equipo de deportes fue despedido por su agresividad. Un niño hace la rabieta del siglo y consigue lo que quería. Una madre discute a gritos con su hijo de 25 años por el desorden que tiene en su habitación.
Seguramente sabes muy bien cómo se siente estar realmente enojado por algo. Pero, ¿Qué haces cuando estás enojado?, ¿Gritas o golpeas al que tienes más cerca?, ¿Los que te rodean sufren a causa tus enojos?, ¿Te han dicho que ya no hagas corajes?, O, ¿Que no hagas enojar a alguien?
En la actualidad, nos hemos preocupado por el colesterol, la obesidad, la estética, pero no sobre nuestras emociones, cuando hablamos del enojo o ira, escuchamos solo ideas como: “el que se enoja, pierde”, “controla tu ira”, El enojo es una emoción que todos experimentamos en muchos momentos, ya sea por asuntos menores, como encontrarse en un atasco de tránsito, o en asuntos relevantes, como ser despedido del trabajo. El que el enojo se vuelva destructivo, es decir, que haya un exceso de energía que lejos de solucionar las cosas, las empeore, depende de nuestras creencias y valores, y de cómo lo interpretemos. Detrás de todo enojo hay algún grado de frustración, nos irritamos porque nos sentimos incapaces de controlar alguna situación o a alguna persona, en realidad no nos podemos controlar a nosotros mismos.
Sin embargo, la frustración puede crecer hasta alcanzar dimensiones delirantes en la sociedad, da la impresión de ser una reacción cada vez más habitual ante la más mínima contrariedad, la hemos incorporado y hasta nos parece algo “común”, pero, ¿Qué pasa cuando los enfados no cesan, cuando permanecemos casi todo el tiempo con el ceño fruncido, los ojos entreabiertos y a la caza de alguna pelea? Se dice que esta tiene efectos definitivos sobre la salud pues está asociada a padecer enfermedades cardiacas, gastrointestinales y otras.
Cuando nos enojamos, la presión arterial aumenta, los músculos se tensan, lo que nos permite agudizar los sentidos y se tiene la energía suficiente para actuar rápidamente. La red de terminales nerviosas ubicadas en el cerebro se activa logrando que nos sintamos amenazados, con lo cual en la sangre aumentan las plaquetas para no sentir dolor en nuestro cuerpo en caso de peligro. Al aumentar la presión arterial hay un desequilibrio y se altera la actividad cerebral que equivale a que se pierda el control de los impulsos y baje la racionalidad, ese estado hace que cometamos actos que no haríamos en “normalmente”. Nuestro cuerpo libera colesterol y sustancias catecolaminas que son las que permiten que los depósitos de grasa del corazón y las arterias se aceleren, lo cual ocasiona una descarga de adrenalina extrema afectando seriamente la buena salud del corazón y se dejan de irrigar la sangre a otros órganos importantes del cuerpo, además de que la bilis se derrama.
Imagínate estos efectos te sucedan tres, cuatro, cinco o más veces al día. ¿Cómo podría sentirse el cuerpo después de estar sufriendo este desgaste interior severo en varios años? Pues es que el sistema inmunológico se deteriora y puede ser uno presa fácil de enfermedades, como gastritis, dermatitis, colitis o síntomas desagradables como dolor de cabeza. A nivel conductual, el enojado llega a la agresión física, psicológica y verbal; daño a propiedades; tiene dificultades para relacionarse con otras personas y falta de auto control. Esto puede producir violencia familiar, problemas en el trabajo incluso abuso de alcohol y otras adicciones y conductas compulsivas, a veces decimos que hay gente que vive enojada, hasta con la vida misma.

El enojo no sólo sirve para hacernos sentir mal, protagonizar peleas innecesarias, decir cosas de las que después nos arrepentimos y no medir las consecuencias de nuestros actos, también nos puede beneficiar si lo sabemos usar a nuestro favor. Sin embargo, esta emoción ha sido condenada desde hace años, como algo malo, destructivo, que es necesario reprimir, desviar u ocultar. Aún hoy seguimos manteniendo esa idea y tratamos por todos los medios de no demostrar cuando estamos enojados. Creemos que el enojo es algo irrazonable, innombrable y que no debemos mostrar, incluso se nos juzga si “por nuestra culpa, hacemos enojar a otras personas”.

Sin lugar a dudas un instrumento eficaz de supervivencia son nuestras respuestas emocionales, como la ira, las emociones son la energía que motivan las acciones e imprimen vigor fáctico de la vida.

El enojo entra en escena si se vulneran nuestros límites y lo que es valioso para nosotros, ya que esta emoción está ligada al sentimiento de justicia, está encargada de defender nuestra propiedad, a nuestros seres queridos y a nuestra identidad. Como cuando somos atacados, lastimados física o emocionalmente, como cuando somos ignorados, rechazados, excluidos, engañados, acusados arbitrariamente o avergonzados. A veces también cuando estamos frustrados ante una pérdida o ante la imposibilidad de lograr lo que deseamos y realizar nuestras expectativas o hacerlo a costa de algo que no queremos sacrificar.

Pero la rabia aumenta o se prolonga cuando pensamos que algo es injusto, como cuando alguna persona se siente superior a los demás, cuando alguien se quiere aprovechar, cuando vemos que sucede algo que no es correcto o está lastimando a alguien, También cuando escuchamos las noticias de cosas que suceden a las mujeres o niñas y a los más débiles en el mundo o en nuestro país. Cuando suponemos que las cosas y las personas deberían ser diferentes. Y esto hace que a algunos los lleve a hacer algo por la situación presente, como protestar o tomar acciones para cambiar esa realidad adversa.
El enojo puede ser un impulso para conseguir lo que queremos y tratar de resolver nuestro conflicto interno, aún y cuando sobrepasemos los derechos de otras personas. Incluso cuando conjeturamos que las personas tienen que actuar como nosotros queremos de forma voluntariosa, o pensamos que eso es lo correcto, es decir, cuando somos intolerantes, desesperados o tenemos sentimientos de violencia o de venganza y resentimiento.
Narciso Irala, misionero jesuita en China, menciona que la ira se desata cuando acuden a la mente ciertos pensamientos y plantea cuatro orígenes de la misma:

·         Raíz en la soberbia, cuando uno piensa que “yo tengo la razón, lo que digo es la verdad y se tiene que hacer”.
·         Raíz en la amargura, “todo el mundo está en mi contra”.
·         Raíz en el dolor, cuando hay personas que se sienten importantes haciéndose pasar por víctimas o inventan que son víctimas de los demás, “este dolor es insoportable”.

·         Raíz en la intolerancia, según la cual la persona intolerante manifiesta su falta de respeto hacia las opiniones, formas de pensar, actuar e incluso ante las características físicas de otros.

Por otro lado, no podemos negar que el enfado junto con la tristeza son las emociones más usadas para manipular a los que nos rodean, ejemplos sobran, como cuando me enojo con alguien por no acompañarme, para que mis padres me compren lo que les pedí, me enojo para que mis hijos me obedezcan y hagan lo que yo quiero.

Según un artículo de la Asociación Americana de Psicología, se ha demostrado que dar rienda suelta a la ira y la agresión no ayuda a resolver la situación, al contrario, la agrava o la estanca. Muchas veces al querer negar lo que sentimos, y no gestionarlo o conciliarlo, no decimos nada, pero estamos hirviendo por dentro, o bien respondemos de manera irónica o con el sarcasmo, queremos lucir poderosos, pero en realidad actuamos así por una gran incapacidad.

Generalmente las palabras ira, cólera, enfado, rabia, enojo o furia, suelen ser sinónimos, sin embargo, es importante entender que hay “niveles de furia” y no son lo mismo. El enfado lo sentimos como cuando queremos irnos a dormir por estar agotados, o cuando la ropa nos incomoda, pero ello no afecta a otros. El enojo viene cuando le damos toda una significación, que sentimos que se burlan de nosotros, que se aprovechan, que no se tiene alguna consideración, etcétera. La furia se acrecienta cuando ya algo nos ha molestado por un periodo considerable, cuando uno ha sentido que han abusado. Empezando con las verbalizaciones, la idea de expulsar la energía acumulada, siguen los gritos o querer golpear.

El gritar o golpear es una manera de liberar la energía acumulada por nuestro enojo, pero cuando la persona da salida a su rabia sin pensar en las consecuencias, provoca violencia a su alrededor, el inconveniente es que si esta se reprime se puede tornar en una agresión interna y externa constante.

La ira como toda emoción es de corta duración, así que lo recomendable es dejar que esta fluya y regrese el cuerpo a su equilibrio, por lo cual debemos de alguna manera exteriorizar el sentimiento, pedir a las personas que están alrededor unos minutos para calmarme y recuperar la armonía. Así las personas no se sorprenderán si manifestamos un arranque súbito y totalmente irracional. Es mejor decir “vengo enojado, por favor denme unos minutos para relajarme”, asimismo nos puede ayudar una respiración profunda acompañada de la pregunta ¿Para qué me sirve la rabia en estos momentos?

Sentir ira, decirle a alguien que uno la siente y hablar de este sentimiento es saludable y necesario en la medida que se reconozca que parte de uno mismo y se evite devolver con la misma moneda al objeto que produjo esa ira como una forma de venganza o bien encerrarla en el interior, ya que tarde o temprano ésta saldrá, tal vez de forma más violenta y en una escalada sin fin. Lo importante es canalizar esta energía que lleva consigo el enojo a través de formas más saludables, tener templanza.
Analiza que es lo que te hace enojar, ¿La situación?, ¿La persona?, ¿El que la cosas no salieron como tu querías? Después de hacer este ejercicio regresa con la persona quien te hizo enojar y si es buen momento y está calmada, formula un mensaje claro al expresar la incomodidad generada por su conducta, para hacerle saber cómo te sientes, por ejemplo, evita decir: “!!! Nunca me haces caso¡¡¡, ¡Siempre debo gritarte para que recojas tus juguetes ¡”. En cambio, un mensaje claro es: “Temo caerme cuando dejas tus juguetes en la escalera y no me gustaría ir al hospital si me lastimo”. Como se puede ver, se trata de concientizar sobre las consecuencias y la responsabilidad. No es lo mismo expresar tu enfado gritando y amenazando que expresarlo, hablando de un modo algo severo sí, pero con mesura y una intensidad y sentido apropiados.
También es bueno preguntarse ¿De quién es realmente la responsabilidad?, ¿No seré yo el problema?, ¿Son razones válidas?, ¿El enojo es desproporcionado?, ¿De verdad es para mejorar tu entorno o la vida de quienes te rodean?, ¿Cuál es la mejor menara de llegar a un acuerdo? Ese tipo de preguntas ayudan a tranquilizarse y a controlar las emociones, también es cuestión de tiempo y de dialogar con uno mismo antes que seguir albergando rencor, y como toda crisis, debe tener un inicio, un fin, una solución y un aprendizaje, no permitas que el sol se ponga y que siga tu enojo, si al final del día aún continúas enojado, ¿Cómo podrás dormir?, no vale la pena.