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martes, 20 de junio de 2017

¿a qué edad nos sentimos viejos?

En sociedades como la nuestra donde se exalta la juventud, llegar a los 60 es excluir a las personas de la actividad económica y social, ahora pareciera que la longevidad es sinónimo de decadencia, cuando antiguamente era sabiduría.
 Sin embargo, muchos jóvenes parecen haber sido siempre “viejos” –usando un toque peyorativo- pues se sienten arcaicos, prematuramente envejecidos no sólo en su aspecto físico sino en su estado anímico,  son personas entre los 40 y los 50 años completamente deterioradas que parecen ancianos. Unos gordos poco saludables, otros flacos cadavéricos, mal vestidos y abandonados en su apariencia.
Del otro lado, existen personas mayores de 60 años francamente envidiables, ágiles, en buena forma, elegantes e irradiando energía. Esto no significa que con los años, aún bien llevados no vengan algunas enfermedades y achaques. Es cierto, el cuerpo humano va sufriendo desgastes, llámeles por herencia, otros por circunstancias y accidentes, pero por supuesto que aquellos provocados son los que más pronto afloran, como el cigarro, el exceso de licor, la vida con estrés y la mala alimentación, entre otros.
A veces se critica a los “viejos” por sentirse jóvenes, “ya no están en edad de ponerse esa ropa, de salir a la calle, de bailar, de tener pareja, de, de, de, de,…”.
Y es que el concepto de vejez es tan relativo, afortunadamente, siempre hay seres extraordinarios que nos hacen ver que la vejez  no es sinónimo de decadencia, de vivir con problemas de articulaciones o bien estar  atados a un bastón o  silla de ruedas. Algunos ejemplos de ello está el ciclista francés Robert Marchand de 105 años de edad quien rompió record, demostrando  que a su edad se puede andar en bicicleta. Este hecho me recordó a Rosario Iglesias Rocha, mejor conocida como Doña Chayito, la atleta mexicana de 95 años; el Dr. Charles Eugster, suizo levantador de pesas a sus 93 años y vienen a mi mente los videos de mujeres octogenarias bailando o demostrando su elasticidad, como Tao Porchon-Lynch que a sus 98 años tiene una fuerza increíble y sus movimientos de Yoga lo demuestran, además baila increíblemente bien.
 Esto nos da un ejemplo de que llegar a ser un adulto mayor nada tiene que ver con estar encorvado o achacoso, ni con dolencias de articulaciones  o del uso del bastón o andadera. No existe la vejez, existe la edad interior, la que sentimos.
Es muy frecuente que las ideas que tenemos acerca de los ancianos sean erróneas, esto en parte se debe que reflejan creencias tan caducas y otras contradictorias, muchas de ellas basadas en ciertas concepciones filosóficas.  Eurípides decía “ AHORA QUE HE LLEGADO A LA VEJEZ, ¡COMO LA DETESTO¡”, en cambio Platón, predicaba “REPRESENTA UN GRAN PLACER CONVERSAR CON LAS PERSONAS DE EDAD. ELLAS HAN RECORRIDO EL CAMINO QUE TODOS DEBEMOS SEGUIR Y SABEN DÒNDE ÈSTE ES ÀSPERO Y DIFICIL Y DÒNDE ES LLANO Y FACIL “.
Jean Paul Sartre  dijo alguna vez, “Un viejo nunca se siente viejo. Mi vejez no es entonces algo que de por si me enseñe nada, como si lo hace la actitud de los demás con respecto a mí. La vejez es una realidad mía que no siento pero que otros perciben. Me ven y dicen: “ese viejo”. Y son amables porque pronto moriré: los otros son mi vejez”.
Envejecer puede ser algo hermoso si lo sabemos llevar, partiendo del entendimiento lógico del paso de los años y saber aceptarlo, preparase para ello física y mentalmente, saber llevar los años con dignidad, con optimismo e ilusión, pues no se trata de acumularlos sino de vivirlos. La vida es bella y hay que saberla vivir con acierto y dignidad. Hay tantas cosas que se pueden hacer, siempre y cuando se esté creciendo y aprendiendo, la edad no importa. Cuando las personas se detienen es cuando comienzan a ponerse viejos, el  ser útil nos hace sentir vivos.
La sociedad ve en los ancianos exclusivamente su comportamiento, su capacidad para relacionarse con las personas, con las cosas, pero no ve los afectos que revisten en su conducta. Los afectos es lo más valioso que el ser humano tiene. Podrán cambiar infinidad de situaciones pero al final de la vida lo que queda son los afectos. En los senescentes, los afectos son su riqueza y nadie se los podrá quitar.
Los ancianos  deben ser respetados en sus sentimientos y en sus afectos-El envejecimiento debe ser considerado una etapa de plenitud.                         

lunes, 27 de febrero de 2017

Yo lo cuido, pero a mi ¿quién?

Cuando tenemos un enfermo en casa, suele ser muy desgastante para la persona quien lo cuida, sobre todo si es una enfermedad degenerativa.  A partir de ese instante se debe de tomar en cuenta que habrá un cambio de estilo de vida en la familia, en especial del que lo va a cuidar, ya que generalmente le dejan la responsabilidad a uno solo y en la mayoría de los casos es a una mujer. Y muchas de las veces
Desde ese momento y sin darse cuenta, se empieza a renunciar a una vida social, y poco a poco irá perdiendo su individualidad. La persona a cargo sufre un fuerte desgaste, que pasa desapercibido para quienes están a su alrededor. Observa en sí mismo de alteraciones físicas, psicológicas y sociales, que le generan el estar al pendiente de una persona enferma. Así mismo se deprime al ver como se deteriora cada día tanto físicamente como en su salud mental y también por no ser reconocido por el grupo familiar.  Se crea una dependencia entre el paciente y el cuidador que cuando este no puede atenderlo, el otro suele no cooperar cuando otra persona se hace cargo de él. O bien el cuidador supone que nadie más sabrá atenderlo como él lo hace. Es tanto el entendimiento entre ellos,  que uno sabe lo que necesita el otro. Nuestro personaje en cuestión se preocupa tanto por el enfermo que no se cuida a sí mismo, no se otorga  tiempo suficiente para sus  tareas domésticas, para divertirse, visitar amigos y tener su  apoyo emocional. Sin embargo, dependiendo de la duración  de la enfermedad  se va aprendiendo a buscar un término medio, para darse espacios para sí. No obstante, siempre llegara un momento en que sus cuidados sean insuficientes y se requiera de algún servicio especializado.
A veces los médicos o especialistas al dar información sobre el estado del paciente,  sentencian que ya no hay nada que hacer, y  eso limita a quienes  padecen la situación generándoles más angustia, tensiones y rechazo. Los enfrentan a una desesperanza, cuando de alguna manera se puede hacer algo a nivel familiar.
Muchas veces los familiares se sienten culpables por no haber puesto más atención a su paciente y haber actuado a tiempo, pero a pesar de todo, a veces no se da con el procedimiento indicado, o bien, los familiares ni tenían idea de lo que estaba sucediendo. A veces suponen que no fueron unos buenos hijos si no tomaron las decisiones correctas en cuanto a cuidado y tratamiento.
Por ello es importante que la familia trabaje en conjunto con el paciente para que le puedan dar un respiro al cuidador. La familia debe centrarse en lo mejor para el individuo que requiere cuidados y repartirse tareas,  integrando a todos los miembros de la familia, niños adolescentes y adultos para aprender los cuidados, con la idea de que  para cuando se dé el caso poder atender a otro familiar. La mayor de las veces los familiares no se quieren comprometer en los cuidados del enfermo, pues tienen miedo de “no saber cómo cuidar”, de igual forma, no ayudara en el cambio de pañales, pero bien puede hacerse cargo de otras actividades, como comprar medicamentos, la despensa, lavar la ropa, etcétera, a veces suponen que con apoyar económicamente están haciendo su parte, pero no solo es la ayuda económica la que importa, el paciente necesita de los apapachos del resto de la familia. Además es una forma de trasmitir y  sensibilizar a toda la familia para cuando otro miembro o uno mismo lo requiera.
Es posible que al principio se experimente negación, incluso odio a la vida, pero poco apoco el cuidador va aceptando la situación, comprende su situación, aunque habrá momentos en que sienta que su paciencia se agota. Entre más largo se hace el periodo de la enfermedad, eventualmente se piensa en la muerte como una mejor opción.
Posiblemente será necesario acudir con un psicólogo o tanatólogo, pues aunque pudiese sonar fuerte, cuando el paciente está en proceso terminal, tanto el que recibe los cuidados como el que los proporciona, requieren un apoyo profesional,  no es fácil tomar  esta decisión, porque el desear la muerte  se puede percibir como algo negativo.
Si en algún momento los familiares  llegan a pensarlo, es por ver el sufrimiento de su paciente,  pues ya no hay una posibilidad de cura, pero en cambio se le pueden brindar los cuidados paliativos que permitan que el paciente viva con dignidad sus últimos momentos y que los aproveche tanto como pueda, al lado de los suyos con el menor dolor posible. Además, brinda a los familiares la oportunidad de consolarlo y apoyarlo durante el tiempo restante.

En esos momentos se piensa que es un largo periodo y que la vida se nos va, pero todo pasa y cuando suceda les quedara el grato recuerdo de haber estado ahí y haberlo hecho. De sentirse satisfechos de saber que se dio todo el amor, toda la comprensión que humanamente que se pudo dar, esto es algo que con el tiempo retribuye a ellos mismos, y puedan decir que hicieron lo que estuvo en sus manos.

jueves, 2 de febrero de 2017

¿Porque me culpan?, si yo lo cuido.

Después de muchos años sin saber de él, mi padre se presentó en mi casa, enfermo y pidiendo ayuda. Lo acepte, sin saber que tenía trastorno neuro-cognitivo (demencia senil). Opte por hacerme cargo de él, por sentirme obligada, por mis creencias religiosas y bueno era mi padre, aunque nos había abandonado cuando yo era una niña.  El cuidarlo ocasiono grandes problemas en mi matrimonio hasta el punto de llegar a un posible divorcio. Como mujer me daba vergüenza bañar a mi padre, así que se lo tuve que pedir a mi esposo. Mis hermanos no quisieron apoyarme, argumentando que para ellos era un desconocido. En realidad los problemas se presentaron cuando no podíamos controlarlo, defecaba u orinaba en cualquier parte de la casa, se quitaba los pañales y los aventaba o los escondía, andaba desnudo en su cuarto. Un día se salió de la casa, no sé cómo sucedió, es muy difícil estar todo el día tras él. Tuve que reportarlo como perdido, al día siguiente lo encontré, de ahí un gran calvario, pues las autoridades me hicieron sentir que yo no lo cuidaba, que lo maltrataba, que lo había abandonado. Este fue el punto que estaba por destruir mi vida familiar. Afortunadamente logramos colocarlo en un centro de asistencia y ahí se hacen cargo de él. Pero me siento culpable de haberlo llevarlo a esa institución, aunque sé que lo tratan bien”.
A veces no entendemos que les pasa a nuestros padres o abuelos cuando empiezan a tener una pérdida de la memoria, cuando colocan cosas donde no deber de ir, cuando por momentos no saben dónde están o como llegar a casa. A veces pensamos que lo hacen para hacernos enojar. En algunos casos, la familia tiene resentimiento hacia el adulto mayor y no lo quieren cuidar,  otras, porque les cambia la vida, porque complican la vida familiar y personal,  ya no pueden salir tan fácilmente, pero también es un temor de verse reflejados la propia vejez.
Otras veces, llegan a desesperar cuando preguntan lo mismo o cuentan la misma historia varias veces, pero el problema no es el tipo de olvido de “donde deje tal objeto” como a cualquiera nos puede suceder, sino cuando no recuerdan para qué sirve ese objeto. Cuando comienzan a tener conductas “inapropiadas” como presentarse desnudos ante las visitas. ¿Hasta dónde es el límite para poderlo tener en casa y hasta dónde acudir a alguna institución? y no sentirse culpable de ya no poderse hacer cargo de ese familiar porque ya está en riesgo la propia familia y su economía.
Algunos familiares al no entender este nuevo comportamiento, pues muchas veces se desconocen los síntomas, la manera de comportarse y al quererlo controlar, pueden caer en la desesperación y llegar a un maltrato. Como en los inicios de este problema son situaciones espontaneas suele uno no poner la debida atención y la familia sigue suponiendo que la persona está capacitada para seguir haciendo su vida cotidiana. Es muy complicado estar atrás de ellos todo el tiempo, estar al pendiente de ellos, pues es difícil hacer las tareas de uno mismo. Llevarlos a las citas médicas, estar tras su aseo personal y más complicado si el cuidador tiene que trabajar por ser el único sostén de la familia. Esto conlleva al cuidador a presentar una serie de síntomas, que no son claramente percibidos por los otros miembros de la familia.

Si bien es cierto que, cuando tenemos que cuidar un paciente con una enfermedad degenerativa debemos de contar con una sobredosis de paciencia  y de amor, habrá un límite para la persona que lo cuida. Muchas veces son adultos mayores los que se cuidan a sí mismos o bien a una persona con alguna discapacidad y que en algún momento  tendrán que recurrir a una institución, el caso es contar con los recursos económicos para sus cuidados.

miércoles, 27 de abril de 2016

Cuidado de los ancianos y de los enfermos


Esas situaciones han existido desde hace mucho, tanto que los sesgos y estereotipos de género nos parecen ya casi cosa natural, es decir que las mujeres asuman el rol de cuidadora de niños, enfermos, discapacitados y adultos mayores, como si estuvieran genéticamente destinadas para ello y en consecuencia que los hombres no debieran participar, más al contrario, en su momento los hombres se hacen merecedores de recibir todo tipo de cuidados, como si ellos mismos no pudieran desarrollar conductas compasivas o por lo menos empáticas con sus más cercanos, al mismo tiempo, muchos de ellos se volvieron totalmente inútiles y dependientes por no saber resolver sus más básicas necesidades y cuidados, incluyendo los que tienen que ver con mantener una buena salud, como son alimentación, limpieza, ministración de medicamentos, etc.
No obstante, las nuevas realidades nos obligan a replantear cómo se llevan a cabo estas conductas altruistas y de autocuidado de la salud, queramos o no, nuestra formación y nuestros dogmas nos lo permita o no, a riesgo de vernos rebasados por situaciones que no podamos manejar o que bien podamos manejar mejor y con menos penalidades, desgaste, injusticias y pleitos familiares si asumimos conductas más solidarias y racionales.
La población está envejeciendo y con el aumento de la esperanza de vida también se incrementa la probabilidad de desarrollar padecimientos crónico degenerativos, como la diabetes y la hipertensión, las cuales sin embargo también afectan a la población infantil, pero si bien en el caso de los niños el cuidado es un asunto relativamente resuelto, en el caso de los adultos mayores además de suceder las dinámicas familiares y de género que ya mencionamos estas se agravan porque en ellos los padecimientos adquieren una evolución incierta y se multiplica el riesgo de sus complicaciones.
A ello se debe sumar la creciente saturación e incompetencia del sistema de salud, público y muchas veces también el privado, asimismo las tendencias clínicas recientes que subrayan la importancia de los procedimientos médicos ambulatorios y el auto cuidado a cargo de los pacientes y de sus propios núcleos familiares, todo ello con el fin de aliviar la sobrecarga de los hospitales, donde además los adultos mayores se exponen a contraer infecciones llamadas nosocomiales y sufrir aislamiento, malos tratos y abandono, entre otros.
Es muy sabido que los adultos mayores imploran “déjame morir en mi casa, no me lleves al hospital”. Aun en países desarrollados, donde existen unidades médicas especializadas en cuidados paliativos o últimos cuidados que apoyan a los núcleos familiares cuando se tiene un paciente crónico o terminal, es decir que aquel al que hay que asistir en las secuelas de sus crisis de salud, o bien que ya no se va a curar, la mayoría de los adultos mayores siguen pidiendo eso. Si nos ponemos a pensar quisiéramos pasar nuestros últimos días en donde tenemos nuestros afectos, trato cálido, nuestros libros, nuestra música, todo aquello que forma parte de nuestro propio universo sicosocial, lo que nos da identidad y un lugar en el mundo, así se llega a expresar y no es raro que ello reconforte un poco.
Ahora bien, ¿Qué implica hacerse cargo de un paciente adulto mayor en casa?, bueno aparte de lo obvio que resulta acondicionar, garantizar su adecuada alimentación, aprender a bañarlos, darles o vigilar que tomen sus medicamentos, tomarles la presión y la temperatura, aprender a hacer la diálisis si es un paciente de insuficiencia renal, limpiar su cuarto, valorar sus síntomas, acudir con ellos a sus citas médicas de forma oportuna, etc.
Pues, empezar por el principio, reconocerse a sí mismo y hacer visible al cuidador que se va a encargar de esas tareas, remarcar su papel social y familiar, ser sensible respecto de sus necesidades a partir del rol que decidió asumir, reforzar su decisión con apoyo por lo menos moral, facilitarle la vida pues para que lleve a cabo esa responsabilidad, y si se puede compensar y premiar ese mérito.
Socialmente no está reconocido ese rol, mejor se le da mérito a los futbolistas, artistas, políticos, a los que comparten cosas chistosas o visitas a lugares exóticos y restoranes en el WhatsApp y en el Facebook, por lo mismo cuando el cuidador se tiene que excusar en el trabajo o en sus relaciones sociales por tener que entregarse al cuidado de un paciente, pues no se le entiende, no se le apoya, no se le da permiso, no se le toma en cuenta para que pueda programar su participación en eventos sociales o familiares, se le dice “pues eso te tocó y resuélvelo tu” o de plano se considera que eso no es “cool”.
En consecuencia es importante fomentar la conformación de redes de apoyo, en las que si bien sus miembros no participen activamente, por lo menos si se vuelvan sensibles, “todos vamos para allá” se suele decir, pero en realidad no se toma conciencia para prepararnos a cuidar de nuestros adultos mayores y a nosotros mismos cuando nos toqué esa realidad, a veces hasta ahí llega la “buenaondez” de nuestros amigos, familiares y vecinos, casi a nadie le llama la atención “cuidar a un anciano” ni se quiere enterar de qué se trata, ni siquiera para aprender de ello y usar dicho conocimiento a su favor cuando lo necesiten con sus adultos mayores o consigo mismos.
Otro paso igual de importante es hacer que la figura del cuidador sea neutral al género, si, no importa que seas hombre o mujer, y entonces hay que visibilizar esta parte de la vida privada y cómo se reparten los costos tanto en tiempo, esfuerzo y dinero. No hay de otra, por igual se debe participar en estos cuidados, y si no se sabe cómo pues se debe tener disposición para aprender, no se puede anteponer esa limitación de antemano, sobre todo porque no tiene una base real, está en nuestro imaginario colectivo e individual, en ello hay que pensar que además de ser un deber moral es algo que nos conviene a todos, si aprendemos a que todos dependemos de todos pues tarde que temprano se nos regresará algo del sacrificio que hagamos, por lo menos tendremos la solvencia para pedir ayuda cuando la necesitemos y que se nos ubique como alguien merecedor de ser ayudado, y se pueden sumar apoyos cuando se tiene un antecedente de cooperación y solidaridad cuando hubo un objetivo común, en este caso cuidar al padre o la madre, eso no se paga con ningún dinero ni se compra en la tienda de la esquina ni se improvisa de un día para otro.
Como seres humanos podemos actuar por convicción y hasta por imitación y para ello no es impedimento que seamos hombres o mujeres. Como se verá a continuación, sólo de una forma compartida se puede sobrellevar la carga que representa en tiempo y recursos el cuidado de un paciente adulto mayor y asumir de forma rotativa o alternada el rol de cuidador, pero bien vale la pena cuando se extiende la sobrevida, incluso en contra de cualquier pronóstico y sin “morir en el intento”. Al final nos liberaremos de la cultura ancestral de las culpas si actuamos acorde a nuestros reales sentimientos y afectos, evitamos que luego nos venga confusión y remordimientos como la señora que afuera de urgencias de un hospital llorosa y desesperada decía “ahora si, ahora si, le voy a dar todo, todo, lo que ella quiera”, refiriéndose a su paciente en estado crítico y probablemente desatendida por los familiares.
Ahora bien, siguiendo las pautas de prevención y control médico de los padecimientos en realidad tampoco es tan difícil el cuidado de los adultos mayores, por eso debemos ir a sus consultas con ellos y entender su situación, esto a fin de reducir las visitas a urgencias y escenarios inesperados, comúnmente se dice “los viejitos se mueren de una caída, de una gripa o de una diarrea”, pues así de fácil, se debe procurar no tener ese tipo de descuidos o percances que agraven el curso natural de los padecimientos pre adquiridos que ya tengan, en el extremo opuesto, se debe evitar la sobre protección y hacer que los adultos mayores se hagan dependientes cuando aún no requieren ayuda para vestirse, bañarse, tomar sus medicinas o bien hipocondriacos o hipersensibles.
Lo anterior nos lleva al tema de la relación cuidador-paciente, tampoco se ha estudiado mucho al respecto, y menos se nos ha educado en ello, por lo mismo, por lo pronto cada quien debe encontrar su camino para compaginar los roles de familiar con los de cuidador, nunca olvidar que el adulto mayor aunque esté bajo nuestro cuidado y es circunstancialmente nuestro “paciente”, no deja de ser nuestra madre o nuestro padre.
Ello es difícil, ya que por un lado SI se requiere total disciplina para seguir los tratamientos e instrucciones médicos y que en ello no interfiera el posible deterioro cognoscitivo o emocional de los pacientes sobre todo cuando se trata de enfermedades crónicas y degenerativas o que inflijan dolor y malestar generalizado en ellos y minen su fortaleza y entereza al punto de que se conviertan en personas irreconocibles. En este caso se debe aprender a controlar nuestra propias emociones, desde el enojo o la decepción que nos genera una falta de apego por parte del paciente, su mal estado de ánimo o conductas de chantaje o incluso recibir su violencia física, verbal o sicológica.
Pero por otro lado, es importante no tratar de asumir un comportamiento ajeno o frio o incluso de resentimiento por la “mala suerte del paquete que nos tocó”, en realidad no nos convertimos en personal médico o de enfermería y mucho menos a sueldo, seguimos siendo hijos e hijas, y una buena parte de la recuperación y mantener un estado de buena salud depende de que los pacientes se sientan en su hogar, respetados, apreciados, queridos y a veces hasta corregidos en sus conductas cuando así sea necesario. Todo ello según las reglas de nuestra convivencia familiar y que son parte de la propia identidad, en este sentido, algo que ayuda mucho es hacerles saber y entender a los adultos mayores que por estar en el núcleo familiar deben sentirse protegidos, sin embargo que ello también les genera responsabilidad para dejar que todos los otros integrantes se sigan desarrollando y viviendo sus vidas y proyectos y en la medida de lo posible hacerse cargo de sus propias necesidades, físicas y emocionales. La palabra clave siempre será GRACIAS, gracias por lo que ellos aportaron pero también por lo que están recibiendo y recibirán, hasta el fin de sus días, no verlos como personas achacosas, quejumbrosas, sino anteponer siempre las cosas que le han dado sentido a estar juntos.
Claro que no hay escuela para aprender esto, pero también es cierto que conviene más darse cuenta de que algún día surgirán esas situaciones y no tratar de imponer pautas de la noche a la mañana con las fricciones o apatía del caso, hay que iniciar esta reflexión, detectar nuestras fisuras y debilidades tanto en la construcción de nuestras estructuras familiares como personales y pensar cómo las vamos a remediar, y si no tienen remedio pues tomar decisiones y aunque suene radical, buscarse una familia ampliada o hasta adoptiva con quien SI esté dispuesto a ello, formar redes de apoyo, aprender a envejecer y a cuidarnos mutuamente.

En la presentación del artículo se puede poner:
“Alejandro León, colaborador de este artículo, cuidó por diez años, junto con su hermano Francisco, a su madre Edelmira quien sufrió insuficiencia renal, si bien enfrentaron muchas vicisitudes contaron con el apoyo solidario de muchas personas en diferentes momentos y se logró para Edelmira una sobrevida de diez años, cuando el promedio es de tres para este tipo de pacientes. Durante estos años y a la fecha, Alejandro pudo  una gran familia extendida, asimismo Francisco formó su propia familia gracias a lo cual Edelmira realizó el sueño de conocer a su primera nieta.”



CUIDADO DE LOS ENFERMOS Y ANCIANOS 1


Algunas personas de la tercera edad les molesta que las hagan sentir inútiles, aunque ellas empiezan a sentir que hay algunas perdidas de sus capacidades intelectuales y motoras, como la perdida dela visión, la audición o disminuir su fuerza física y que sus articulaciones no son como las de antes pues les es doloroso moverse con rapidez, incluso sentarse, esto las hace sentir avergonzadas y desvalorizadas. Por ejemplo, cuando se llegan a caer, los hijos y los profesionales de la salud, les restringen las salidas por miedo a que puedan tener otra caída y esta ser más grave, si bien es cierto, que esto les pueda suceder, ya que algunas sufren de  osteoporosis, eso no significa que tengan más accidentes que un niño, pues a partir de ahí  tratan de hacer las cosas con más calma para no tener accidentes. Sienten que ya no les toman en cuenta para las decisiones familiares, ni incluso en sus deseos o necesidades.
Les molesta que los médicos les resten importancia a sus malestares, incluso la manera en que son atendidas. Plantean que por ser “viejas” no existe algún remedio que les aminore el dolor, o bien  les piden ir acompañados de un familiar cuando ellas todavía se sienten bien para hacer su vida cotidiana.
Consideran que los ancianos deben ser cuidados por la familia, así como ellas fueron cuidadas por sus padres, piensan que es una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que les dieron de niñas. Y así como adaptaron la casa para cuidar de sus bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora tal vez sea necesario  cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres, como poner barras en el cuarto de baño y en la regadera, pues han oído mencionar que a los ancianos les da miedo bañarse y creen que es porque tienen miedo de resbalarse o enfermarse.
Consideran que es injusto que los demás hermanos no quieran cooperar con los cuidados de los padres. Aunque socialmente se considera que es una actividad que le corresponde a las mujeres, pues a veces tienen que cuidar a la suegra. Los hermanos ponen de pretexto que ellos se hacen cargo de su propia familia o que viven muy retirados. En algunos casos, si bien les va, solo aportan dinero, suponen que con eso es suficiente su ayuda. En el peor de los casos, los hijos se aprovechan de los recursos económicos de los padres. También se quejan que las madres prefieran ser cuidadas por sus hijos varones, aun y cuando estos realmente ni se preocupan por ellas. Esto para ellas es un motivo de discusiones y enojos y las hacen sentir devaluadas.

De esta forma, los demás hermanos no ponen en peligro su nivel de bienestar social y así eluden  lidiar con el carácter de los padres, que en algunos casos al estar encerrados o encamados, se  sienten  un estorbo se tornan huraños y hasta groseros.

sábado, 2 de abril de 2016

¿QUIEN PONE LIMITES A LA TERCERA EDAD?

Hace tiempo vi una película europea en la cual a una mujer de la tercera edad le regalaron un par de aretes que decide ponérselos para su siguiente encuentro con sus amigas. Hasta ahí no tendría nada de extraño, pero lo curioso fue que empezó a recibir críticas por parte de sus amigas porque sus aretes eran largos. Ellas le hicieron notar que las mujeres de su edad deberían de usar unos broqueles. A partir de ese momento, solo los contemplaba tristemente en la soledad de su habitación.
Varias mujeres de la tercera edad son motivo de burlas hasta por parte de sus propios hijos, tan solo porque han decidido verse bien. Les dicen que ya no están para lucirse delante de la gente, que hacen el ridículo, que ya están viejas y feas o simplemente que ya no están para buscar marido. También las empiezan a limitar en sus acciones, como el no dejarlas salir, las critican si tienen alguna actividad física o recreativa, esto se amplifica si han sufrido algún accidente, en su lugar quisieran verlas sentadas frente al televisor y tejiendo prendas para la familia.
Tal pareciera que la gente de la tercera edad ya no tuviera derecho de arreglarse para verse bien o  que cierto sector de la población, incluyendo a algunos profesionistas de la salud suponen que llegar la tercera edad es sinónimo de declive en todos los sentidos y que por ello deben permanecer encerrados en casa. Mucha gente cree que tienen más accidentes que cualquier infante, pero en realidad tienden a ser más cuidadosos.
Cuando los empiezan a limitar, ellos y ellas sienten que les están dando poca importancia. Se sienten personas inútiles y torpes, y poco a poco van suponiendo que sus hijos tienen razón, sintiéndose cada día peor.
Esto trae a mi memoria a Rita Levi-Montalcini, neuróloga y premio nobel de medicina en 1986. A casi sus 100 años de vida seguía trabajando en su pasión que es la investigación y para dar becas a niñas africanas. Ella dice que las personas al jubilarse abandonan y matan a su cerebro, que el cuerpo se arruga pero el cerebro debe mantenerse ilusionado, activo y tener pasiones; no hay diferencias entre los hombres y la mujeres en las áreas cognitivas cerebrales de ambos sexos.

En un estudio que se hizo a mujeres y hombres alrededor de los cien años se menciona que es importante hacer ejercicio, seguir manteniéndose activas y aprender cosas nuevas. Contar con un grupo de amistades. Tratar de ser útiles para otros, tener una ocupación, una pasión, estrechar las relaciones con la familia. Ser positivos y alejarse de las personas que las hagan sentir mal.  Dejar de auto-llamarse viejo y considerarse enfermo o bien de menospreciarse, diciéndose inútil. Aceptar los cambios y sentirse orgullosos de permanecer en este mundo con nuevas ideas.

MUJER EN LA EDAD SENIL

Esa etapa de la vida a la que mucha gente quisiera llegar en buen estado de salud y valiéndose por sí misma, pero que no todos tienen la fortuna de lograrlo.
Para algunas mujeres  llegar a la edad senil seria  no dar molestias a los demás, pero en el fondo se tiene miedo de que al final de los años se tenga que depender de los hijos y estos no puedan o quieran hacerse cargo de uno.
A quienes les ha tocado cuidar a personas seniles, llegan a pensar que cuando ellas alcancen a su vejez quieren estar en un asilo para no dar molestias a los hijos. Tienen miedo y comprenden que con la edad se irán perdiendo las capacidades físicas y mentales, a la vez que las enfermedades las coloquen en cama y que tengan que ser cuidadas por algunos de sus hijos. Ellas que a lo largo de la vida descubrieron que desde una edad muy corta estuvieron solas y aprendieron que debían hacer sus tareas por sí mismas. No se explican porque sus hijas o algunas mujeres jóvenes necesiten ayuda para realizar sus actividades como madres para cuidar a sus hijos. Ya que ellas recuerdan que tenían que lidiar con sus hijos, pues sus esposos solo aportaban dinero para la casa y nunca se preocupaban por sus críos. Algunas de ellas, estaban en condiciones semejantes al ser madres solteras. De esta forma, aprendieron a ser madres, ya que no existía ninguna escuela que les hubiese enseñado ese oficio. Mencionan que se daban tiempo para lavar y planchar la ropa e ir al mercado para preparar la comida. Con remedios caseros atendían a sus proles, mientras acudían al médico y para salir a la calle a veces cargando hasta con 4 hijos, (amarrados en la espalda, hablándoles con firmeza que no se soltaran al cruzar las calles). En caso de necesidades extremas, se convirtieron en comerciantes, vendieron garnachas, cervezas, gelatinas o ropa con tal de darles una “mejor vida” a sus pequeños o bien para apoyar al esposo en tener una vivienda propia o en mejores condiciones.
Mujeres que han sufrido discriminación, golpes, humillaciones, algunas fueron sumisas pues la época que les tocó vivir era una forma de subsistir. En realidad no tenían otras opciones como en la actualidad, creyendo que eso era la vida. No se divorciaban para no generar “complejos” a sus hijos. Siempre los han complacido y siguen tratando de complacerlos, (siendo estos mayores de 30 años) y si ell@s les piden dinero, la televisión, trastes o cualquier cosa, ellas deciden dárselas, pues temen que se enojen y dejen de verlas, aunque saben que solo las visitan cuando las necesitan.
Conocieron lo que es depender de otra persona  y eso las degradaba como personas, dicen que “les robaban la voluntad”, “no las dejaban ser”, pero al quedar viudas o  bien separarse emocionalmente del marido, que aunque vivan con él, ya cada quien hace su vida. Llegaron a darse cuenta que hicieron grandes cosas “solas”.

 Ante este panorama, no se nos cruza en el camino la idea de que tarde o  temprano llegaremos  a necesitar de alguien, pues el ser humano tiene muchas vulnerabilidades y en cualquier momento de la vida pueden presentarse enfermedades, accidentes o simplemente quedar desempleados y requeriremos que alguien nos apoye  emocional y económicamente. Tanto los padres como los hijos pueden caer en momentos difíciles. 

¿LO VIEJO NO SIRVE ?

En sociedades primitivas, las personas mayores que sobreviven, son individuos fuertes y su función es la transmisión de conocimientos debido a su experiencia acumulada, en sociedades más complejas, los ancianos tienen mayor jerarquía, por su poder económico, tienen propiedades y son los depositarios de las tradiciones, pero conforme avanza el progreso, los ancianos viven solos en sus propios hogares y a veces reciben ayuda de sus descendientes mientras no pongan en peligro su nivel de bienestar social, a veces se olvidan de ellos y cuando los ancianos no pueden valerse por sí mismos, difícilmente es aceptado por algún miembro de la familia en su hogar.
Con el desarrollo de la industrialización, los valores cambiaron de sentido y quedo fuera de si toda actividad que no fuese utilitaria, consolidando que todo lo útil, práctico y moderno se considerara como lo mejor, lo viejo pasó a segundo término. Ante este marco hemos generado estereotipos sobre la vejez, al concebirla como etapa cargada de achaques físicos, con abundancia de enfermedades y trastornos psicofisiológicos y, desde la perspectiva de la cercanía de la muerte.
Sin embargo, la vejez es la etapa que mayor cantidad de variaciones de personalidades individuales presenta, pues existen tantas maneras de ser viejos como veteranos hay. Es frecuente encontrar personas mayores creativas, activas y bien adaptadas, es decir, integras tanto físicamente como psíquicamente.
La negación de posibilidades en la tercera edad se debe a nuestros mitos y creencias sociales al considerar los años vividos damos por asentado el envejecimiento.
Se piensa que los ancianos deben estar exentos de actividades y responsabilidades. Pero es todo lo contrario: hacer cosas los hace sentirse útiles, y eso los ayuda a vivir. Y es una forma también de salud: la motivación de servir para algo o para alguien es un motor muy grande para seguir adelante. El abuelo que cuida a su nieto también tiene un rol sumamente valioso, se siente útil, está ayudando a su hija, a su hijo…puede ser un medio para transmitir juegos y valores.
Se suele creer que los adultos mayores tienen más accidentes que los niños o los jóvenes, sin embargo, se ha demostrado lo contrario las personas mayores, a pesar de ser más vulnerables debido al deterioro de sus capacidades cognitivas, sensoriales y motoras, también son conscientes de ello y por tanto, evitan situaciones que pueden ser de riego y en algunos casos, quieren comprobar que tan capaces son de hacer las cosas que antes realizaban.
Pueden aprender prácticamente igual que una persona joven si se encuentran motivados en la tarea. Únicamente necesitan más tiempo y mayor número de ensayos.

Se debe tener cuidado con los estereotipos porque tanto éstos como los papeles sociales que se le atribuyen a las personas mayores pues determinan el auto concepto, la autoimagen que la persona mayor tiene de sí misma y las expectativas que las personas en general tienen con respecto a la vejez. Una imagen negativa de la vejez, como la que existe en la actualidad, provoca rechazo pero no sólo de la persona mayor sino de la propia vejez lejana o cercana. 

lunes, 14 de marzo de 2016

LABOR DE MADRE

Algunas mujeres mayores de 55 años, su mayor preocupación sigue siendo sus hijos o hijas, en especial cuando oscilan entre los 18 y 30 años de edad, ya que generalmente éstos viven aún con ellas; algunos todavía están estudiando u otros están trabajando, pero difícilmente aportan a la economía familiar. Por lo general, no participan en las labores de la casa. Lo poco que ganan, se lo gastan comprando ropa o en diversiones.
Discuten con ellos por no tener su cuarto limpio y arreglado, aunque evitan asearlo ellas mismas, sin embargo, siempre tienen la idea: “¿no les dará pena traer a sus amigos a su cuarto y que vean ese tiradero?”. Sus pequeños les reclaman que quieren ser independientes, y a ellas les gustaría que se lo demostraran, pero continúan resolviéndoles los problemas a sus retoños.
Son las clásicas madres que continúan lavando y planchando la ropa de los hijos e hijas; y siguen preocupándose por sus alimentos. Se mortifican si no comen en casa o aún dejarlos sin comida preparada para cuando ellas no están en el hogar, como si ellos no fuesen capaces de prepararse algún taco o salir a la calle a comprarlo. Se inquietan si sus jóvenes no llegan a dormir a casa, donde el límite para llegar es la 1 a.m., aún los fines de semana, en cuyo caso, les gustaría que por lo menos sus críos se reportaran para decirles que están bien y que llegarán un par de horas después, pues tienen miedo de que sufran un accidente.
A veces, aunque su aportación sea pequeña, los descendientes les reclaman a las madres por no tener “sus cosas listas”. Muchas veces éstas prefieren no discutir con ellos para no molestarlos o que las amenacen que se irán de la casa. Ellas piensan que el deber de las hijas y los hijos es estar con ellas, diciendo: “¿quién los va a tratar mejor que yo?”; o bien recapacitan: “para que ellas no estén solas en su vejez”.
Ellas siguen tratando de complacerlos, casi en todo, para no sentir que son unas “malas madres”. A algunas les gustaría que sus hijos las siguieran obedeciendo “toda la vida”.
En una sociedad como la nuestra, donde el papel de madre tiene un gran peso en la vida familiar, se les hace difícil soltar a los hijos, aun cuando ellas de jóvenes quisieron ser independientes, y ahora que ellas ya pueden tomar sus decisiones y que se sienten más libres, reproducen la misma educación que han recibido de sus madres, al suponer que ellos no saben tomar sus propias determinaciones.

Ellas han aprendido que deben de proteger a sus hijos de todo mal, de las enfermedades, de las caídas, de los golpes, ya que a través de diferentes medios han impuesto esa manera de pensar y suponer que con eso son “buenas madres”, pero esa protección no les permite a sus hijos enfrentarse con sus propios problemas y buscar al menos un consejo de los padres para enfrentarlos. Sus hijos ya tienen los valores y las bases que sus padres les enseñaron, ahora les toca a ellos experimentar, tal vez como lo hacen en otras sociedades, que los padres expulsan a sus hijos del nido familiar, cuando estos cumplen la mayoría de edad y dejan que ellos se enfrenten a la vida cotidiana.

lunes, 7 de marzo de 2016

CONFLICTO ENTRE GENERACIONES

Muchos adultos mayores se quejan diciendo que “todo tiempo pasado fue mejor”,  que las nuevas generaciones son muy groseras, que las jovencitas actuales son menos recatadas que lo que ellas fueron, cada día se exhiben más.
 Ante lo cual les cito las siguientes frases:
1.-Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tiene el mayor respeto por los mayores de edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. No se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos.
2.-Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder. Porque esta juventud es insoportable, desenfrenada y simplemente horrible.
3.-Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar muy lejos.
4.- Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura.
5.- ¿A quién hablaré hoy? Los hermanos son malos. No es posible querer a los amigos de hoy. ¿A quién hablaré hoy? Reina la avaricia. Todos se apropian de los bienes ajenos. ¿A quién hablaré hoy? El desgraciado se consuela con el desgraciado, porque el hermano se ha convertido en enemigo. ¿A quién hablaré hoy? No hay en quien confiar. Y los amigos nos tratan como desconocidos. ¿A quién hablaré hoy? El pecado, la plaga del país, no tiene fin.
La primera es cita de Sócrates (470-399 A.C.), la segunda es de  Hesíodo 720 A.C., la tercera de un sacerdote 2000 años A.C., la cuarta fue encontrada en una vasija 4000 años en la antigua Babilonia y la ultima es un poema egipcio del siglo VII A.C.
Podemos pensar que el problema entre generaciones no es algo nuevo, puesto que desde tiempos muy remotos se han quejado de lo mal que están los jóvenes.
Y es que ser joven es sinónimo de transformaciones. La adolescencia es un periodo de cambios físicos, hormonales, sociales y psicológicos, se trata de un proceso de autoafirmación, que suele aparecer rodeado de conflictos y resistencias, en los cuales el púber busca alcanzar su independencia. De la manera en que enfrente este periodo dependerá su autonomía y parte de su personalidad. Como padres debemos recordar nuestra adolescencia y nuestra necesidad de ser autónomos, esa búsqueda de diferenciarnos de nuestros padres. Debemos tener presente como nos hubiese gustado que nuestros padres nos hubieran tratado, pero sin olvidar nuestra experiencia obtenida. Seguramente nuestros padres pensaron lo mismo de nuestra juventud.

Ya lo dijo Salvador Allende “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción”.