viernes, 24 de agosto de 2018

La mujer y el trabajo invisible.


Siempre mujeres, cumpliendo oficios que se entretejen sin tener fin. Ser costureras, ser cocineras, recamareras y planchadoras; ser enfermeras y lavanderas, también meseras y educadoras. Muy diligentes, afanadoras, a sus familias las dejan listas, rumbo a la escuela o hacia el trabajo para que puedan checar las listas. Se daba cuenta de sus afanes y de los cines sabía un carajo. Para ellos siempre la vida es seria, pero se ahogaban en la miseria.

Amparo Ochoa.

En 1934, bajo el espíritu nacional sindicalista del gobierno de Franco, en España se crea un grupo de mujeres que tenían la finalidad de fomentar en la sociedad, en especial de las casadas, una figura particular de madre y esposa sumisa como prototipo femenino, para lo cual hicieron en primera instancia una clara separación entre el mundo masculino y el de las féminas, inculcándoles a ambos actividades y profesiones distantes, por ejemplo, a la mujer actividades relacionadas con el cuidado del varón, secretarias, enfermeras, mientras que al otro, ingeniería, abogacía, etc.
Este grupo realizó una Guía para la Buena Esposa, con la finalidad de tener una preparación de la mujer para el matrimonio, que para empezar, sentenciaba que ella se levantara más temprano y que se acostara más tarde, para que él pudiera verla siempre linda y alegre. En realidad, con ese manual ellas tendrían tanto trabajo que no podían tener un momento de tranquilidad. Entre las recomendaciones estaban las siguientes: “Ten preparada una comida deliciosa para cuando él regrese del trabajo, pues viene de tener un duro día de trabajo y necesitará un poco de ánimo, así que ofrécete a quitarle los zapatos, habla en tono bajo, relajado y placentero. Preocuparte por su comodidad te proporcionará una satisfacción personal inmensa. Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos. Nunca te quejes si llega tarde, o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti. Intenta comprender su mundo de tensión y estrés, no le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones, su juicio o integridad. Recuerda que es quien sostiene la casa. Los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres, limpia la casa en la mañana y de nuevo en la tarde para que la vea siempre limpia. Cuando os retiréis a la habitación, prepárate, la higiene femenina es de máxima importancia, recuerda que debes tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama (...) si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que esté dormido, ya que eso podría resultar chocante a un hombre a última hora de la noche. En cuanto a las relaciones íntimas con tu marido, es importante recordar tus obligaciones matrimoniales: Si él siente la necesidad de dormir, que sea así, no le presiones o estimules. Si tu marido sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la tuya. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que haya podido experimentar. Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Recuerda ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana, esto te permitirá estar lista para cuando el despierte.”
En nuestro país, a la manera de nuestra propia idiosincracia, también sucedió y sigue sucediendo que la mujer al casarse queda concebida como esposa-madre y ama de casa, la mujer no sólo tiene que llevar a cabo su labor maternal, de ocuparse de sus hijos y de su esposo, sino también de realizar las labores de la casa, como lavar, planchar, cocinar, barrer, trapear, reparar, etcétera, responsabilidades como ama de casa. Sin embargo, sufre un desgaste más por estar pendiente de que todo funcione a la perfección, por estar a cargo de la economía familiar; que el dinero sea suficiente para pagar la luz, agua, gas, vestido, alimentos, estar anticipada ante los eventos posibles, ya sea en el cuidado de los hijos o con el consumo de abarrotes, que si ya se va acabar el papel higiénico, el aceite, etc. Y, si es ayudada por alguien con las labores domésticas, éstas deben ser realizadas tal y como le fue enseñado, aunque algunas de estas rutinas puedan parecer irracionales o hasta anticuadas. La cuestión es que se ha obligado a las mujeres a apropiarse de la idea de ser una buena esposa y temen ser criticadas por no tener una casa limpia como lo dicta su tradición.
A este respecto, la doctora en psicología, Lore Aresti de la Torre en 1983, realizó un planteamiento “mujer…  ¿qué te lleva a la locura? Donde analiza el destino femenino al referir que “hoy en día la mujer socialmente sana y aceptada, deberá permanecer en una especie de infantilismo o inmadurez perpetua, optando por el matrimonio y permaneciendo en él (solteras, divorciadas y lesbianas son sospechosas). Parirá algunos hijos, [tenga o no muy claro su deseo por la maternidad], dando así prueba de su ‘instinto maternal’. A partir del momento en que tenga hijos, esa mujer hasta el momento ciudadana de segunda, deberá convertirse en una profesionista interdisciplinaria, siendo guía y conformadora de nuevos seres, sin permitirse en ningún momento evidenciar su angustia, sus dudas, sus miedos, su vacío y sus necesidades (…) si no lo logra, prontamente será ‘culpabilizada’ por la sociedad y por los técnicos de la salud como mala madre, responsable absolutamente de los conflictos, carencias y neurosis de sus hijos”.
Por otro lado, la psiquiatra Sylvia Berman y colaboradores, en 1977 señalaron que el trabajo doméstico carece de estímulos, puesto que se toma como una actividad exclusiva, de responsabilidad de la mujer, y que cuando constituye la única tarea, la aísla y la embrutece. Para sostener la idea de que “el trabajo doméstico por no ser remunerado no favorece la autoestima ni el aprecio de los demás” apuntan que cuando la mujer permanece separada del contacto humano e incomunicada, tiende a conducirse de manera pasiva y su participación social sólo se ve realizada a través de su familia o de sus vecinos, lo cual conduce a que se desvalorice paulatinamente como mujer, perdiendo el interés por lo sexual, lo ideológico, lo político y lo social.
Las tareas domésticas interminables, el manejo del presupuesto del hogar, las compras, la cocina, las visitas al médico, el cuidado de la salud, etc. son los aspectos cotidianos de la vida familiar que se vuelven desgastantes. Para la mujer la multiplicidad de roles, el papel de cuidadora de niños y niñas, de personas ancianas y enfermas, dificultades matrimoniales, llegada de los hijos, hijos adolescentes rebeldes, más los problemas económicos, de comunicación, el divorcio, la viudez, aunado todo ello a la imposibilidad de gozar de un tiempo propio y a la desvalorización social y económica del trabajo reproductivo, han contribuido a que el trabajo doméstico constituya un elemento potenciador de estrés físico y mental, con mayores niveles de depresión y de adicciones como el alcohol, ludopatía, dependencias afectivas, el abuso de redes sociales y uso del celular, etc.
Por su parte, la maternidad es un hecho social que proporciona identidad a las mujeres como reproductoras, tanto de la especie como de la propia dinámica social. Además de la procreación, incluyendo la concepción, gestación, parto y lactancia, las mujeres realizan un conjunto de quehaceres invisibles a través de una especie de servidumbre voluntaria para el cuidado y cumplimiento de las necesidades vitales de otros. Esto exige un alto grado de subordinación y a su vez, un gran desgaste físico y emocional.
Como si no fuera suficiente, la mujer casada que tiene que trabajar, porque el dinero es insuficiente para la economía familiar, su carga se ve duplicada, puesto que el marido le da permiso de laborar siempre y cuando cumpla con sus obligaciones como madre y esposa.
En nuestro país los comerciales de productos de limpieza siguen planteando que el aseo de la casa es responsabilidad únicamente de la mujer-madre, aunque algunos comerciales argentinos, empiezan a hacer más regular la presencia de hombres barbados trapeando el piso, con la máxima de que ello tiene que ver con cuidar la salud de los seres queridos. No es casualidad que en ese país recientemente se haya legalizado al nivel nacional el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, en lo que hace a la interrupción del embarazo. Los mercadólogos no son tontos, saben que las mujeres se han hartado de que se les vea como máquinas de hacer quehacer, el ahora ex presidente Fox también pasó al basurero de la historia con una de sus expresiones más lamentables cuando se refirió a las mujeres como “lavadoras de dos patas”.
En las sociedades pre capitalistas todos los miembros de la familia tenían repartidas las tareas domésticas y de cuidados familiares, en ellas participaban niños, adolescentes, adultos y viejos. La limpieza del hogar y el cuidado de los más vulnerables es una tarea que debe ser repartida por todos los miembros de la familia, ya que todos forman parte del grupo, habitan bajo el mismo techo, todos ensucian y todos se benefician de pertenecer a la misma unidad familiar. Actualmente la perspectiva de género, conceptualiza esto y lo denomina corresponsabilidad, por ejemplo, está bien que se les de permiso a las mamás para que falten a su trabajo para atender a los hijos enfermos, pero… ¿Por qué siempre sólo la madre?, ¿Y el padre dónde está?. También, así como hay licencia de maternidad, el padre debe contar con el mismo respaldo laboral que la madre para cuidar y disfrutar a los bebés en sus primeros meses, y alternarse en esta tarea.
En los desarrollos mas recientes, se habla de la economía de los cuidados, que junto con otros enfoques aborda el reconocimiento del valor monetario del trabajo doméstico en cuanto a su aportación a la sociedad y a la economía. Según estimaciones el trabajo doméstico representa el 23.3% del Producto Interno Bruto de México, unos 4.6 billones de pesos, mucho dinero, ya que si los trabajadores son productivos para las empresas que los emplean, es porque alguien cuida de ellos y de sus hijos, y ello forma parte de una reproducción de su fuerza de trabajo y del valor agregado que generan y que se convierte en riqueza nacional.
Derivado de la creciente incorporación de las mujeres en el mercado laboral, pero ciertamente también pensando en los hombres, la perspectiva de género asimismo nos ha facilitado el concepto de la conciliación entre la vida laboral y la vida privada. ¿Por qué a las mujeres se les rechaza en ciertos trabajos en los qué supuestamente se exige mucho?, ¿Por qué por ser hombres algunos trabajadores deben aguantar condiciones de trabajo inhumanas como jornadas extendidas más allá de la lógica, o no tener siquiera hora de comida? El ser mujer u hombre no justifica que unas u otros estén condicionados por esta contradicción entre la vida privada y laboral, que a veces es más imaginaria que real.
El debate teórico, y aún mas, las nuevas realidades sociales nos ponen ante nuestros ojos, nuevas formas de asumirnos como mujeres y como hombres, estas nuevas oportunidades para mejorar, generadas por el afán de igualdad, representan opciones para ganar-ganar, todos saldremos ganando sin duda.

miércoles, 1 de agosto de 2018

¿INSTINTO MATERNAL O LA NECESIDAD DE ESA APOLOGIA?


Un instinto se define biológicamente como una pauta hereditaria de comportamiento, como una característica que sea común a toda la especie sin excepciones, es automático y repetitivo, razón por la cual resulta muy difícil de hablar de instintos en el ser humano. Según las teorías de Sigmund Freud, el ser humano carecería de instintos, y en su lugar tendría lo que se denomina pulsiones. Las pulsiones humanas fundamentales serían Eros (que engloba las de auto conservación y las sexuales, pulsión de vida) y la Tanathos (pulsión de muerte).
En los animales se pueden apreciar los instintos, por ejemplo: Un chimpancé hembra, aun estando en cautiverio, en pleno alumbramiento, hace paso a paso lo que debe de hacer para que nazca su cría, por ejemplo, comerse la placenta, cortar el cordón umbilical, amamantar, etcétera. En cambio, una mujer, en lugar de activar ese mecanismo, se convierte en un montón de dudas y miedos, generalmente, necesitará de otra persona para el alumbramiento, al menos que haya tenido una experiencia previa. En un estudio que realizo Irène Lêzine junto con un amplio grupo de especialistas en guarderías y hospitales en Francia, observó, que a las madres primerizas se les debe de enseñar cómo alimentar al bebe, puesto que muchas de ellas no tenían la postura correcta para cargarlo y brindarle el pezón, con lo cual tendían a asfixiarlo, ante esto ellas suponían que su bebe rechazaba el pecho.
Elizabeth Badinter a lo largo de su libro “¿Existe el Amor Maternal?” señala que en Francia y quizá en toda Europa, se presentó un alto índice de mortalidad infantil, a mediados del siglo XVIII, por lo que en primera instancia el Estado Francés se hizo cargo de los niños, siendo este el responsable de alimentarlos y cuidarlos, no obstante, con el tiempo, se consideró que resultaba más barato que las madres se ocuparan del cuidado de los infantes, y para lo cual se hizo un llamado a las mujeres para que cumpliesen su función.
La autora apunta que el Estado recurrió a diversos discursos políticos para convencerlas que se ocupasen personalmente de sus hijos. No fue fácil que las mujeres aceptaran los discursos insistentes y reiterativos relativos al papel de madre. Por ello, los alegatos de los funcionarios, fieles a la supremacía machista, tuvieron que apelar a las ciencias naturales, justificando la existencia de un denominado “instinto” maternal. Varios años tuvieron que transcurrir para que las mujeres y la sociedad en general aceptaran estos alegatos, formulados por varios pensadores como Roseau y Freud, que en el extremo buscan hacer sentir responsables y culpables a las madres hasta de la felicidad o infelicidad de sus hijos.
En este sentido, Badinter afirma que el instinto en cuestión no existe, sino que más bien es un comportamiento social e histórico que varía según las épocas y las costumbres, pero que ha quedado arraigado universalmente en las mujeres y que socialmente se pretende que este aparezca en el momento en que ella da a luz, pero apunta, que más bien se trata de un sentimiento humano, incierto, frágil e imperfecto, contrariamente a las ideas recibidas.
Norma Ferro en su libro “El Instinto Maternal o la Necesidad de un Mito” plantea que esto se trata de una de las ideas sólidamente más asentadas en nuestra cultura y es una de las expresiones de la dominación de la mujer, cuya femineidad queda reducida en virtud a la supuesta inclinación innata a la maternidad, bajo la idea de que una mujer no está completa hasta que no es madre. Según lo sostenido por la autora, la idea del instinto niega a la mujer la posibilidad del deseo, y por ende de autodeterminación. A su vez, la noción del instinto se desploma si tomamos en cuenta que a los hijos no se les planifica y quiere por instinto sino por amor y en función de un proyecto de vida; que no todas las mujeres tienen o sienten la necesidad de ser madre; y, los crecientes índices de niños y niñas en situación de calle y sujetos a tráfico, explotación y abuso de todo tipo.
A pesar de que las visiones críticas y las nuevas realidades sociales cuestionan de más en más el mito de la maternidad, mucha gente sigue suponiendo que el cuidado de los hijos corresponde por “naturaleza” a las mujeres, por el simple hecho de ser estas son las que paren y amamantan a los críos. Aún más, en franco contrasentido con el fundamento “biológico” del razonamiento, la arbitrariedad machista dicta que este cuidado y devoción debe extenderse mucho más allá de la época de crianza, cuando los hijos ya son mayores de edad, e incluso que ya han formado sus propias familias; también, esta obligación se suele extender hacia los lados, cuando se les obliga a las mujeres a cuidar de los enfermos o adultos mayores, aunque no exista una liga sanguínea o esta no sea directa.
Una vez resueltos a desnudar estas ficciones, una de las cosas que más llama la atención no es tanto descubrir que el pretendido instinto materno no funciona como nos han hecho creer, por ejemplo, en algunos eventos de sismo llegamos a saber anécdotas de madres que salen corriendo de las edificaciones y dejan a sus bebés adentro, basta decir que ello no debe ser motivo de mofa y menos para decir que son “madres desnaturalizadas”. Lo que llama más la atención es que la idea del instinto materno y la necesidad de aferrarse a este mito actúa más rápido, más automáticamente y más poderosamente que el propio instinto que dice representar, esto pasa así porque entraña, entre otros, un sentimiento de culpa y posesión muy fuerte que condiciona las actitudes y conductas de las personas ante un sin fin de escenarios.
De hecho, muchas madres se quejan y critican destructivamente, diciendo que los hombres no son capaces de llevar a cabo la labor maternal, aun cuando tampoco ellas tienen el conocimiento exacto, completo e innato de cómo cuidar a un hijo. Lo que sí sucede es que a ellas desde pequeñas se les estimula hacia esa tarea por medio de juegos con sus muñecas, y son inducidas a amamantar, bañar, preparar los alimentos, etcétera. Cuando la mujer critica al hombre en su manera de cuidar a un hijo, es algo parecido cuando una mujer es criticada por manejar un auto, ambos terminan dejándole la tarea al otro para evitar ser censurados y estar en paz con los roles de género asignados.
Impera una grave confusión de los aspectos biológicos de la maternidad con las costumbres sociales, ya que lo que en realidad está fuera del alcance de los hombres es el embarazo y el parto, pero en los demás aspectos de la crianza no hay razón biológica para no hacerse cargo. Hoy en día hay cada vez hay más padres de familias monoparentales que demuestran que son capaces de realizar todas las tareas para el cuidado de los niños.
Debido a los estereotipos, esto es visto como una amenaza por muchas mujeres que ejercen un monopolio de la maternidad y que pretenden minimizar al hombre en ese reino exclusivo. En una sociedad machista, el rol maternal altamente valorado socialmente, le otorga de manera condicionada a la mujer un relativo status privilegiado, un lugar de veneración muy delimitado, la maternidad la enaltece y santifica ante los ojos del varón, cosa que no sucede con su inteligencia o logros profesionales. Como se trata de un patrimonio femenino, la mujer tiende a defenderlo celosamente, y padece la contradicción de necesitar ayuda, pero no quiere perder el frágil control sobre su territorio. En estas condiciones, la familia puede convertirse en un terreno de rivalidad e incomunicación, en el que el afecto y afinidad de los hijos, ya sea por la mamá o el papá, se convierten en moneda de cambio que menoscaba el sentido solidario, estratégico y de entendimiento que debe tener el estar y crecer juntos.
Una visión más noble, en cambio, es que el oficio de padre o madre se aprenden con la experiencia, con decisión y respeto, y es importarte comprender que para hacerse cargo de los hijos funciona mejor un compromiso de corresponsabilidad y de conciliación de la vida y aspiraciones profesionales, laborales, académicas y familiares entre los que integran cada hogar.
Indudablemente hasta estos días, bajo estas condiciones, sin la madre no hubiésemos sobrevivido, y ha sido por medio de ella que hemos aprendido un sinfín de comportamientos vitales, desde la succión hasta el correr, desde el lenguaje hasta ser empáticos.
No obstante, Badinter apunta que los hombres más machistas pueden estar contentos ya que el final de su dominio no está previsto para mañana. Ellos han ganado la guerra subterránea sin siquiera tomar las armas, sin necesidad externar una opinión de la que luego deban rendir cuentas, sin embargo, en la práctica se niega el derecho de las mujeres a trabajar o a estudiar, porque entre otras cosas ello pone en peligro su destino manifiesto de ser madres de tiempo completo.
Estos dogmas asumidos y vividos tan cotidianamente implican que “El regreso con fuerza del naturalismo, que realza de nuevo el concepto trasnochado del instinto maternal y elogia el masoquismo y el sacrificio femenino constituye el peor peligro para la emancipación de las mujeres y la igualdad de los sexos”. Una de las reacciones más viles del régimen machista es polarizar las posiciones, mostrar como agresiva y violenta cualquier opinión crítica o disidente, incluso tergiversar y denunciar como enemigos de la institución familiar algunas propuestas de análisis que nos hacen reflexionar sobre el papel que le damos a la reproducción, que, además, explican las injusticias, los atropellos y las obligaciones que hemos impuesto a las mujeres en aras de un supuesto “instinto maternal”. Como muchas cosas en la vida, lo importante es conocer y hacerse de una opinión propia pero informada, para tomar decisiones que afectan nuestro entorno más inmediato, en este caso, el de nuestras familias, con el único afán de ponerlas al día para que funcionen mejor y proteger a quienes más queremos.

DE TRES A CINCO GENEROS


Es propio de aquellos con mentes estrechas, embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza” Antonio Machado- poeta y dramaturgo español.

Si bien es cierto que desde la antigüedad se ha manejado el marcar una diferencia entre hombres y mujeres, sin embargo, esta no ha sido siempre la misma para todas las culturas y en todos los momentos históricos.  En algunas sociedades el maquillaje, la vestimenta, los adornos corporales podrían ser exclusivos de los hombres, mientras que en otras había sido para las mujeres.  Entre las labores marcadas por sexo es lo mismo, por ejemplo, en unas sociedades el tejedor es el hombre y en otras lo contrario. Se han encontrado tumbas prehistóricas huesos que pertenecieron a hombres, pero con adornos femeninos y viceversa.

Grandes antropólogos como Lewis y Mead, afirman que en algunas sociedades pueden tener dos o más perspectivas sexuales o géneros supernumerarios, es decir, que reconocen la existencia de 3 o más diferencias sexuales. En un estudio realizado por M. Kay y Barbara Voorhies, tienen unos ejemplos sobre esto: los Mohave, quienes vivían en california explican dentro de su mitología que tanto los homosexuales como los travestis han estado en el mundo desde su origen. Les llamaban hwame a las hembras que adoptaban papeles similares a la de los varones y alyha a los machos que adoptaban papeles correspondientes a las hembras. A los chicos que deseaban juguetes o ropa propios del sexo opuesto se les practicaba una ceremonia de iniciación para legitimar su cambio de posición.
Entre los Navajo cuando nace un hijo intersexual se les llama nadle, y se les separa tanto de hombres como de mujeres y se les da en contrapartida el privilegio de ocupar una posición. Este género está integrado por los verdaderos y los que fingen ser nadle. De esta forma ellos creen en la existencia de tres posibilidades respecto al sexo, o sea reconocen tres categorías de sexo físico y tres estados en cuanto al género sexual.  Los nadle utilizan ropa de varón o de hembra según las circunstancias, es decir, un nadle hará trabajos de mujer cuando lleve vestidos de mujer y de hombre cuando este vestido de igual forma. Esta posibilidad de usar uno u otro tipo de ropa da lugar a que exprese sus preferencias y que pueda realizar tareas y funciones tanto de un género como de otro.
En algunas civilizaciones indígenas de México se consideraban tres o más géneros, por ejemplo, en la cultura Maya, se consideraba un tercer género que, a diferencia del masculino que estaba encargado de proteger y defender, y a oposición del femenino que se encargaba de cuestiones del hogar, este tercer género tenía el papel de ser sanadores o adivinadores. Podrían haber incluido a personas transgénero, doble-espíritu, o intersexo.
Existen un gran número de culturas donde reconocen más de tres géneros, sociedades tales como los buguis de Indonesia donde reconocen cinco identidades, entre los Ciukci siberianos se reconocen siete géneros: masculino, femenino, tres géneros ulteriores para los biológicamente varones y otros dos para las hembras biológicas. Las culturas mohave, zuni, hopo, navajo, yuman, crow, yokut, papago, cheyene, winnwbago, omaha, ojibwa, cocopa, apache, miami, yorok y piegan de Norteamérica. Los hijras y sanhis en la India, los mahu, polinesia. En México están Los nawikis entre los raràmuris de la sierra tarahumara, un pueblo con una gran flexibilidad en sus relación sexuales y afectivas: existen familias polígamas y polixínicas, los muxes y nguju`s del Istmo de Tehuantepec
Para los Nativo Americanos, no existía un 'set de reglas' que los hombres y mujeres tenían que cumplir con el fin de ser considerados miembros "normales" de su tribu. Es más, la gente que tenía características tanto "masculinas" como "femeninas" era vista como dotada de dones por la naturaleza y, por lo tanto, capaz de entender los dos lados de todo. En todas las comunidades se reconocían estos roles de género, solo que con distintos -pero muy parecidos- nombres: Mujer, hombre, mujer de dos espíritus, hombre de dos espíritus y transgéneros.
Lamentablemente, la influencia religiosa occidental generó serios prejuicios contra esta forma de diversidad de género practicadas en muchas sociedades, lo que obligó a las personas afectadas a tomar una de las dos opciones forzadas o esconderse para proteger su vida.
La cultura de los 'dos espíritus' en Norte América fue una de las primeras costumbres que los europeos trataron de destruir y desaparecer de la historia. Un claro ejemplo de ello es lo que dijo en su momento el artista estadounidense de la época George Catlin, quien pensaba "que esta tradición debe ser erradicada antes de que llegue a los libros de historia".
En las culturas Nativo Americanas, la gente era valorada por sus contribuciones a la tribu, más allá de su masculinidad o feminidad.
El caso de las culturas ya mencionadas, nos hace preguntarnos fuertemente si estas conductas de flexibilidad en los roles de género son realmente 'antinaturales' como la moral occidental y religiosa que rige en nuestro país, nos ha enseñado. Si en otras sociedades estas conductas fueron tomadas como normales -y hasta como "una bendición del Creador"- sin que ocurra una catástrofe por ello ¿Por qué mucha gente cree que su homofobia/transfobia es una 'defensa por lo natural'? tal vez debemos de aprender de esas culturas.


jueves, 5 de julio de 2018

SE APRENDE A SER HOMBRE.



Hace unos días escuché a un hombre casado decirle a uno recién:   “Te recomiendo pegarle a tu esposa para que sepa quien lleva las riendas y para que después no te la haga de pedo”.  Pero recordé que también he oído -“A ese niño lo estás haciendo muy faldero, lo vas a hacer maricón”; “chíngate a tu hermana por no obedecer”; ”Compórtate como todo un hombre”;” Tendrás que aprender a ser el protector y proveedor de tu familia”; “Vieja el último”; ”Los hombres no lloran”; “El color rosa es para las niñas, ¿Acaso eres niña?; “Cuida tu dignidad de varón”.
Cuantas veces  hemos escuchado estas frases,  con las cuales el hombre va aprendiendo a ser “hombre” como lo dicta nuestra sociedad. Según el pensamiento convencional los varones deben cumplir con las expectativas de ser un “hombre”, por su “supuesta” naturaleza, ser más fuerte, no mostrar debilidades, ni expresar sus sentimientos,  estar siempre seguro de las cosas que hace, ser competitivo, ser violento, agresivo, exitoso, poderoso, ser el soporte de la familia, así mismo se le asigna el puesto de jefe, hasta tal punto de hacer sentir a su mujer que  ella le pertenece. Se le enseña a reprimir sus emociones lo que llega a generar conflictos internos que se expresan por medio de la violencia, disfunciones sexuales o adicciones socialmente toleradas como el alcoholismo.
No puedo concebir la construcción de la masculinidad en la actualidad, sin la fabricación  del papel que se le impone a la mujer y que constituye la contraparte de todo ese orden de ideas y actitudes.  Así como, el hombre, desde que nace tiene que demostrar que es hombre a través de los actos cotidianos, a la mujer se le educa para ser sumisa,  insegura, dependiente y para ser servidora, es decir, servidumbre del hombre, ello posibilita y se convierte al mismo tiempo en razón de ser del comportamiento machista del hombre.
Algunos varones, de acuerdo a su historia de vida, no se sienten capaces o no están de acuerdo en seguir reproduciendo estos patrones, sin embargo, tanto hombres como mujeres los tienden a rechazar, si, aun cuando son las mismas mujeres las principales afectadas. Dichos varones se vuelven  motivo de burlas, con expresiones como “eres un mandilón” “un cobarde” “poco hombre”,  ya que son sancionados por no “comportarse como hombres”. Por el lado, de la acción afirmativa, tampoco  están social y legalmente establecidos mecanismos e incentivos para reconocer o  allanarles el camino a los individuos que deciden asumir nuevos roles como el cuidado de los hijos, de los padres, el cuidado de la casa.
Ser “hombre” o ser “mujer”  está vinculado a ideas arraigadas y que resultan convenientes para algunos que se han ocupado de que permanezcan en nuestra herencia cultural,  no es algo que sea inevitable o propio de nuestra naturaleza, sino algo que aprendemos, por ello  debemos abrirnos  en los espacios cotidianos de nuestra relación con la gente que nos rodea y reflexionar, discutir y allegarnos de más información.

En memoria de José Esteban García Amador

viernes, 29 de junio de 2018

ESE VISITANTE MENSUAL


En los orígenes de las sociedades, en algunas culturas a la mujer menstruante, se le hacía pasear por el campo con la finalidad de que su sangre fertilizara la tierra. Para otras culturas se le ha considerado impura o bien se ha asociado a cuestiones mágicas o de maldición, siempre teniendo una imagen negativa. Todavía en 1970 no se le permitía a las mujeres menstruantes  donar sangre o preparar ciertos alimentos, incluso tener contacto con el vino, hasta el baño diario les estaba prohibido.
Ante este contexto, para muchas mujeres que se encuentran  en la edad senil piensan  que todo lo relacionado a la sexualidad es algo sucio y vergonzoso.
Para ellas les es fácil  recordar el miedo que sintieron al tener su primera menstruación, pero tienen más presente  la falta de una clara información y  la falta de apoyo de su madre.
Seguramente su madre, al sucederle lo mismo, le repite la misma cantaleta que su abuela le dijo:
  ” Esta ya empezó con sus cochinadas” “que nadie se entere que estas en tus días” “búscate unos trapos, rasga una sábana vieja y póntelos” así, sin más explicación que lo que le pasaba a su cuerpo, las hizo sentir avergonzada,  sentirse vigilada mes tras mes, sin comprender que es lo que le sucedía a su cuerpo. Las burlas y las expresiones de los adultos que las hacían suponer que ellas ya entendían todo lo relacionado con la sexualidad, que en realidad, no lograban entender la relación de su regla  con la fecundidad.
Quizás algunas más jóvenes recibieron información en la escuela secundaria, pero, aun esta no fue lo suficientemente clara o bien suponían que eso no tenía  que ver con ellas. La información que se recibe en la escuela, generalmente no concuerda con lo que uno espera.
Con la aparición de la menarca su mundo cambio. Empezaron a tener más prohibiciones, como no bañarse con agua fría, no consumir limón, no jugar juegos rudos, dejar de jugar o estar cerca de sus amigos hombres, y más control si había sospecha de tener novio, todo eso conllevo a que ellas se sintiesen sucias, que lo relacionado a su sexualidad era algo malo o vergonzante.
El miedo de ser descubierta hasta por los hermanos de ver los “trapos manchados de sangre”, lavarlos a escondidas, la incomodidad de usarlos, estar todo el día al pendiente de no ensuciar su ropa y dejar una mancha que las delatara,  el tenerse que comportar como una “señorita” que no quedaba claro cómo debían de actuar.
Para muchas es tal es la vergüenza que consideran fea su propia vulva o nunca se han atrevido a verla, incluso consideran que es malo o sucio explorarse los senos para detectar alguna anomalía.

QUE SE LLEVE AL VIENTO, LAS PALABRAS


 Las palabras tienen la enorme función de comunicar, de transmitir ideas, amor, órdenes, etc., pero también tienen la facilidad de insultarnos o de menospreciarnos. Si bien, se dice que tenemos un lenguaje machista donde las palabras en masculino se destacan por cualidades positivas, mientras que sus homónimas en femenino pueden llegar a equivaler hasta 'prostituta'. Ejemplo de ello son las siguientes: un  hombre público es un personaje prominente, el perro puede ser el mejor amigo del hombre, un hombre de la vida puede ser un varón de gran experiencia, un hombrezuelo puede ser alguien insignificante, golfo puede ser una parte de mar extenso o un pillo, pero si estas palabras se usan para la mujer llevan una connotación insultante equivalente a prostituta. No es posible imaginar que una mujer pueda  gozar de su sexualidad porque inmediatamente se le juzga y se le condena.
Otras palabras tienden a descalificar o hacer valer menos a las mujeres como es el caso de la mujer soltera que se les considera una “quedada”, “que ya se le fue el tren”, “que es una amargada”; que si es feminista, es una lesbiana. Si es la suegra es una bruja metiche. Que si es una atrevida, es una mal educada o insolente, hasta si se piensa en heroína salta a la mente una droga.
Pero no solamente incluye a mujeres, también los hombres son avergonzados con palabras como: homosexual, puto, enfermo sexual, lujurioso, depravado, morboso, insensible, en fin palabras que lo descalifiquen como hombre. Pero no solamente pueden ser este tipo de palabras, a veces tiene que ver la entonación con que se dicen o con lo que se asocian. Una mujer me comento que odiaba que le dijeran “princesita” pues su exmarido la utilizaba para como insulto o bien después de nombrarla venían los golpes.
 También los apodos pueden ser utilizados para menospreciar a las personas, esto es muy común en las escuelas o centros de trabajo. Vamos etiquetando a las personas, como el “piojoso” “la morbosa”, etcetera,. Los esposos llegan a ponerles sobrenombres peyorativos como “la pelos” o “mipeoresnada”.
Indudablemente las palabras están enmarcadas por una entonación y tienen que ver con ganas de insultar, de ofender a alguien donde más le duele. Muchas veces las decimos cuando estamos enojados con alguien o incluso estas las van trasmitiendo de madres a hijas. Que al insultar a sus hijas que son unas “huevonas” unas “prostitutas”, “que no valen nada” “sucias”, “pecadoras” “pendejas” y esas palabras las repiten tanto que uno termina por creérselas.
En algunos casos son tácticas para tener poder o control sobre otra persona, pues al decirles que son unas feas, que quien se va a fijar en ellas, que no sirven ni para hacer el amor, o cuando son ellas las que  tienen alguna iniciativa sexual el primer insulto que se les ocurre es ¿quién te enseño? O si les dicen que están embarazadas, ¿quién es el padre? Haciendo tanto daño a la  estima y poco a poco abre los caminos que nos llevan a la depresión.
Habría  que comenzar a quitarle la importancia o la fuerza a esas  esas palabras que nos hacen daño. El sociólogo y antropólogo Pierre Boudrieu, en su libro la Dominación Masculina plantea como está construida la sociedad para que se reproduzca esta dominación a partir del mecanismo de violencia simbólica, menciona que las personas que la sufren coinciden ideológicamente con la persona que las está violentando, es decir, se creen merecedoras de esa violencia, en otras palabras, se la creen.


martes, 26 de junio de 2018

LA INVENCION DE LA CULTURA HETEROSEXUAL.


“Si lo fuera, seguramente estaría orgulloso de ello (ser gay) como de ser cualquier otra cosa. Mientras seas una buena persona, la orientación sexual o cosas como esas son totalmente irrelevantes. Paul Stanley 
La reina Isabel de Castilla presumía que solo se había bañado dos veces en su vida, la primera, cuando cumplió 18 años y la segunda un día antes de su matrimonio. Efectivamente la gente apestaba debido a la falta de aseo, esto debido a que el cristianismo quitó mucho de los rituales de aseo y limpieza por considerarlos un lujo innecesario, además que incitaban al pecado. Los médicos y sacerdotes afirmaban que el baño debilitaba los órganos y la mugre protegía de enfermedades.
Esto nos puede parecer algo inadmisible en pleno siglo XXI cuando actualmente es una práctica cotidiana el baño diario, parece imposible pensar que antiguamente no fuera así. De la misma manera quienes creen que los homosexuales, las lesbianas, los travestis y demás son una ocurrencia o moda de los tiempos modernos están más que equivocados, ignoran la historia y al hacerlo dejan de lado esta parte de la realidad. Desde que el mundo es mundo hay seres humanos que se sienten atraídos física, erótica y afectivamente por personas de su mismo sexo.
El mundo que nos rodea está gobernado por el ideal de la pareja heterosexual. Puesto que se trata de una superioridad invisible que da por asentado su carácter “natural”. Los cuentos infantiles; las redes sociales; las revistas; el cine; la televisión; la publicidad; las charlas con familiares o amigos, compañeros de trabajo y colegas; así como las canciones populares suelen reafirmar esta postura ya sea más implícita o explícitamente.
Louis-Georges Tin, en su libro “La Invención de la Cultura Heterosexual”, demuestra que la pareja hombre-mujer no siempre ha ocupado ese lugar privilegiado en las representaciones culturales y relaciones sociales. En occidente, esta jerarquización comenzó en el siglo XII con el desarrollo del amor cortés, pero los sectores dominantes como la iglesia y la nobleza, no cesaron de desarrollar estrategias de resistencia, que en su oportunidad incluso recurrieron a la ciencia médica. Costó mucho para que el pueblo aceptara la imposición de nuevas ideas sobre la sexualidad.
En la antigüedad la mujer era vista como una criatura de baja categoría e imperfecta, por lo cual el hombre solo era comparable con otro igual, y entonces, las relaciones entre hombres eran permitidas. Por lo cual, tanto en Grecia como en Roma la bisexualidad y la homosexualidad no eran un asunto de esconderse, secreto o de repudio, como ejemplo se encuentra la isla de Lesbos. En realidad, en muchas culturas, los contactos de hombres con hombres han sido permitidas. Una rápida mirada a la historia muestra que la homosexualidad ha existido en todas las civilizaciones tanto en Oriente como Occidente, en el Norte o en el Sur, entre los chinos y los japoneses; entre los mochicas, los quechuas y los aztecas; y qué decir de los griegos y los romanos quienes glorificaron la homosexualidad en la literatura.
Al principio de la edad media, todavía los europeos disfrutaban de una libertad sexual extraordinaria. Louis-Georges señala que “la imagen del caballero medieval como personaje cortés, casto, respetuoso y auxiliador de las damas en peligro, es una ficción creada por los re-escritores cristianos y victorianos de la historia”, ya que indudablemente la primera idea que les pasaba a los caballeros por la cabeza al ver una mujer en apuros era violarla. A su vez, muchos de los caballeros lo que buscaban era obtener los favores del Rey. El autor demuestra cómo la iglesia daba premios a todo lo que favoreciera este cambio de paradigma de hombre-hombre a hombre-dama, en un contexto lleno de contradicciones, que, si bien los miembros del clero promovían la monogamia, ellos mismos nunca la respetaban.
Con la preponderancia del pensamiento cristiano en Occidente se instaló en la moral diaria el repudio a la concupiscencia de la carne, dictado por el sexto mandamiento de la Iglesia Católica. A partir de la edad media alta, es cuando se empieza a juzgar a la homosexualidad y es proscrita como práctica sexual, que evidentemente no desapareció, sino que se hizo pecaminosa. La diseminación de los puntos de vista judeo-cristianos obligó a que la homosexualidad se volviera clandestina, por lo que en 1535 definitivamente se prohibió la homosexualidad por parte de Enrique VIII. Esta prohibición perduró al paso de los siglos, consolidándose en la visión oficial de la iglesia y en la hipocresía victoriana que ordenó el encarcelamiento de Óscar Wilde, acusado de sodomía ante su declarada práctica de la homosexualidad. Dicha herencia persiste hasta nuestros días en varios países que alguna vez formaron parte del Imperio Británico, como Jamaica y Trinidad y Tobago, en donde aún es ilegal tener una orientación diferente a la heterosexual, lo que contrasta con los avances de aceptación en Reino Unido, la entonces metrópoli.
A finales del siglo XIX la homosexualidad empezó a descriminalizarse en Occidente, si bien para ser catalogada como enfermedad, pues estaba incluida en los manuales de psiquiatría como un trastorno mental más. Y, como otros problemas psiquiátricos, se pensaba que esta "alteración de la conducta" podía curarse con diversas terapias y tratamientos. La investigación científica y el paso de los años se han encargado de desmentir estas ideas. En 1971 la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) la retira de su lista de enfermedades mentales y emocionales. Para 1989, la Organización Mundial de la Salud la elimina también. Aunque la comunidad científica internacional reconoce que no se puede considerar una enfermedad, hay personas que, contradiciendo a la ciencia, siguen pensando que se trata de un trastorno.
 Han existido importantes mujeres y hombres que han hecho grandes aportaciones a la humanidad, independientemente de su condición no heterosexual, unos cuantos exponentes son Sally Kristen Ride, primera mujer en viajar al espacio exterior; Alejando Magno, ensalzado como el más grande de los conquistadores; la poetisa Safo; los pintores y escultores Leonardo da Vinci y Miguel Ángel; Michel Foucault, historiador, psicólogo, teórico social y filósofo francés; Rita Mae Brown novelista y líder del movimiento de liberación femenina; Alexander von Humboldt, geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador alemán.
Ahora bien, no tenemos que ser mujeres u hombres connotados para ser aceptados en cuanto a la forma en cómo vivimos nuestra sexualidad o en quién depositamos nuestros afectos. Tampoco estamos obligados a seguir los designios de una expectativa o condicionamiento social de “feminidad” y “hombría”, sobre todo porque los derechos humanos y sexuales gozan actualmente de la sana separación entre las esferas de la vida pública y privada y entre la iglesia y el Estado, y son tutelados en países como el nuestro por leyes que previenen y sancionan la discriminación. Aún más, tampoco tenemos que tener nosotros mismos una orientación diferente a la heterosexual, ni tener familiares o amigos con esta condición, para poder entender, respetar y dar un trato digno y solidario y evitar hacer distingos, burlas o agresiones sobre esta base. Al final, aceptar la diferencia es liberador, porque nos compromete a aceptar que todos y todas somos iguales ante la Ley, y al mismo tiempo, que lo único que es estrictamente igual entre un ser humano y otro es que es único e irrepetible y que esa diversidad merece ser valorada y cada quien reconocido en su individualidad.